La calle de los Muertos

La calle de los Muertos

Bruna

07/04/2016

– «Xa está o can xorando» se lamentó mi tía Josefa.

En el silencio de la noche un ¡Uuuuuu! prolongado nos anunciaba la visita de la aterradora dama.

Las calles de Ferrol tenían todas dos nombres, el que figuraba  en la placa y aquel por el que era popularmente conocida. Así, la calle del General Aranda, como se anunciaba en sus esquinas, era la calle del Sol para los ferrolanos y perpendicular a ella la calle de la Coruña se conocía como la de los Muertos. 

El motivo de tan fúnebre nombre no era otro que al final de la cuesta que conectaba con el barrio de Canido se encontraba el antiguo cementerio, e inevitablemente todos los entierros de la villa debían pasar por ella y por lo tanto bajo el balcón de la casa nº 28, en donde vivíamos abuelos, padres, tíos y primos en tumultuosa compañía.

El pequeño foxterrier de pelo duro mezclaba el color café con leche de fondo con grandes manchas de café solo. Con él jugábamos mi amigo Javierito y yo, ajenos a su instinto especializado en anunciar el entierro del día siguiente.

Aquella vez el féretro era blanco y de reducidas dimensiones; un niño de pocos meses o días de vida. Como en otras ocasiones, mi tío Juan bajó a la calle a preguntar quien era el fallecido y como siempre, tras ir relacionando personas y lugares llegó a encontrar un remoto parentesco con cualquier conocido, lo que le hacía sentirse obligado a unirse a la comitiva.

¡Uuuuuu!

Me llevaron al dormitorio de mi abuelo, tenía la cara tapada con un pañuelo, al darle el último beso noté el frío de la muerte sin ser consciente del alcance de ello.

¡Uuuuuu!

Otra de las veces le llegó el turno a la madre de Javierito. Nos quedamos solos en nuestros juegos el perro y yo. No entendí por qué no venía mi vecinito a jugar conmigo, me dijeron que estaba «de luto». El luto por una madre, en los años 50, duraba dos años. Nos cambiamos de casa antes de volverlo a ver.

¡Uuuuuu!

¡Que raro!  hacía tiempo que se había inaugurado el nuevo cementerio en las afueras de Ferrol y los entierros ya no pasaban por la calle de los Muertos. ¿Por quién lloraba mi amigo animal ahora?

Un poco más arriba de mi casa, había un descampado que servía de aparcamiento de carros, campo de batalla de juegos infantiles y estadio de fútbol con porterías imaginadas a partir de un par de piedras puestas sobre la hierba. Allí hizo el agujero mi tío, quien tampoco se perdió este entierro perruno.

FIN

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CALLE DE LA CORUÑA

FERROL

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