Bellezas Cotidianas

Bellezas Cotidianas

Avanza a saltitos por la calle, esquivando los torrentes de fluido viscoso que se cruzan en su camino. No quiere mojarse las pezuñas, pero en medio de la Sombra Eterna es complicado. Los estallidos fosforescentes del lago sulfuroso, en la acera de enfrente, iluminan momentáneamente el pavimento de huesos y carne sangrante. A lo lejos, siluetas cadavéricas se agitan sumergidas en el fuego, sus pieles ondean como banderines en los mil espolones de la ciudadela de Pandemónium. Moloch se apoya en su tridente oxidado, solo un momento, para disfrutar del paisaje y los gritos, los aullidos de pura locura y sufrimiento que desgarran el vacío de la caverna. Son raras las ocasiones en que un ángel caído puede detenerse y mirar a su alrededor, tan solo mirar y deleitarse en el mundo que le rodea. Olvidarse por un momento de los potros y los sarcófagos de púas, saberse parte de algo mayor, sentir las calles por las que camina cada día. En ese momento la Torre del Lamento abre sus fauces y vomita un torrente de almas condenadas, mientras de sus ojos estrábicos rebosan lágrimas negras. Moloch es consciente, por primera vez, de la belleza de la Torre del Lamento. Repasa cada detalle del rostro enajenado como si pudiese tocarlo con la mirada. Nunca antes se había permitido una pausa para la contemplación. Una horda de aberraciones aladas se abalanza sobre las almas recién llegadas, para despiezarlas y arrastrarlas a sus nidos, donde serán devoradas y regurgitadas por los siglos de los siglos. Una lágrima furtiva escapa de la segunda cara de Moloch, situada entre los pliegues de su tripa.

El momento se esfuma de repente, igual que llegó. Está cansado. Un turno de cien años en la trituradora de carne resulta extenuante. Hace que uno se pregunte por qué, exactamente. Para qué tanto ajetreo y alboroto. Avanza calle arriba, absorto en nada en particular, hasta llegar a su gruta. Tantea su cuerpo desnudo, las llaves, dónde diablos ha dejado las llaves…Por fin recuerda. Alarga su brazo y lo introduce en su ano escamoso, rebusca hasta dar con ellas. Las saca entre borbotones de alquitrán y artrópodos venenosos. Antes de encerrarse en su cubil echa una última mirada a su alrededor. Suspira. Hasta dentro de cien años.

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C/ Gehenna nº 3.566.789.563.234, Pandemónium.

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