Debe haber otra foto con las mujeres. Seguramente. Pero esta era necesaria. Los hombres. Los que nos defienden y salen a trabajar en la madrugada. Los que son y los que serán. Los que se fueron. Difteria. Gastroenteritis. Revoluciones. Sobre todo la malaria, el paludismo, como lo llaman en el llano, el de las fiebres, el de la locura.

Ya pasamos lo peor. La revolución pasó y nos dejó tranquilas. Solo los muertos se quedaron. Y las mujeres, también nos quedamos aquí, esperando. A que vuelvan. A que vengan otros.

Ninguno de ellos se quiere ir con los militares. Se quedan, suenan las balas, corren, mueren. Mi abuela me toma de la mano y me lleva al cuarto de atrás. Me mete en el armario, debajo de los manteles blancos, siento como cierra la puerta con llave. Oigo la voz de Antonia que cuchichea. Ella se dejará ver, dice. Insiste a mi abuela que se esconda.

Hace calor. Hace silencio. Entra la luz por la rendija y alumbra el polvo. Empujo la puerta sin querer pero no, no se abre. Los manteles me sofocan, no me atrevo a moverme. Nadie se asoma. Nadie llega.

Me despierto sobresaltada. Suenan pasos, voces, Antonia, otra gente. Están en el cuarto. Casi no respiro, el mantel me raspa, me ahoga el olor a almidón y a naftalina. Trato de asomarme por la rendija. Oigo gritos, disparos, unos pocillos que caen, un ¡Carajo!, la voz gruesa. Cierro los ojos, el corazón me retumba. Siento el chirrido de los resortes. Gruñidos de hombre. Antonia grita, llora. Abro los ojos, la rendija es un pedazo de catre, es un brazo de hombre, una camisa arremangada, una punta de sábana azul, un amasijo de pestañas y lágrimas. La rendija es el aire que no tengo, que me falta, es el sonido de sollozos, de golpes secos, de otros gritos a lo lejos, de pasos que corren.

 La rendija es silencio.

Debe haber otra foto con las mujeres. Sin duda. Yo la vi. Antonia en el centro. Pero solo consigo esta. Con los hombres. Los que nos defienden. Los que nos hacen hijos y nietos, para que mueran de difteria o de gastroenteritis. Para que caigan como moscas en las guerras. Para que se enfermen de locura y paludismo durante las revoluciones.

Antonia consiguió la llave. Abrió la rendija y entró el sol de la tarde. De su mano caminé sobre el brazo de camisa arremangada, pisé la punta de la sábana azul llena de sangre y fui a buscar a la abuela, que dormía en el piso de la cocina, con los ojos abiertos. Salimos. Porque había que pararse y seguir.

Ya pasamos lo peor. La revolución pasó. Nos quedaron los hijos y los muertos. Y las mujeres, también nos quedamos aquí, esperando.

 Al final, solo quedamos nosotras…

Los_hombres1.jpg

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS

comments powered by Disqus