Con solo ocho años ya tenía más cicatrices en su corazón de las que pudo haberlo hecho la posguerra.

—No quiero irme mamá, ¿por qué?, ¿he hecho algo malo?  —Su padre lo sacó de casa como quien arranca una florecilla silvestre. Las lágrimas de su madre trataron de decirle algo que él no entendió. 

—No, una peseta es mucho, le doy dos reales y la comida del niño. —Su padre negoció el precio con un patrón, respecto al trabajo que haría el chico en el campo. Lo entregó a un extraño sin una palabra, ni una sonrisa, ni un abrazo, como si no existiera. No pudo llorar hasta que llegó la noche, cayendo roto sobre la paja mojada del establo, donde dormiría cientos de noches y en todas ellas lloraría.

A menudo recordaba su hogar, pero aquel patrón pegándole cruelmente lo devolvía a la realidad. Su padre ya se había encargado de que aquellas palizas le fuesen familiares, pero nunca le dolieron tanto como las que vio recibir a su madre.

Ella trabajó dia y noche con una vieja máquina de coser alemana. A menudo su marido bebía lo suficiente para dejar en algún lugar el cobarde que llevaba puesto de diario, así podría pegarle hasta quitarle el dinero que había ganado. Los ojos de aquel niño grabarían en su retina cada movimiento, cada grito, golpe y lágrima que quedaron en aquella casa, una herencia maldita. Su padre no imaginó que mientras golpeaba el cuerpo cansado de aquella mujer, golpeaba a corazones no nacidos de generaciones futuras, que pagarían el precio de haber grabado con sangre en lo más profundo de su hijo, una mala lección sobre el dolor y el amor.

Aquel niño se hizo hombre y aquella sombra le perseguiría toda su vida, le haría ser aquel hombre que odiaba. Treinta años más tarde era él quien golpeaba tres días después de estar casado el joven cuerpo de una mujer. En su retina se escondía el rostro de su madre sufriendo la humillación de un cobarde. En algún establo frío y húmedo dejó olvidada su niñez y el miedo secuestró su alma. Ahora su esposa era aquella mujer a la que el destino engañó, su vida sería otra función más en la representación de una obra llamada «la mujer atada a una máquina de coser alemana».

Ahora la golpeada era ella, su inocencia era tal que no supo si tenía que decir algo o callar, no supo si tenía que llorar u ocultar sus lágrimas, no supo si la vida era así realmente. Entonces llegaron las víctimas que vio salir de su vientre. Nadie sabe si aquella mujer tuvo miedo al dolor de los partos o al dolor que veía escrito en el aire, un aire que la envolvería desesperadamente durante años. Nadie la había preparado para aquello.

Vivió el resto de sus días con la vista perdida, agarrando con fuerza la única fotografía que le recordaba que la vida no siempre fue así.

Joven inocencía

FIN

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