Ahí está, acogiéndome con sus brazos, siempre cuidando de los suyos como una buena matriarca. Todo por mantener a su familia unida, por ello era capaz de matar…

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Mujer esbelta, fuerte por dentro y por fuera, llevando el peso de la falta de dos de sus hijas, a las que lloraba en silencio.

En época de guerra, cuando por las noches el silencio invadía las calles de Madrid, después del toque de queda, ella salía de su casa con unas sábanas o manteles, que había estado cosiendo durante todo el día. Se recorría toda la ciudad, de portal en portal, se iba escondiendo y así, sigilosamente, llegaba a su destino. Una vez allí cambiaba sus productos por un litro de leche, para que al amanecer nadie echase en falta su desayuno. Así, día tras día.

Mujer con carácter, segura de si misma, vivía sin importarle nunca lo que pensasen los demás de ella. Se atrevió a ponerse delante de altos cargos del ejército para demostrar la inocencia de su marido. Tras muchos intentos al final lo consiguió y pudo sacar a su marido del campo de concentración.

De tanta lucha, de tanto sufrir por los suyos, pasó un tiempo entre paredes, encerrada con personas desconocidas, personas que gritaban y que se daban cabezazos. Miraba por la ventana, tranquila, como si no fuese con ella. Toda su esperanza estaba concentrada en ver a su familia y salir algún día de ese horrible lugar.

Todo sucedió por un rasguño en la pierna de mi abuelo, un cuchillo que se resbaló de las manos de mi abuela, mientras discutían. Ella no podía concebir la idea de ver a su marido con otra mujer, después de todo lo que había luchado para conseguir la unión de la familia.

Mujer impulsiva y ligera a la hora de soltar un tortazo, si la ocasión lo requería… como decía ella: “antes que cualquier lagarta se lleve a mi marido”…

Así pasaban los años, ella le seguía por todos los rincones, obsesionada con las vecinas, las cuales la temían, pues en más de una ocasión un tortazo o grito alguna se llevó. Hasta que ocurrió el desafortunado suceso por el cual pasó un tiempo fuera de su hogar. Fue cambiando con los años y los dos se calmaron. Llegó la paz, la tranquilidad, llegó también la edad y de esta manera el río fluyó en su cauce. 

Nacieron los nietos y nací yo. Una adoración mutua nos invadió, una adoración que duró hasta sus 98 años.

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Mujer densa, de difícil sonrisa, atenta con los suyos, para los demás antipática y para mi, una gran heroína, una mujer única, un amor de persona llena de gran autenticidad.

Abuela, siempre estarás conmigo, estés donde estés.

“Mujer de genio y figura hasta la sepultura”.

Fin

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