Nací en la colonia Paraiso, que como tal, sólo el nombre tenía, en temporadas de lluvia, las aguas inundaban nuestras casa, los grandes charcos se convertian en maravillosas albercas, los autos – en caso de que lo tuvieras – no podían estacionarse frente a nuestros hogares, y cada mañana enfundada en unas horribles botas rojas de hule, tenia que caminar algunos kilómetros para poder abordar el camion que te llevara al centro de la ciudad, todo era maravilloso, eramos felices, compartíamos ese sentimiento de vecindad.

Nunca olvidare a Don Bartolo, con quien cada tarde , a pesar de mis 5 años de edad, compartía el café, el mejor de mi vida,!!! nunca olvidaré mi taza blanca de peltre con una pequeña flor, que diariament a las 3:45 de la tarde se llenaba de esa aromática bebida para compartir historias.

Algunas veces, este septuagenario y yo, nos sentábamos junto a la mesa,, sin hablar, solo disfrutábamos de la compañía, no había tema, pero era maravillosa esa plática sin palabras.

Y que decir de Doña Cruzita, habitaba un tejaban lleno de magia y misterio, rodeado de verdes arboles y maleza, algunos decían que hacia brujerias, que si entrabas jamás saldrías de su casa, y claro que no podias!!!, en el interior de esa casa de madera sentías un calor de hogar , que no se puede describir con palabras, su cariño te envolvía y no te dejaba ir.

Don Quiterio, el dueño de la tienda, no quería venderte un dulce porque era el último en el botellón, a su lado Doña Rebequita, tan pequena y dulce …que con su ternura nos entregaba aquella golosina que su esposo nos negaba, a pesar de los 5 centavos que costaba.

Por ahí decían que personas famosas eran nuestros vecinos como los Hermanos Atayde, propietarios y trapecistas de un famoso circo, a quienes nunca vi, o Don Alfonso y Dona Alicia quienes cada noche cantaban en las tardeadas del Teatro Blanquita en Monterrey.

Durante las noches de verano nos sentábamos en la esquina para escuchar las historias de misterio, se hablaba de La Llorona, de la mundana mujer de vestido blanco que se aparece por todos rumbos, de las apariciones en el rancho de Sabinas, y mil relatos mas que nos hacían sentir temor y correr a nuestras casas a altas horas de la noche.

Doña Rebequita, el señor Juez, todos eran Don y Doña, porque en esa época existía un gran respeto por las personas mayores, aunque no eran tan adultas ya que solo rondaban los 50´s, pero en aquelos tiempos,  se consideraban viejos.

Mi infancia, mi kinder y primaria frente a la casa, mi bicicleta rentada, mi amigo El Güero, digno amigo del diablo quien con sus maldades hacia llorar diariamente a mas de uno, de repente mi vida tomó otro rumbo, mi Papá, Don Baltazar, en búsqueda de una vida mejor construyó una casa mas grande, en un mejor lugar, dejamos el barrio, y ahí dejé los mejores recuerdos de mi infancia.

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