Se estremeció al contacto con el frío de las baldosas. Encogió las piernas elevando las rodillas hasta rozar el mentón y se abrazó con fuerza sujetándose por los codos. Al cerrar los ojos resbaló por su pómulo una lagrimilla y pensó que se congelaría antes de llegar al suelo. No lloraba, lagrimeaba, que no es lo mismo. Se frotó un pie contra otro, calcetín contra calcetín en un intento por reavivar sus extremidades más alejadas. Nadie le comentó que su cuerpo cobraría un protagonismo tan acuciante y estaría presente en su mente las veinticuatro horas del día, incluso cuando durmiera. Nadie le dijo que su vida sería de esta forma, porque las formas de vida no se prevén cuando te has desengañado de casi todo.

Intentó cerrar los ojos a modo de evasión, esta vez sin lágrimas ficticias, y poco a poco recuperó aquellos instantes de su planeta interior que más le gustaban. En su globo terráqueo particular se perfilaban en el aire altas colinas, valles, depresiones y pozos. Cada uno de esos accidentes reflejaban una parte de su vida pasada, que su mente, de forma sabia, había diluido en aguadas de color verdemar para convertirlos en una transparencia que no empañara los remansos de agua cristalina, aquellos arroyos de su cauce de vida en los se hallaban los secretos de los momentos felices, a los que todavía, y a pesar de las adversidades, de las tormentas, de los aguaceros, y de los temblores que destruían parte de su dignidad como persona, aspiraba cada nuevo día que amanecía.

<<Hoy el día es claro, a pesar de este frío estremecedor. Puede que sea el mejor día de mi vida si me lo propongo con muchas ganas. La señora Julia llegará muy pronto y no le gustará verme tirada sin haber recompuesto alguna parte de mi existencia. Recogeré mis cosas y se las dejaré en este rinconcito para que me las cuide. Si no fuera por su bondad mi vida no sería de esta forma, estoy segura>>.

Irene se cambió los calcetines por otros algo más limpios, se quitó el buzo de esquiar con el que siempre dormía en las noches de invierno, se enfundó en unos pantalones vaqueros deshilachados y se ajustó al cuerpo un jersey de cuello alto de lana encogida con los colores corridos. Apretujó sus prendas de dormir en el fondo de su macuto y se lavó los dientes en una palangana con agua limpia. Hoy le tocaba ducha, así que cogió su neceser y lo metió en su bandolera descolorida de cuando era niña.

Subió las calles empedradas del casco medieval de la ciudad con paso ágil hasta llegar a las duchas públicas situadas junto a uno de los palacios renacentistas que nunca había visitado. A menudo, al pasar por aquel lugar, se preguntaba cómo habría sido la vida de aquellas mujeres y caballeros que lo habitaron en otros siglos. Se imaginaba a sí misma disfrazada con telas de raso y seda paseando por los largos pasillos de un palacio engalanado para una fiesta. Después giraba en el suelo sobre el talón de su zapatilla gastada y daba unas cuantas vueltas abriendo los brazos como si bailara del brazo de un caballero de la corte de algún rey. Los días de ducha eran los mejores, ese paseo le revitalizaba por dentro y le hacía soñar de una manera diferente.

En la cola de las duchas todo se empañaba y los sueños se desdibujaban. Allí se encontraba con la estampa de la pobreza en un solo golpe de vista. Personas que vivían en las calles de cualquier manera, vagabundos sin nombre que seguían lavándose por no perder la expresión de sus rostros tras una costra de arrugas y suciedad, mujeres adictas a cualquier droga que acudían en estado deplorable por el simple placer de no rascarse la cabeza durante todo el día. Irene, se ajustaba la capucha y se apoyaba en la pared esperando su turno. Así vista, borrando la presencia de los que le precedían, podría parecer una adolescente escuchando su música de moda y viendo pasar la vida. Y si algo era cierto, es que Irene no había perdido el contacto con la música, aunque su adolescencia era uno de esos pozos profundos de su pequeño planeta que siempre quería olvidar.

—Nena, ¡pásame tu pastilla que la mía se meá gastao! —le gritó una mujer en las duchas.

—En la entrada le dan una nueva siempre que quiera, pero tome la mía —contestó Irene lanzándole la suya.

—¿Cuánto tiempo llevas en la calle?

Este tipo de preguntas son las que Irene más odiaba. ¿Qué importaba el tiempo? Ella siempre creía que su suerte cambiaría y nunca tenía en cuenta el número de días que habían transcurrido desde su tragedia personal. En su caso, un acto de rebeldía contra las normas le habían conminado a esta situación ¿y a quién le importaban sus causas? Al resto del mundo sólo parecían importarle las cifras absolutas, y en algunos casos las porcentuales. “Uno de cada cinco personas en España son pobres”, había leído en un diario hacía unos días. ¿Uno de cada cinco? En su pequeño planeta conocía a unas veinticinco personas, y veinte eran pobres, o muy pobres. ¿Acaso los estadistas tenían en cuenta el verdadero umbral de la pobreza?. Bajo su punto de vista, el límite que marca la auténtica diferencia es carecer de ilusiones, carecer de esperanza. Ella no era una pobre más, simplemente tenía que encargarse de las necesidades básicas más de lo acostumbrado, sólo eso.

—Dos años —contestó de mala gana mientras se enjabonaba el largo pelo que recogía en una trenza que caía por su espina dorsal como la cola de un caballo salvaje y libre.

—¡Pues yo veinticinco! Te gano de goleada —dijo la mujer enjabonando uno de sus tatuajes —ahora dicen que hay más pobres, por las crisis, las bolsas, los alemanes y todo eso, pero en estas duchas siempre somos los mismos. Y si tú estás aquí: es porque no tienes nada. ¡Nada!, ¿me entiendes?

—Le entiendo sin que me grite.

—¿Y qué opinas?

—Que te fijas poco en la gente.

—¿Poco?

—Sí, porque cada día que vengo esta cola es más y más larga.

La mujer siguió repitiendo la palabra “nada” y tan altos fueron sus gritos que el vigilante de seguridad acudió a la puerta de las duchas de mujeres para recordar que el centro podía expulsar y negar el acceso a toda persona que perturbara el orden.

Irene abandonó tan pronto como le fue posible la casa de duchas y bajó las cuestas de los cantones empedrados hasta el número cinco de la calle Esperanza. Julia ya había llegado, vestía su traje azul de faena y portaba un cubo de agua sucia junto a unos trapos de limpieza. Le saludó efusivamente como todos los días y le dio un beso a Irene en su mejilla.

—¡Hueles bien mi niña! ¡así me gusta!

—Hola Julia, ¿todo en orden?

—Sí querida. No tienes de qué preocuparte. Tu macuto está en el armario de la limpieza y te dejaré la llave del portal escondida en la rejilla inferior de los buzones, como siempre. Procura que nadie te vea ¿me oyes?

—Tengo muchísimo cuidado Julia. ¿Ha comprado alguien un perro en la casa?

—Sí, sí… ayer recogí pis de perro en el rellano, aún no sé de quién se trata. Ten cuidado con esos chuchos, son muy listos y podrían descubrirte ¿me oyes?

—Sí Julia, dormiré sin respirar si es necesario —contestó Irene guiñándole el ojo.

—Espero que tengas un buen día. ¿En qué esquina te colocarás hoy?

—En la esquina del Banco Central con Eduardo Dato. Es mi preferida, un buen lugar para ver pasar a la gente y creo que les gusta lo que hago.

—Ten cuidado con la pasma chiquilla. Si intentan detenerte, diles que conoces al marido de la Julia, que era guardia civil y puede ponerles en un aprieto desde su tumba.

Irene cogió una funda negra del cuarto de contadores donde dormía y se despidió de Julia con una sonrisa. Recorrió el mismo trayecto que todos los días. Eran las nueve de la mañana y comenzaba su jornada productiva, idéntica a la de otras personas que se dirigían a sus trabajos y a sus ocupaciones diarias.

Al pasar delante de uno de los colegios públicos de la ciudad, reconoció a algunas alumnas mayores de su antigua escuela que llevaban a sus hijos al colegio. Las observó atentamente, iniciando el recorrido en sus pies y terminando en sus cabezas. Creía saber de lo bien o mal que les iba la vida por la cantidad de lujos, detalles y novedades con las que adornaban sus cuerpos y los de sus hijos. Irene se sorprendió de que la ignoraran y de que ni siquiera fueran capaces de reconocerla. No las censuraba por esta cuestión, posiblemente ni su propia madre pudiera reconocerla hoy día, y ¡ojalá pudiera!, se decía a menudo, por la simple satisfacción interior de saber quién fue su auténtica madre biológica. Pero ¿a quién le importaban sus altas colinas, sus valles, sus depresiones y sus pozos de angustia?

Si su madre la abandonó en un orfanato nada más nacer ¡sus razones tendría!. Si sus padres adoptivos decidieron mostrarle una parte de la vida acomodada y colgarse de una soga cuando su situación de bancarrota total los ahogó definitivamente ¡sus razones tendrían! Si sus ficticios familiares decidieron internarla en otro orfanato para mayores de doce años cuando más necesitaba de quien le aconsejara en su camino ¡sus razones tendrían! Y ella, había acumulado razones suficientes para largarse de aquel lugar e intentar vivir otra vida. Un momento muy inapropiado dado que su país se resquebrajaba igual que el desierto. Pero sabía leer, escribir, tocar el violín, esquiar, y había cursado sus estudios reglados hasta la edad obligatoria con notas excelentes ¿y a quién le importaba todo eso?

Sólo Julia, la pobre mujer que limpiaba portales, le había ofrecido un cobijo. Siete hijos, un tío, un sobrino, pensión ridícula de viudedad y sus padres ancianos, en una casa de sesenta metros. La situación de Julia sí que era angustiosa y a pesar de todo, buscaba todo lo necesario para que a Irene no le faltara de nada. Julia repartía bocadillos en los aledaños de la Iglesia del barrio todos los fines de semana. ¿Y a quién le importaba lo que Julia hiciese? Julia no era portada de los periódicos. El Gobierno recortaba las ayudas sociales y los más necesitados repartían lo poco que tenían porque sabían de las situaciones de verdadera necesidad, de cuando el hambre aprieta, de cuando necesitas unas compresas cada mes, de cuando te gustaría tener unos pantalones nuevos para presentarte a un trabajo sin que los encargados de seguridad te impidan la entrada, de cuando necesitas que alguien te abrace y te susurre al oído que aún hay esperanza. Sólo Julia le había susurrado palabras bellas después de la tragedia, el mismo día que hubo de abandonar su hogar, para ser internada de nuevo en el orfanato. Nadie más se había propuesto inculcar algo de ilusión en el semblante de una chica de dieciocho años que decidió aventurarse en un sendero alejado de la burocracia y de un sistema corrupto que amenazaba con crear más y más pobreza.

Irene llegó a su esquina preferida y desenfundó su violín. Su repertorio sin interrupción duraba exactamente una hora y media. Después descansaba y con las monedas conseguidas se tomaba un café caliente. Más tarde regresaba con sus guantes sin dedos y volvía a deslizar la vara sobre las cuerdas del violín en sentido inverso del repertorio. Con las monedas nuevas, a veces algún billete de cinco euros, se compraba algo de comida y un par de piezas de fruta para el desayuno.

De dos a cinco de la tarde descansaba en algún banco de los parques de la ciudad y repetía su actuación hasta las ocho y media de la tarde. Su música le mantenía viva y las caras de la gente al escucharla le producían un escalofrío como si todavía fuera una persona con un sentido en la vida. No quería inspirar pena, ni compasión, así que mantenía una postura erguida con la cabeza bien elevada y el porte de una auténtica concertista. Una postura complicada que entumecía sus huesos cuando el aire frío se tornaba más gélido. En su caldero de monedas había escrito un folio con excelente caligrafía : “Si no te gusta lo que oyes, es posible que te falte algo en la vida. Regresa mañana para encontrarlo”.

No todos los días Irene podía terminar su actuación. Una pareja de policías se encargaban de que tuviera que cambiar de lugar, o la llevaban detenida por ocupar espacio público sin licencia. Una noche que estuvo retenida en comisaría, un agente le preguntó:

—¿Nombre?

—Irene.

—¿Apellidos?

—Desconocidos.

—¿Dirección?

—Esperanza, 5, bajo.

—¿Alguien que responda por usted?

—Nadie.

—¿Sabes en qué se convertiría el centro de la ciudad si dejáramos que hicierais lo que os da la gana?

—¿Y no cagan y mean los perros en medio de la ciudad, agente? —espetó ella con ironía.

—También multamos a sus dueños ¿no lo sabes?

—¿Y no roban los ricos a los pobres y ni siquiera saben tocar el violín, agente?

—A los delincuentes los detenemos, sepan o no sepan tocar instrumentos.

—¿Y no reduce el Gobierno las ayudas sin importarle las rostros de los afectados, agente?

—El Gobierno hace lo que puede para mejorar la situación de este país y ahí no tenemos mano.

—¿Y si le dijera que podría hacer que mi esquina se llenara de gente realmente pobre que sabe hacer muchas cosas y a la que nadie tiene en cuenta? ¿nos detendría a todos, señor agente?

—¡A todos! ¡más de la mitad no sabrían ni escribir su nombre!—contestó el hombre contrariado por las preguntas de aquella mequetrefe.

La lucha contra los pobres, no contra la pobreza… —murmuró Irene.

Aquella noche Irene durmió abrigada por las mangas del buzo de esquiar de su madre con una idea en la cabeza que le rondaba en sueños y le desveló cada hora.

Transcurrieron dos meses hasta que Irene pudo reclutar a todas las personas necesarias para conseguir materializar su sueño. El día señalado, la inauguración de un centro privado de salud en la ciudad, al paso de la comitiva de los Reyes, comenzaron a desplegarse sendas pancartas a ambos lados de la calzada en la que rezaba un mensaje claro y diáfano : “Somos los pobres de esta ciudad. Hoy tenemos cara y rostro”. Y continuaba: “¿Quién curará nuestras heridas cuando todo se privatice? ¿quién enseñará a leer a nuestros hijos?”. 

Tras la intersección con otra calle, sonaron los primeros acordes del Opus 131 de Beethoven, una pieza sin pausas en siete movimientos que no permitía afinar el violín. <<Una metáfora de la vida, que antes o después, siempre se desafina>>, pensó Irene, mientras los Reyes se detuvieron para escucharla.

….

—¡Menuda has montado mi niña! —exclamó Julia sentada en el cubo de limpieza en el cuarto de contadores —todos los telediarios han hecho eco del momento.

—No servirá de mucho, pero ahora, todos ellos tienen identidad reconocida, no son mera estadística. ¿Crees que removerá alguna conciencia?

—Creo que sí querida. Al llegar a casa tras el altercado, muchos vecinos se han ofrecido para repartir bocadillos todos los días de la semana. Y Fermín, el gerente del supermercado gestionará de otra forma los excedentes de comida y productos básicos.

—¿Durará mucho esto, Julia?

—De momento ¡sobreviviremos!

Irene y Julia se repartieron una manzana mientras el vecino del sexto, el dueño del perro, le hacía un gesto de silencio al chucho para que no ladrara detrás de la puerta de contadores.

FIN

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