Bajo la fría puerta metálica que impedía el paso de luz y de cualquier signo de vida hacia la habitación, se deslizó un sobre. A Miles no le hubiera extrañado, de no ser porque el último sobre que recibió fue unos 30 años atrás. Pese a la sutil sorpresa que le produjo el ver ese trozo de papel, ya casi extinto en la actualidad, nada le impidió no moverse de la silla y terminar su primer whisky del desayuno.

  La habitación de Miles era un reducto en el que poder lamer sus heridas con la sincera ayuda de una botella, un par de cigarrillos, y el viejo calendario que colgaba de la única porción de pared sin humedad. Una vida envidiada por algunos, sino fuera porque el calendario no conocía la palabra vigente y el periódico que leía cada noche antes de no dormir tenía aún más años que el sobre que se deslizó bajo la puerta.

  Haciendo lo más parecido a un esfuerzo que él recordaba, lo recogió con cuidado y decidió abrirlo esperando no decepcionarse. Extrajo un papel amarillento, con un mensaje directo a su alma reverdecida. Ahora comenzó a comprender, y cayó en la irónica cuenta de que en un mundo donde todo estaba digitalizado, cableado, monitorizado  y computarizado la forma más segura de que no te siguieran el rastro era por una simple carta en papel. Tras llevar 30 años apartado y en los que el único rastro de vida que le acompañaba era su débil respiración, una carta le devolvió el sentido de porqué seguía respirando.  

  Miles recogió el periódico de la mesilla, y contempló la foto por la que una vez, hace demasiado tiempo, creyó ser moderadamente feliz. Ellen May posaba en ella como solo ella lo hacía, con una misteriosa y burlona sonrisa que podía seducir a cualquier persona con algo de indecencia. Ellen May era una gran actriz en la época final de aquello que llamaban cine, y por circunstancias que quizá ni ella sabía se enamoró de un detective alcohólico, mujeriego y depresivo de nombre Miles. Lo que de verdad ninguno de los dos sabía era como un día tan cualquiera como ninguno Ellen May sería asesinada de la manera más cruel posible.

  30 años recordando aquello, hicieron que cada año que pasaba el recuerdo fuera más nítido, menos fiel posiblemente, pero indudablemente más doloroso. El culpable quedó absuelto de todo pecado, cosa habitual en una época de corrupción y decadencia si eres hijo del primer mandatario del país, el presidente de la compañía tecnológica encargada de crear el nuevo mundo. La carta era un soplo, un resquicio entre la deshumanización de la humanidad tecnológica.

Miles vivía en el sector olvidado, una serie de largos edificios a las afueras de la ciudad, eliminados de la vergüenza a la que de no ser así, someterían a las personas normales, las que habían sustituido el alma con un disco duro de gran capacidad. Entre la lista de invitados a vivir en aquellos guetos, se encontraban toda serie de drogadictos, putas, ancianos inservibles y Miles de turno.

  Junto al recuerdo de Ellen May y un último vaso del peor whisky conocido por el paladar, se colocó su grisácea gabardina y se dirigió al centro de aquella ciudad que le despreciaba. En busca del hijo de perra que le arrancó su vida y destrozó a su pequeña Ellen May. En la carta anónima, le decían dónde encontrarle en el único momento de su vida en el que su caterva de protectores dispositivos y mil cámaras de seguridad le acompañaban. Pese a ser el eterno heredero del nuevo mundo, había algo que no entendía de épocas. Como todo ser que se cree invulnerable y dominante, aquel desgraciado perdía el conocimiento entre los bajos instintos de la carne. En un mundo de virtualizaciones, hologramas y cables, un ser codicioso y febril haría cualquier cosa por recordar los antiguos actos ya casi olvidados del placer. El placer anónimo le hacía ir mensualmente al hogar de una vieja puta de los sótanos de la gran ciudad, tan vieja que recordaba los rituales sexuales del antiguo mundo que hacían enloquecer al hijo de perra, y tan vieja que recordaba que ningún adinerado cliente la trató jamás como Miles, ese detective a la antigua usanza que le hacía soñar con otra vida. Por haber hecho que ella mantuviera cierta esperanza alguna vez, se sintió por una vez en su vida decente al haberle mandado aquella carta.

  15 días después Miles se adelantó a la cita mensual de su perenne objetivo con aquella venus olvidada. En el callejón de la calle 13, dónde un led rojo anunciaba la guarida de la lujuria, Miles espero a que se acercara. Por fin unos pasos se oyeron por la calle, cubierto cobardemente  por unas gafas de sol y una ropa anodina llegó al punto en el que Miles llevaba esperando unas horas, aunque en realidad fueran casi 30 años. Adelantó su pierna para cortar el paso tímido de aquel asesino inmisericorde. Le miró a los ojos, ojos que no reconocieron a Miles, pero sí reconocieron la mirada de la muerte. Miles por una vez se sentía útil, vigoroso, casi entusiasmado y sacó su vieja Colt para apuntarle donde un hombre nunca soñaría que le apunten. El cobarde, llorando y meándose al unísono, intentó suplicar e intercambiar su vida por el mucho dinero que llevaba encima y la poca humanidad que encontró.

  — Aquí tienes mi dinero, ¿sabes quién soy?, te puedo dar lo que quieras, puedes tener lo que sueñes, ¡pero no me hagas nada!

   —Tranquilo hijo de perra, esto es lo que quiero.

A estas palabras le siguieron tres sonoros y contundentes disparos. Y una calma absoluta.

  Muchas cosas habían cambiado en 30 años, el mundo se convirtió en un gran ordenador, pero hay algo que jamás se extinguirá mientras quede un ser humano vivo, el odio.

Su odio le sirvió para vengar a Ellen May y a él mismo. Para Miles el caso acabó, y él acabo con el caso. Un beso a la foto de ella anticipó el último disparo, Miles se desplomó bajo el testigo de la luz que iluminaba el callejón y la ciudad siguió su camino entre los bytes de sus ordenadores.

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