Mamá quiere vivir sola

Mamá quiere vivir sola

Dies Irae

21/01/2013

Hoy mamá cumple ochenta años y de regalo ha pedido un iPhone 5. Al salir del trabajo he pasado por la tienda de telefonía para comprarlo, con el tiempo justo para llegar a casa, darme una ducha y acudir a su fiesta de cumpleaños. Al joven dependiente de sonrisa impoluta he tenido que decirle que ya se pasaría ella a recibir las instrucciones, elegir la configuración, instalar las aplicaciones, etcétera, más que por mi escaso tiempo, por mi total inutilidad para esa tecnología.

Tengo un Smartphone, sí. No me preguntéis qué marca ni modelo: me lo regalaron sin dejarme poner objeciones, por mi seguridad. Sólo lo llevo encima cuando voy sola a algún sitio y me recuerdan que lo meta en el bolso. Y no sé de él más que apenas cómo se hacen o se atienden las llamadas. Si es que las oigo, pues el maldito aparato acostumbra a ponerse en modo silencio sin que yo sepa el motivo. Pero mamá no, mamá es una tecnoadicta. Y si le dices algo, te propone que vivas sin lavadora. La entiendo, aunque yo no tengo más que dos hijos (ella tuvo cinco).

Mamá, entre parto y parto, trabajó siempre en una empresa que se dedicaba a la importación y exportación. Antes, siendo aún muy joven, estuvo empleada, primero en Francia y luego en Inglaterra, para aprender ambos idiomas. Al volver a España, no le costó nada encontrar aquel puesto de secretaria. La firma era pequeña, pero creció sólidamente, adaptándose a las tecnologías que facilitaban procesos, especialmente los de comunicación entre personas y países distantes. Ella vivió el día a día de los cambios en los sistemas; aprendió a manejar cada uno de los inventos que mejoraban su tarea y la hacían más productiva: las máquinas de escribir electrónicas, las calculadoras programables, los primeros ordenadores que, a un precio desorbitado, pudo adquirir la empresa en la que trabajaba. Estudió, durante un embarazo tardío, programación informática. Sustituyó el telegrama por el télex, los sobres llenos de documentos por el fax y se desentendió de la oficina de correo postal. Mamá chateó con hombres y mujeres del otro lado del mundo cuando aún no existía esa palabra, cuando su máquina escupía una cinta amarilla perforada y, al pasarla por un lector, se transformaba en palabras escritas en tinta sobre papel continuo. De una máquina cilíndrica, casi tan alta como ella, más parecida a una centrifugadora que a cualquier otro artilugio conocido, mamá sacaba las fotografías borrosas del bebé de la secretaria de su filial en Japón, apenas unos minutos después de que ella hiciese el mismo proceso con su original. Se lo contó a sus nietos cuando le enseñaron lo que era un mensaje de móvil, dejándolos con la boca abierta, y corrió a que le instalasen lo mismo en su teléfono.

En casa también tuvo cada uno de los adelantos que salían al mercado, para aliviar el esfuerzo de mantener atendida a su numerosa familia al principio, y para suplir el descenso de su agilidad, su fuerza y su salud, después. Recuerdo el tiempo en que la tricotosa ocupaba medio salón y todos sus hijos vestimos obligatoriamente, desde los calcetines hasta el gorro invernal, su producción en serie. Frigoríficos, lavadoras, lavavajillas, microondas, vitrocerámicas, hornos superpirolíticos, secadoras… Apenas habías aprendido a manejar un aparato cuando el siguiente había sido sustituido por algo más moderno, con más programas, con nuevas posibilidades. Mamá tuvo siempre el último modelo de sistema de planchado, de limpieza con vapor, de aspiración sin cables: ningún electrodoméstico, ni grande ni pequeño, tenía secretos para ella. Nuestra alimentación seguía las últimas tendencias en robots de cocina: túrmix, ollas a presión, batidoras, freidoras, picadoras, heladoras, yogurteras, licuadoras, sandwicheras. Creo que el último grito, la thermomix, tiene clubes de seguidores que se intercambian recetas y en los que participa activamente.

Gracias a ellos, también dispuso siempre de tiempo libre para sus aficiones favoritas: la lectura, la música y el cine. Para estas dos últimas, recuerdo haber visto en casa una variación inacabable de aparatos electrónicos, desde los tocadiscos y televisores de mi infancia, hasta los sistemas de audio y vídeo en alta fidelidad y definición que ahora se integran, panelados, entre los muebles de su salón. Para la lectura ya ha probado un par de modelos electrónicos. Pero, definitivamente, la aparición de Internet fue lo que transformó sus hábitos: desde que se jubiló, vive entre chats y foros de todas las redes sociales que existen, y no comprende cómo yo puedo sobrevivir dedicándoles apenas unos minutos diarios: “Hija mía, no sabes lo que te pierdes —me dice—: la vida está en la red”.

Y sí, para ser sincera, también consignaré lo que más me duele: mamá tiene un novio virtual. Discúlpenme que no entre en detalles que, ni conozco, ni deseo conocer. Afortunadamente, el supuesto caballero de sus desvelos es un finlandés retirado que paga dos pensiones a sendas exmujeres y con una salud frágil que no le permite volar. No parece que vayan a conocerse en persona de momento, pues mamá, chapada a la antigua, no piensa en ser ella la que dé el paso. Pero sospecho que la posibilidad de consumar un día ese amor es la auténtica razón por la que mamá quiere vivir sola. Y eso le hace feliz.

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