El bailarín de Palermo

El bailarín de Palermo

El asfalto desprende todo el calor acumulado durante el día. Hoy, además de un sol inclemente ha soplado el siroco, como un sofocante aliento cargado del ardiente aire de las cercanas tierras africanas. Las avenidas están casi desiertas a esta hora de la noche, sentados a las puertas de las casas todos esperan esa ráfaga de aire fresco que nunca llega. El calor parece que no va a dejar dormir a nadie en estos días de finales de agosto. Vincenzo no deja de sudar, con una camisa barata de mangas desmontadas para el verano que su mujer consigue mantener blanca a duras penas y la chaqueta negra de tergal de todos los días, que lleva como si de un uniforme se tratara colgada del brazo, vuelve a su casa desde la Piazza Giuseppe Verdi. Allí está el Teatro Massimo, todavía con la cartelería de la última ópera de la temporada ya acabada a finales de junio, es Faslstaff del autor que da nombre a la plaza, el mismo título que se representó el día de su inauguración, el 16 de mayo de 1897. Por la vía Mura di San Vito y después girando a la derecha llega enseguida a la vía Porta Carini, todavía salpicada con los restos del mercado.

Los perros revuelven los montones de verduras desechadas que con esta temperatura enseguida se queda mustia y las amas de casa del barrio del Capo no han comprado. Alguna cabeza de pescado tirada por el suelo es la recompensa para los gatos, antes que los barrenderos pasen para, como cada día, intentar limpiar la suciedad reciente y la acumulada en las calles durante demasiado tiempo. 

La jornada había sido, como tantas otras, de lo más penosa. Vincenzo, delgado, de mediana estatura, pelo negro rizado y unos ojos oscuros como tizones de carbón se mueve de un lado a otro del puesto para desentumecer las piernas. Cada rato vocea sus mercancías a los que pasan por la calle, llama a una señora que a pesar de haber mirado varias veces las sartenes con teflón, una novedad que acaba de llegar de Alemania, no se para. Ofrece con entusiasmo lo más moderno para la limpieza del hogar: un palo con una gran bayeta en la punta para lavar los suelos sin tener que ponerse de rodillas y sigue paseando alrededor de su negocio.

Son muchas horas en el puesto de venta ambulante, en el que lleva desde sartenes hasta un plano de la ciudad. Todos los días se pone en la acera de vía Maqueda. Su presencia desentona con el público que en días de estreno baja por la escalinata del teatro entre los dos leones de bronce, alegorías de la tragedia y la lírica, que la guardan. Estos, junto con la neoclásica cúpula semicircular y las seis grandes columnas del atrio de entrada, dan un aire majestuoso al mayor teatro de ópera de Italia por sus más de tres mil localidades.

Los ricos vestidos y el porte de los distinguidos burgueses y aristócratas de Palermo que después de recorrer los decorados salones de los Pasos Perdidos, uno de los más bellos del edificio, bajan por la escalinata hacen que Vincenzo se avergüence un poco de su proletaria vida y vestimenta. A la vez se siente orgulloso de pertenecer al partido comunista y piensa que algún día serán ellos, los obreros y los pobres de la ciudad los que estarán sentados en esas butacas de terciopelo rojo escuchando un mitin de Luigi Longo, sucesor del histórico secretario general del PCi Palmiro Togliatti, muerto hacía apenas un año.

Hoy sólo consiguió vender algunas gafas de sol de imitación, postales turísticas y cinco “carretinos” sicilianos, que a los pocos extranjeros que se ven en las calles de Palermo en estos años sesenta les hacen tanta gracia. Con las plumas en la cabeza del caballo y muchos colorines hechos con pintura de mala calidad, que seguro en unas semanas estaría desconchada. Por todo jornal se lleva a casa unos cuantos miles de liras.

Siempre había preferido la venta ambulante que estar en el puesto de pescadería del mercado heredado de sus padres. Espantando las moscas continuamente del género y levantándose a las cuatro de la madrugada todos los días para ir al mercado central donde conseguir el género más barato y así poder sacar algunas ganancias con las que sobrevivir.

Con lo que él saca normalmente más lo que gana su mujer limpiando las oficinas centrales de la Posta en vía Roma se pueden defender para dar de comer a los dos hijos que tienen. Alguna vez se dan un capricho y compran un poco de carne que Antonia hace los domingos con muchas verduras.

Por la vía dei Carrettieri llega en dos pasos a la pequeña calle dónde vive desde hace casi diez años, la vía dei Preti. En una pequeña casa de alquiler, su mujer intenta que se parezca a un hogar pero las paredes se caen por la humedad y falta espacio para todo.

Al llegar a la entrada de su calle, un mísero paso entre dos calles más grandes, oye como Antonia está gritando a las vecinas que salgan de sus casas para ayudarla, su mujer tiene la bata que usa para estar en casa y las manos llenas de sangre. Su cabello está revuelto, libre de las orquillas que suele llevar para dominarlo y unos mechones de pelo negro le tapan parcialmente la cara.

– ¿Qué ha pasado, Antonia? ¿Quién te ha hecho daño? ¿Qué es toda esta sangre? – le pregunta el hombre abrazando a su mujer.

– No es mi sangre, es de la vecina que se ha puesto de parto, está sangrando mucho. – dice la mujer muy nerviosa.

– ¿Qué? ¿Concetta se ha puesto a parir antes de tiempo? Pero, lo esperaba para dentro de dos meses, me dijiste. Voy a buscar a la señora Amalia que ella entiende más que tú de esto – el hombre sale corriendo a casa de la mujer, que a falta de dinero para ir a un hospital, asiste a las parturientas del barrio con más voluntad que conocimientos.

Las vecinas, mientras tanto, ya estaban entrando en la casa para ayudar a la desdichada que se había quedado embarazada en el peor momento. La mujer, menuda a pesar del embarazo, deshidratada y podría decirse que casi mal nutrida, lleva puesto un camisón rosa desvaído de algodón de baja calidad, ahora manchado de sangre y sudor, es la viva imagen de la desolación. Estaba sola, como siempre, seguro que su marido estaba gastando el poco dinero del jornal en la taberna del Zio Pippo a tres calles de allí.

– La pobre nunca ha tenido muy buena salud, mírala, parece un pajarito tumbada en la cama– les dice Antonia a las otras mujeres. Todas vestidas de negro por viejos lutos de maridos, padres o hermanos. Todas corpulentas, sin llegar a estar gordas, no hay comida suficiente para engordar, el pelo recogido en moños que a esta hora de la noche aguantan a duras penas después del largo día de trabajo. Las manos desgastadas de tanto fregar casa ajenas y propias.

La parturienta se desmaya a ratos por la fatiga, el dolor y sobre todo por la pérdida de sangre. Poco a poco la cama se va tiñendo de rojo ante la mirada impotente de las voluntariosas vecinas. Después de unos interminables minutos, los gritos y los lamentos se van apagando.

– La señora Amalia está al caer, no te preocupes, Concetta – le dice Antonia, para darle ánimo, mientras tira de la cabeza que asoma entre un torrente de sangre y otros fluidos de la pobre mujer, cada vez más débil.

Cuando Vincenzo, acompañado por la señora Amalia, entra en la casa Antonia tiene en sus brazos a un recién nacido todavía sin limpiar, amoratado y con restos por todo el cuerpo. La anciana mujer que hacía las veces de partera, de un físico rotundo y unos brazos de cargador de muelle, con un luto riguroso y eterno por su marido, se acerca a la cama con una cara muy seria al verla toda llena de sangre.

– ¿Qué ha pasado, Antonia? ¿No habéis podido cortar la hemorragia, no? – dijo buscando el pulso del cuerpo que yacía en el pequeño catre pegado a la pared de la habitación, oscura y carente de adornos, salvo una imagen en el cabecero de Santa Rosalía, la patrona de la ciudad.

– No tenía fuerzas, la pobre, seguro que no ha comido caliente en varios días. – Antonia se deshace en lágrimas mientras habla.

Cuando la vieja se aparta del cuerpo moviendo la cabeza en un gesto que confirmaba lo que todos temían, ya estaban lavando al bebé y recogiéndole el cordón umbilical con un lazo del pelo.

– Enzo, ve corriendo a la taberna para avisar al desgraciado del padre. Seguro que tiene una curda de campeonato y se ha olvidado que tiene casa. – dice la mujer con un violento tono de voz que él conocía bien después de diez años de casados.

– Yo la quería como a una hermana, pobre Concetta. Nos conocíamos del pueblo, desde cuando ella era una cría. Las veces que iba a ver a mis padres, ella siempre me preguntaba cómo era la vida en Palermo. Si yo creía que podía venir a servir a alguna casa y así mandar algo de dinero a su familia. Allí, en Partinico, se estaban muriendo de hambre, los pobres. Desde que se le murieron las vacas no levantaban cabeza y además dos de sus hermanos estaban en la cárcel por andarse con “esos” que ya sabemos. – los nervios de Antonia hacen que no pare de hablar, no sabe qué hacer y mira al cadáver de su amiga sin atreverse a tocarla.

– Tenemos que avisar al médico para que venga, tiene que ver al niño y firmar la muerte de la madre. – la señora Amalia esta mirando al recién nacido con preocupación.

– Yo creo que a este niño le pasa algo, tiene un bulto en la cabeza y seguro que ha estado a punto de ahogarse con todo lo que ha perdido la madre.

Los dos hombres entraron en la casa a trompicones, los pasos torpes de Paolo delatan la borrachera que como de costumbre se coge para no pensar en su miseria. La imagen de un joven, ya viejo, con el pelo descolorido, sucio y enredado; los ojos claros, extrañamente furiosos y una barba pequeña y suave como de oro deslustrado, la completa un eterno cigarrillo en la boca que hace un ángulo recto con su cara. El poco dinero que gana llevando los pedidos de mercancías desde el mercado a los pequeños restaurantes del barrio no le llega para tener una casa como a su mujer le gustaría. Tampoco tienen para comer decentemente todos los días, y encima la poca salud de ella no soporta el trabajo en una casa de las pocas que se pueden permitir el lujo de tener sirvienta. Lo poco que tiene se lo gasta en vino y ahora tiene menos encargos que llevar porque más de una vez ha faltado al trabajo.

– Concetta, Concetta!¿Qué ha pasado, por qué no se mueve? – le pregunta a la anciana que con un movimiento de cabeza, niega toda esperanza. – Pobre mujer mía, te has ido. ¡Maldigo a este niño, ha matado a mi Concetta!– balbucea de rodillas al lado del cuerpo.

El ambiente en el cuarto es dramático, por un lado las lagrimas asoman a los ojos de todos y, por otro, el recién nacido llora a moco tendido reclamando la atención de su madre que no pudo ni tan siquiera verle la cara al pequeño.

Antonia le acaricia para que deje de llorar. Después de haberle limpiado y observado bien todos los defectos, la señora Amalia estaba más tranquila, el bulto de la cabeza seguro que se debía a la fuerza que las mujeres hicieron para sacarlo de un cuerpo casi sin vida.

La cara es como la de un muñeco de cera olvidado demasiado cerca del fuego, carece de barbilla. La nariz, casi un agujero encima de una boca de tamaño desproporcionado. Los ojos pequeños y saltones como dos botones de goma negra. Ninguno de los presentes sabe si celebrar el nacimiento de una vida o la pérdida de la mujer y amiga que moría tan miserablemente como había vivido.

– ¡Pobre crío, a que mundo ha venido a parar! Sin madre y con un padre que se pasa el día borracho. –la mujer mira como el bebé sonríe.

– Ahora tienes que pensar en él, Paolo. Solo te tiene a ti. – en este momento, Antonia decide que se hará cargo del niño. Un tiempo, hasta que el padre pueda darle lo mínimo, la comida y los cuidados para que no acabe como su madre de cuerpo presente.

– Mira, Paolo, he pensado que me lo llevo a mi casa para darle un poco de leche y lo tengo unos días conmigo para atenderlo como es debido. Tú tienes que arreglar los papeles del nacimiento y el entierro de Concetta. ¿Qué te parece? – le dice Antonia al padre que está sentado en una silla cerca del cadáver sin querer ver al retoño.

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