UNA LUZ QUE SE APAGA

UNA LUZ QUE SE APAGA

María José MQ

25/05/2016

“¡Maldita humedad!”. El hombre abrochó su ajada levita de paño mientras apretaba el paso para entrar en calor. Frente al pórtico de la Catedral divisó al celador. “¡Venga, venga!”, escuchó apremiar, “coged los chuzos y las escaleras”. Los faroleros se aprovisionaron también de aceiteras y mechas, y fueron desapareciendo, como cucarachas, tras las esquinas desconchadas de las calles.

El farolero enfiló hacia Cadirers para alumbrar la zona que tenía asignada. Un sendero de trémulas luces iba regando las calles a su paso. A cada rato, comprobaba la presencia del pequeño objeto que atesoraba en su bolsillo, “pobre vieja”, sonreía. Bajo la carga del pesado equipo de faena comenzó a sudar, y hasta la levita le molestaba. Se le hacía el camino más largo que otras noches; le impacientaba la sorpresa que esperaba provocar en la mujer. De tanto en tanto, míseras ratas huían de la luz que, vacilante, le acompañaba. El velón continuaba en su bolsillo, “ la gente es capaz de tirar a la basura hasta a la propia madre”.

Alumbró apresuradamente las últimas luces antes de llegar a la vivienda de la anciana. Con delicadeza, abrió la puertezuela de cristal de la farola que quedaba junto a la ventana de aquella casucha, y prendió la mecha. Un rostro surcado de arrugas emergió lentamente de la oscuridad que se apelotonaba tras la sucia ventana. Los delgados labios esbozaron una sonrisa y la mujer, como cada noche, comenzó a tomar su sencilla cena a la luz de la farola. Nuestro hombre golpeó con los nudillos el cristal e indicó a la vieja que abriera la ventana; transcurrió una eternidad hasta que la mujer se incorporó completamente y, tras descorrer el pasador, quedó frente a frente con el farolero. El hombre sacó el velón de su bolsillo y se lo entregó. Aquella mujer tenía el ritmo de quien quiere vivir la vida despacio porque la sabe próxima a su fin. La anciana miró durante largo rato al trabajador y acepto el regalo con solemnidad, tras lo cual, siguió cenando.

Nuestro hombre encontraría cada noche a aquella mujer cenando apaciblemente a la luz de aquella vela. Tanto la economizaría, y tan corta iba a ser ya su vida, que aquel velón le iba a durar hasta el final de sus días

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