Ya de pequeños mojábamos mi hermano y yo, en vasos reciclados de crema de chocolate, pan semiblando (en realidad semiduro) con vino y gaseosa. No existía antaño tamaña preocupación por el alcohol y muchos hoy adultos agradecen la copita de vino en la pausa del trabajo, los gin-tonics preparados el finde y la falta de pudor para comercializar estos brebajes mágicos. Mis padres bebían, fumaban en casa y que yo sepa nadie les denuncio por sus actos, bien vistos según las costumbres de aquella época.

En el cole, nuestros amigos los curas, nos metían hostias como panes de lunes a viernes y los domingos en la boca (la hostia) para hacer borrón y cuenta nueva, maravillosa particularidad del catolicismo que, vía intervención divina, porque es Dios quien perdona, todo lo puede. Alguna panda de colegas también se dedicaba a repartir candela entre clase y clase, pero como digo, era otra época, no existía el bullying ni el acoso y la violencia era un instrumento de enseñanza, así que todos contentos. No como ahora con la generación de cristal, las diferentes opciones sexuales, la educación laica y estupideces por el estilo. Éramos del 75, así que pantalones abrochados, cojones en la mano y pa´lante.

Me dijo una vez mi madre (pienso a menudo que mi madre, así la Virgen, nació, milagro plausible, sin pecado original, o al menos eso me pareció siempre) … me dijo que si comía mucho pan me quedaría bajito y ciego así que abandoné los carbohidratos y me dediqué en cuerpo y alma durante prácticamente toda mi vida al maravilloso arte del onanismo, sobresaliente paradigma del hedonismo y la autocomplacencia, rechazando de inmediato la procrastinación y aprovechando los domingos para hacer acto de contrición y poner el marcador de pecados a cero, contándole a Dios a través de algún sa(cerdote) poseído por el Espíritu Santo como me la machacaba mañana y tarde pensando en la profe de matemáticas.

La universidad no fue mucho mejor. Cambiamos curas regordetes por profesores con gafas de pasta y los palos en la cabeza por suspensos continuos y generalizados, contra los que los magistrados argumentaban muy convincentes sobre nuestra escasa preparación, esfuerzo, valía… y que éramos una muy mala promoción, valiente pantomima de una suerte de embalse donde nos quedábamos estancados años y años para no saturar el mercado… es que éramos mucha tropa en mi generación.

Acabé la carrera por fin, y estudié fuera de mi país, y viajé todo lo que pude, y aprendí idiomas, y leí muchos libros… hechos que arrancaron de mi cuerpo cualquier atisbo de nacionalismo, regionalismo, liberalismo, comunismo y casi cualquier cosa que acabe en -ismo, me eché novia, hice el amor y tuve una hija. Dudo mucho que se pudiera llevar a la gran pantalla mi vida hasta este momento, una vida normal en un mundo que se desmorona (descojona).

Y en el curre pues más de lo mismo, cambiamos los curas y los profes por profesionales de carrera dilatada, que escondían bajo sus batas serigrafiadas con una W o con un rombo, auténticos psicópatas sin pistola, pero con látigo, sin empatía, pero mala hostia y que se comían el bocata (de pan rústico o masa… madre, como te echo de menos) o la bocata (que decía un colega alemán en aras de la coherencia lingüística) enfrente del ordenador y sonriendo lascivamente a su jefe o jefa (que no se enfade nadie si no utilizo el lenguaje inclusivo).

Entre tanto llegó la pandemia y ¿a qué nos dedicamos? a cocinar pan como no podía ser de otra manera a estas alturas. Supongo que en aquel momento ya no me importaba quedarme bajito y ciego.

Y ahora que termino, bajo la sombra del gran roble, viene a dar el discurso en mi sepelio el cura de la parroquia, un tipo afable y con cara de vicioso (todos la tienen). No me lo puedo creer. Mira que les dije que no creo en Dios ni en Jesús ni en ninguna religión, pues nada, al final de mi vida me la han colado. Me la han dado con queso… y pan.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS