Una flor en el suelo

Una flor en el suelo

Mimi

15/07/2026

Llovía aquella mañana, pero nada impedía, tampoco la lluvia, que la ciudad siguiera con su rutina diaria. Los puestos estaban desplegados en el mercado. Los muchachos más rezagados corrían al entrar al colegio. Algunos padres y madres, en la puerta, terminaban una conversación. Todo estaba dispuesto ya para un nuevo día en la ciudad.

También para él.

Entró en el café de grandes ventanales. Se sentó al fondo. Allí se sentía resguardado de todo. Del resto. De los otros. Pidió un té. Cuando lo tuvo en la mesa sacó un cuaderno y su lápiz. Él siempre escribía con lápiz. Después, ya en casa, decía, pasaba a limpio lo escrito con una pluma. Pero siempre utilizaba el lápiz para buscar palabras nuevas. Miró por la ventana y se sintió bien. Su mesa, su té, su lápiz. Y afuera las gentes. Los otros. Deambulando entre las calles con sus paraguas, sus bolsas de la compra, sus lánguidos rostros. Y mientras él, allí. Protegido de todo aquello. Observando. Compartiendo aquella escena desde el otro lado del cristal húmedo. Él se sentía bien así. Al otro lado. Únicamente, a fuerza del contacto diario, compartía cierta complicidad con la joven camarera del local. Se entendían con pocas palabras. Las pocas de cada día. Un té, por favor. Aquí tiene su té. Gracias señorita. Y una muy leve sonrisa en el rostro para poner fin a la conversación. Escasas palabras. Leves gestos. Eso para él ya era mucho. Eso para él era suficiente. Su manera de no separarse totalmente del mundo. Un asidero para no caer del todo. Su camino de regreso a un lugar amable, conocido. Un hogar.

Le gustaba sentarse en el café de cara a la ventana. Eso le otorgaba un doble beneficio. Por un lado, se mantenía de espaldas al resto de comensales del establecimiento. Protegido de ellos. De los otros. Por otro, podía observar el deslizar de viandantes por las calles cercanas. Disfrutar, a su modo, de todo aquello. Cierto es que se separaba voluntariamente del resto. De los otros. Pero le gustaba escribir sobre aquellos que cada mañana pasaban ante sus ojos al otro lado del cristal. Inventar historias sobre sus vidas. Sobre las vidas de aquellos que caminaban en sus quehaceres diarios. Aquella era su forma de estar cerca de ellos. De los otros. Aquella era su forma de mezclarse. Las palabras en papel son siempre más interesantes que cualquier conversación real. Decía. A él le parecía que era más verdadero lo que él escribía sobre ellos, que sus propias vidas. Y al escribir sobre sus vidas, de algún modo, convivía con ellos.

Un hombre de alto sombrero pasó ante la ventana del café. Sin acceder al interior, se acercó a la puerta. Miró hacia dentro a través del cristal, como buscando algo. No sabemos si lo encontró, pero el hombre se adentró en el local, pidió un café largo y se sentó a leer la prensa del día. A decir por su gesto, nada bueno debía estar ocurriendo en el mundo. Según leía, afilaba su amplio bigote dando vueltas a la punta, como en un gesto de concentración. Tras un largo rato dobló el periódico con cuidado por un artículo de su interés y lentamente lo dejó en la mesa. Fijó su mirada a través de la ventana. A lo lejos. Como perdida en el horizonte. Mientras seguía con su gesto concentrado. Dando más y más vueltas a la punta de su bigote. De pronto, como habiendo encontrado lo que buscaba en su cabeza, sacó una libreta y un pequeño bolígrafo del tamaño de un dedo índice. Comenzó a escribir. Ya no levantaría la mirada del papel en los próximos minutos. Tan sólo de vez en cuando para llevarse un pequeño sorbo de café a la boca. Estaba extasiado. Escribía compulsivamente. Había encontrado un motivo. Sin duda se le veía contento. Con gesto tranquilo. Pero contento.

Señorita, me podría traer otro café, por favor. Gracias.

Pidió otro café. La camarera se lo acercó a su mesa y éste le obsequió con un adjetivo cortés y una sonrisa amplia de agradecimiento. Por un momento, se detuvo en su escritura. Saboreó su café caliente y dispuso su mirada hacia el gran ventanal. De forma ligera. Como quien mira sin advertir nada en concreto. Como quien relaja simplemente la mirada después de un esfuerzo. Así observaba él en este instante. La lluvia caía y la taza de café caliente le aliviaba. Le reconfortaba. Por un momento no pensaba en nada. Únicamente la lluvia ahí fuera y la taza caliente en sus manos.

Mientras tanto, ahí sigue nuestro hombre. De espaldas al resto. A los otros. Escribiendo sobre uno de esos otros, sin que ninguno de ellos siquiera lo imagine. Hacía algunos minutos que había terminado su bebida, pero no pidió más. Sus hábitos poco espléndidos le impedían gastar más de lo estipulado. Seguía obsesionado con el hombre del sombrero y el amplio bigote puntiagudo. Le observaba ahora en su facilidad para la palabra y la cortesía con la camarera. Se moría de envidia. Miradle.

La camarera era morena, de pelo corto y un flequillo travieso y anárquico a partes iguales. Trabajaba allí desde que comenzó con sus estudios en la escuela de artes y oficios del distrito. Le quedaba cerca, el trabajo no era complicado, su jefa le caía bien y, si no trabajara allí, sería clienta habitual. Le gustaba el público que acudía al establecimiento. Era un lugar tranquilo en el que la gente leía la prensa, conversaba amistosamente o simplemente guardaba silencio degustando una bebida. También le gustaba observar a aquellos que acudían regularmente al local para escribir. Ella nunca les preguntaba, por más ganas que pudiera tener de saber. Cierta timidez se lo impedía. Además, no quería importunar. Ella prefería fantasear con las historias que podrían contener aquellos papeles. Por eso le gustaba estar allí, rodeada por todos aquellos escritores, guionistas, poetas, dramaturgos. A todos les unía la fantasía, el afán por inventar historias. Porque, aunque ella no las escribía, sí le gustaba imaginarlas en su mente.

El café era un establecimiento amplio. Con varios salones. De luz tenue, pero suficiente. Era un lugar ideal para aquellos que en el barrio se dedicaban a eso de la tinta y el papel. Tranquilo, íntimo, espacioso, con buen café. El lugar no podría suponer una excusa para no encontrar historias interesantes sobre las que escribir.

La dueña del local también tuvo sus sueños de juventud, pero para ganarse la vida, hace ya más de veinte años, decidió abrir este café. Los comienzos fueron difíciles. No había muchos locales así en la ciudad, con lo que los clientes fueron inventándose a sí mismos. Poco a poco el establecimiento fue atrayendo a aquellas personas a las que tanto le hubiera gustado parecerse, aquellas personas de las que tanto quería aprender, con las que tanto quería compartir. Lo mejor de todo es que, de algún modo, ella se sentía partícipe en la creación de aquellas historias. Historias de lugares lejanos que nacían allí, en su local, para después viajar a otros lugares tanto o más alejados. Ella quería estar cerca de aquello. De todo aquel trasvase de personajes, historias, países. Emociones en general, compartidas por público y gentes que ella nunca conocería. Pero tampoco ellos sabrían nunca que aquellas historias habían nacido en su café. Ese sería su dulce secreto. No necesitaba más. Solo quería estar en el nacimiento. Colaborar en silencio. Facilitar las cosas.

Como en el día de hoy a nuestro hombre de amplio bigote. Parece haber terminado ya con su lectura del periódico y las anotaciones en su libreta. Tanto es así, que está recogiendo sus cosas presto a marcharse. Al salir cierra la puerta del café y se queda un momento inmóvil. Mira a sus pies y ve una flor abandonada en el suelo. Yo le observo. Se trata de una flor de color azul en forma de tres pétalos. Se agacha a recoger la flor. La protege, frágil, entre sus manos. Se la acerca a la nariz y la huele. El olor parece agradable. De repente levanta la cabeza y ve cómo, desde la otra acera, una niña le observa mientras juega con su pelota. El hombre se acerca a la niña, le dice algo y ella sonríe. La niña deja la pelota en el suelo, junta ambas manos y el hombre deposita la flor entre ellas. La niña se queda mirándola fijamente entre sus manos. Él le dice una última frase y ella asiente sin poder apartar la vista de su flor. El hombre sigue mirando a la niña; pero, con paso leve, empieza a caminar hacia atrás, separándose poco a poco de la escena. Tras unos segundos, gira una esquina y desaparece.

Súbitamente, el hombre del ventanal suelta el lápiz sobre la mesa. Era tal su nivel de concentración que su rostro estaba tenso. Al levantar la mirada de su cuaderno se da cuenta de ello y trata de relajar poco a poco el gesto. A pesar de la tensión sabe que ha resultado un viaje placentero.

Observo alrededor y estoy solo en el café. Mientras la dueña y la camarera hablan en voz baja, veo sus miradas reflejadas sobre mí en el cristal mojado. Supongo que no se dan cuenta. Suponen que no me doy por enterado. Recojo mis cosas, pago mi bebida con unas monedas y me marcho. Cierran la puerta tras de mí. En la calle, bajo la lluvia, abro mi cuaderno y dejo que el hombre de amplio bigote, la niña y su flor me acompañen.

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