El muelle del bolígrafo hace clic. Clic, clic, clic, clic. Cuatro veces. Siempre cuatro para que no se caiga el techo. La ventana está torcida. Cinco centímetros a la izquierda. Alguien la movió anoche mientras dormía con los ojos hacia atrás. El aire huele a tiza rancia y a sudor de nervios. Tiza. Polvo. Al final todos somos polvo gris en el dorso del borrador. Clic, clic, clic. Falta uno. Clic. Cuatro; ahora sí. El número par protege el cráneo. Las paredes no se van a mover si mantengo el ritmo. Dos golpes en la madera. El aire que entra está sucio. Alguien en la tercera fila está exhalando átomos de azufre que se quedan pegados en mi nuca. Los noto como agujas frías. Si parpadeo cinco veces seguidas se desprenden, pues cinco es impar, cinco atrae la desgracia, cinco es la nota que parte el mundo en dos mitades podridas. Mejor seis u ocho. Ocho parpadeos rápidos hasta que la córnea escueza y se llene de agua azul. Azul cielo. Azul examen. Clic, clic.
Las olas de la playa nunca terminan en número par. Si la ola se rompe en tres, hay que volver a empezar, desandar los pasos desde la orilla. El segundero del reloj de pared va más rápido que mi pulso. Sesenta y tres por minuto. Deberían ser sesenta.
El profesor tiene una mancha de tinta con forma de bota en la corbata. Una bota que pisa, que humilla el suelo torcido. Cinco centímetros a la izquierda. Todo el edificio se está inclinando hacia ese lado. Si no apoyo el codo derecho con fuerza en el borde de la mesa, el examen se deslizará por la pendiente invisible y caerá en el pozo del pasillo. La hoja en blanco brilla demasiado. Refleja la luz del tubo fluorescente que parpadea en el techo. Clic, clic, clic. Ese sonido. Mmmmm. Es un do sostenido desafinado. Un do que vibra en los huesos del oído medio. Va a quemarme las pupilas si lo miro fijo. Si me quedo ciego no podré contar las baldosas del pasillo al salir. Son setenta y cuatro. Si quitan una me caigo al vacío. No tiene fondo, solo esquinas afiladas que te cortan el pelo si pasas muy rápido. Clic, clic, clic. Tres. El de al lado respira por la boca. Aire usado. Oxígeno de segunda mano con sabor a chicle de menta rancia. Entra en mis pulmones y los ensucia de partículas impares. Tres partículas de miedo. Cinco de calcio. Siete de ceniza de cigarrillo. Hay que limpiarlo con saliva antes de que llegue a la sangre. Tragar tres veces. Una. Dos. Tres. No, tres es peligroso, tres rompe el equilibrio del esófago. Cuatro. Tragar cuatro veces, aunque no quede agua en la boca, aunque rasque como si tragara arena.
Las preguntas del papel cambian de sitio cuando parpadeo. Juegan al escondite detrás de los márgenes. La tercera ley de la termodinámica se ha camuflado detrás del borde izquierdo. No mide un centímetro. Mide menos. Novecientos noventa y siete milímetros. Está mal cortado por la guillotina de la imprenta. El mundo entero está mutilado por las esquinas, por eso la gente se tropieza y se le caen las palabras de los bolsillos. Si toco el borde afilado de la mesa me cortaré el dedo índice y saldrá tinta azul. La misma tinta de la corbata del profesor, que gotea sobre las baldosas impares. Clic, clic, clic. El reloj no se calla. Sesenta y cinco. Va a más velocidad ahora. El techo está bajando un milímetro por cada segundo impar que pasa. Uno. Tres. Cinco. Ya casi me toca el pelo de la coronilla. Si me agacho hacia el pecho no me ve el ojo de vidrio que el profesor tiene en la nuca. Porque tiene uno. Debajo del pelo gris, tapado con la costura de la nuca. Si no me ve, no me pone la nota impar. No me borra del mapa de los setenta y cuatro cuadros.
Tengo que escribir algo. El apellido primero. S-I-L-V-A. Cinco letras. No. Cinco es el abismo. Añadir una letra. Una letra muda. Silvae. Como en latín. Seis letras. Seis es tres veces dos. Dos es el eje. Si pongo el nombre en la esquina derecha, la gravedad tirará del folio debido a la inclinación de los tres centímetros y se caerá al suelo torcido. Las letras se desprenderán del papel como hormigas negras y correrán a esconderse bajo la mancha de café del profesor. Todo se desliza hacia la izquierda. Siempre hacia la izquierda. El muelle ya no suena igual. Se ha gastado el eje por la presión del dedo gordo. Clic. Clic. Clic. Falta uno. El tiempo se acaba y las baldosas de fuera se están moviendo de sitio, intercambiando sus posiciones mientras estamos aquí encerrados. Una a una. Sin orden. Caos de setenta y tres. Impar. Peligro.
Hay demasiados pensamientos impares flotando en el líquido cefalorraquídeo. Tres pájaros negros que picotean el lóbulo frontal. Cinco agujeros en el recuerdo de las tablas de multiplicar. Nueve por ocho son setenta y dos. Setenta y dos es par. Setenta y dos es un refugio seguro. Puedo vivir dentro del setenta y dos durante unos minutos hasta que baje la marea de la tiza. El profesor camina. Sus zapatos de suela de goma hacen un ruido espantoso contra el suelo. Un roce que arranca la primera capa de la piel del tímpano. Doce pasos hasta la pizarra. Doce. Bien. Par. Se detiene en la baldosa trece. No. No te quedes ahí. Muévete dos centímetros a la izquierda para compensar la inclinación de la ventana. Si te quedas en la trece, el techo se desplomará sobre la fila central y nos aplastará como a los bichos de la madera.
Clic. Clic. Clic. Clic. Volver al papel. Tiene poros. Si acerco mucho la nariz puedo ver los agujeros por donde se escapa el significado de las frases. «Explique el principio de conservación de la energía». La energía no se crea ni se destruye, solo se convierte en hormigas negras que huyen por el margen izquierdo mal cortado. Se convierte en sudor frío que empapa la madera de la mesa. Tengo que continuar en cuatro clics. Cuatro. El bolígrafo es mi pararrayos. Si dejo de pulsar el muelle, el do sostenido del fluorescente se volverá tan agudo que romperá los cristales de las gafas del chico de delante. Y los cristales rotos son impares. Novecientos noventa y nueve pedazos impares que se clavan en las respuestas correctas. No puedo permitirlo. Clic. Clic. Clic. Clic. Mantener el techo arriba. Uno, tres, cinco, siete… no, no las cuentes. Dos, cuatro, seis, ocho. Así está mejor. El aire está volviendo a ser azul. Azul cielo limpio. Quedan diez minutos. Diez es par. Estamos a salvo si no parpadeo cinco veces. El examen sigue en blanco, pero el muelle está en su sitio. Clic.
El libro del taller
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