Confesiones e insectos

Confesiones e insectos


Primera parte

A Martín le queda bien la sotana. Yo, a mis treinta, sigo sin decidir nada.

Salimos del restaurante del puerto. Yo delante; Martín, detrás; y, al fondo, una voz:

—Muchas gracias, padre. Buenas noches.

Los curas y los viejos dejan buenas propinas. Me da un poco de rabia porque no siempre fue tan espléndido. Definitivamente, el seminario lo transformó. A veces me gustaría saber por qué eligió el negro y las cruces. Hay conversaciones que nunca hemos tenido. De hecho, no hablo sobre lo suyo. Lo trato igual que al resto de mis amigos y creo que por eso todavía lo somos.

La gente nos mira, y es normal: no son tiempos de fe. Unos chavales llevan la misma camisa floreada y arrastran con una correa al de la peluca rubia, que le pide a Martín una confesión por adelantado.

—Por la que vamos a liar esta noche.

Todos se echan a reír, a corear su nombre y a reír de nuevo. Entro en el coche y bajo las ventanillas para sacar el aire caliente. Los veo por el retrovisor. Martín llega entre gritos de «Ave María purísima». Pienso en Sofía un momento y luego arranco.

La carretera es de un solo carril y serpentea entre pinos y arbustos hacia lo alto de la isla, alejándose del puerto. Hay un cartel con un sunset y una pareja dorada brindando con mojitos. El silencio me resulta cómodo; nos conocemos desde preescolar.

—Gracias por acompañarme, eh… —dice y, de pronto, añade—: ¡Ahí está! —señala hacia mi ventanilla.

Al cielo le queda algo de luz y, desde donde estamos, se intuye El Colmillo, el peñasco en el que se alza la parroquia. Martín ha venido en otras ocasiones para cubrir a don Vicente, que lleva meses yendo y viniendo de una sala de hospital para chutarse oxaliplatino.

Cuando llegamos arriba del todo ya es de noche y Martín dice que el faro está cerca. Yo todavía no tengo sueño y giro donde me indica. La carretera se estrecha y las luces iluminan solo unos metros de asfalto. Entramos en un camino de tierra y lo recorremos hasta alcanzar el murete que rodea el edificio. Apago el motor y salimos.

A nuestro alrededor se extiende una planicie acolchada de pequeños arbustos amarillos que el aire ensalitrado mece; después, el abismo; y abajo, muy abajo, el agua negra.

Nos quedamos mirando y luego Martín dice que desde aquí se ha tirado gente. Es difícil calcular la caída: de noche todo es más grande. Una vez me contaron que una buceadora amateur había sobrepasado los cincuenta metros, seducida por el azul, y hubo que remolcarla hasta la superficie para hacerla volver en sí. Se iba, se iba, sin darse cuenta o dándose muy poca cuenta. Episodios disociativos; debe de ser algo parecido a eso.

El faro sigue girando cuando subimos al coche. En pocos minutos deshacemos parte del camino y llegamos a la casa parroquial de El Colmillo. Es blanca, de piedra, tiene ventanas de madera y forma pared con la iglesia. La construyeron a finales del siglo XVIII para que los viejos que viven en las alturas no tuvieran que bajar a oír misa.

—¿La llave? —pregunta Martín.

—Ah, sí… —Me la había dado cuando nos encontramos al mediodía porque siempre hace lo mismo: «Me abulta la sotana». Así que ando con sus cosas y con las mías.

Huele a libros viejos y a tabaco. Hay pocos muebles y una capa de polvo recubre la estancia, a excepción de un lado del sofá, donde don Vicente habría estado apurando sus cigarrillos hasta esta mañana.

Martín tira de mi brazo y subimos por la escalera. Vestimos las camas con las sábanas que ha dejado Camila y apago la luz. En la oscuridad distingo la sotana colgada de un clavo en la pared.

—Que descanses —dice Martín.

Y creo escucharle rezar después.

Segunda parte

—No te pongas así… —susurra Sofía mientras me acaricia la mejilla.

Sonríe y se levanta. Se marcha sin volver la mirada. Me abandona en la arena. Camina despacio, pero no puedo seguirla porque estoy clavado: tengo los pies enterrados. No te vayas, me gustaría decir, pero mi lengua anestesiada se mueve con retraso y tropieza con mis dientes y con la férula. Noto humedecidas las comisuras, la piel desde las comisuras hasta la barbilla. Recojo la saliva con el dorso de la mano y siento un poco de asco al babear, y un escalofrío.

Y entonces Sofía y la playa se desvanecen; a medida que tomo conciencia, sus formas se difuminan. El polvo y el calor me recuerdan dónde estoy, y también el roncar profundo de Martín, aunque lejano porque todavía tengo un pie en mi sueño. No voy a abrir los ojos. La playa todavía existe si no los abro; Sofía todavía existe si no los abro. No pienso hacerlo.

Pero esta vez no es la playa; es la noche y el faro y los acantilados y una figura al filo: un hombre altísimo enfundado en una sotana. No es Martín. Tiene los dedos largos, articulados en muchos puntos, peludos y untados de caramelo; pero es más temible su cabeza, enorme, de ojos compuestos y afilado estilete. Está quieto, pero tira de mí con un hilo invisible, y ahora estoy tendido a su lado, al borde, y veo el mar, que es infinito porque mar y cielo son lo mismo, porque ambos son negros y no hay horizonte que los separe.

Y entonces salen de mi boca palabras que no son mías:

—Ave María purísima.

Y mi particular confesor despliega su probóscide en el interior de mi oreja. Zumba, zumba y dice su nombre:

—Sofía, Sofía, Sofía.

Aparto la cara y ahora puedo levantarme y correr, alejarme de él y del precipicio. Solo me vuelvo una vez y sigue en el mismo lugar, con su cabeza de mosquito y sus largas extremidades. Detrás de él ruge el mar, las olas braman su nombre:

—Sofía, Sofía, Sofía.

Quiero escapar, pero vuela rapidísimo hacia mí con sus alas de papel film, hasta alcanzar de nuevo mi oreja e insistir con mi culpa, con mi culpa, con mi gran culpa. Me llevo las manos a la cabeza para sacarme a este demonio y lo consigo.

La habitación sigue a oscuras y Martín ronca profundamente. Trato de relajarme y busco mis tapones.

No pienses, pienso.

Estaba en la discoteca cuando me di de espaldas contra Sofía y le tiré la copa. Primero pensé que esa chica no debía estar allí; después la invité a otra por mi torpeza. Fue un flechazo. Escribí sobre ella después: «No eres de este mundo y tuve la suerte de besarte». Y lo he leído más veces de las que pude besarla.

Algo logra distraerme: una picadura en el lóbulo de la oreja derecha. Rascarme induce más picor.

Puto mosquito…

En el intento de volver a dormirme, cierro los ojos. El confesor está de pie junto a mí, en una gran sala, quizá el interior del faro. Tamborilea sobre la tapa de un libro con sus dedos de quitina. En sus ojos fragmentados veo reflejado cien veces a este pecador arrodillado que soy yo.

—No hice las cosas bien… —confieso—. No siempre, al menos…

Lo que más me gustaba de Sofía era cómo me miraba. Hablaba de mí en términos que yo no reconocía. Me paseaba a su lado satisfecha; pero no solo parecía complacida con mi atractivo, también alababa mi elocuencia y mi simpatía. La vida era más fácil desde que me descubrí con un carisma insospechado.

Éramos muy jóvenes: ella, ingenua; yo, cada vez más seguro. Los dos primeros años fueron buenos; creo que estuve a la altura hasta comienzos del tercero. Para entonces ya era un imbécil. Y no había razones para dejar de serlo.

Me aficioné a salir los jueves con un grupo de chicos de la universidad y buscaba con desesperación sentirme deseado. Bailaba con otras chicas. Las cogía por la cintura y ellas, que ya me habían echado el ojo antes, apoyaban la cabeza sobre mi hombro. Elevaban los brazos y, al ritmo de la música, estrechaban sus cuerpos contra el mío. Dejaba el coqueteo en su punto más alto y me largaba. Eso todavía me hacía sentir mejor: era fiel a Sofía.

Un día me soltó que lo nuestro había terminado. Llevaba más tiempo pensando en cómo dejarme, llegando incluso a odiarme, que disfrutando de nuestros baños y revolcones en la arena. Recuerdo sus palabras y el dolor de estómago. Recuerdo que le agarré la cabeza con las dos manos, frente a frente, rogándole una oportunidad para enmendar mi error, porque entonces ya sabía que lo había cometido. No necesitaba que me lo explicara.

Tras mi súplica inútil vino mi segunda reacción: la ira. La amenacé. No puse en peligro su vida; sí la mía. Le dije que la destruiría. Que ella, si era eso lo que quería, podía marcharse, pero que no me contara entre los vivos desde entonces.

Y, en parte, tenía razón. No debió de tomárselo en serio, porque se fue al instante y no volvimos a hablar. Luego supe que estaba con otro y me dolió que fuera un buen tío. Alguna vez nos volvimos a cruzar, más porque yo lo forcé que por casualidad, y me sentí ridículo.

Se había llevado mi grandeza. Aunque después las cosas no fueron mal. Terminé la carrera, aprobé la oposición, me concedieron la hipoteca y me independicé. Tengo el coche siempre limpio. También conocí a otras chicas y recuperé un poco de encanto, pero ninguna llegó a interesarme del todo.

Tercera parte

El confesor me mira desde arriba. Deja gotear su resina sobre mí. Estoy empapado, pegajoso. Despierto exhausto. La madrugada vierte una claridad enfermiza sobre la habitación. Antes de venir a la isla me enteré de que Sofía iba a casarse.

Con los dedos me repaso el cuerpo y cuento dieciocho picaduras: cuello, por el lado izquierdo; anular y corazón de la mano derecha; entrecejo; dos en la sien derecha; lóbulos de las orejas derecha e izquierda; codo y antebrazo izquierdos; rodilla derecha; mejilla izquierda; comisura izquierda; pulgar de la mano izquierda; centro del cuello; párpado izquierdo; nuca; tobillo derecho.

Martín no está en la cama; debe de haber bajado al oratorio. Entonces escucho el zumbido y descubro al hijo de puta agazapado en un rincón del techo. Alargo el brazo magullado hasta un bote de insecticida y lanzo mi maldición en forma de nube neurotóxica.

El mosquito empieza a caer. Trata de reanudar el vuelo, de recuperar altura, pero es tarde. Cuando pasa por delante de mis ojos lo aplasto de un golpe fatal. La extremaunción se la doy yo.

Mancho mis palmas con mi propia sangre. Al frotarlas, el cadáver minúsculo se desprende y cae al suelo. Me agacho y lo busco. Lo observo sin moverme. Espero, quizá, que vuelva a someterme, pero no queda nada que confesar.

El viento de fuera enfría mis heridas. No importa que sea agosto. No ha dejado de acunar los hierbajos. Están secos. Me los clavo al caminar. He salido descalzo. Avanzo en la misma dirección, como si el hilo tirara de mí otra vez. El faro sigue dando vueltas absurdamente. No hay nadie a quien alumbrar. Amarro los dedos de los pies al borde. Estamos altos. Ya se ven bien las olas allí abajo, rompiéndose en muchos trocitos contra las rocas negras.

Desde lejos vienen, se hinchan, se sostienen un momento en su cima y se lanzan a reventar. Después, el agua blanca lame la piedra hacia arriba y luego hacia abajo. Un espectáculo infinito.

Solo interrumpido por un gemido lejano.

Me resulta inevitable girarme para saber de dónde viene. Un hombre agita los brazos desde la ventana de la casa parroquial. Es Martín. Parece asustado. Por un momento entiendo por qué y amago con volver con él y ponerme a salvo.

Por un momento…

Su segundo grito, de espanto, lo escucho cayendo.

Son las cinco y algo. Ríen las gaviotas. No hay perdón para quien no supo amar. Tan solo una penitencia eterna.

Puntúalo

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