Mi dulce cabaña era de paja. El castellano dijo que era el paraíso. Irrumpió de lodo mi hogar, mi lugar seguro donde conocí el placer y los gemidos: ahora solo yermo. Una puñalada en el vientre. Una sustancia pegajosa que jamás dejó mi cuerpo. Aquí, en el lugar donde mi compañera Italú hizo mis piernas vibrar, el vapor de su aliento engañando mis sentidos, donde su lengua trazó caminos en mi cerebro. Jamás ya se adentró en mi cabaña. Jamás ya pude gemir con la desenvoltura de mis dedos. Jamás fue ya refugio, sino entierro, donde el río de placer murió para más no volver. El mismo cauce que un día llevó nuestra risa arrastraba ahora un silencio que no era solo mío.

Hacía tiempo, ya, que nuestros hombres no se sentaban a sus orillas. No volvieron a trenzar las cestas, ni a honrar a nuestros dioses herejes. A veces,

caíamos en la cuenta de que el chamán —a quien nuestra lengua no nombraba hombre ni mujer— no podía ofrecernos ya guía: los castellanos le quitaron la vida por practicar el acto de Sodoma. Algunas decían todavía sentir la esencia de los partidos y se preguntaban si aún estarían con vida, aunque la mayoría de la aldea se había sumido desde hacía meses en un silencio que se pactó sin un murmullo.

Mi hija nació tres madrugadas después de la luna roja.

La desgarrada vocal en mi pecho quebrantó la luz de aquella mañana. Las mujeres comenzaron a emerger entumecidas de sus cabañas. Entre ellas se miraron fugazmente, pero el tiempo suficiente como para permitir que sus miradas se hablaran. Me ayudaron a empujarla fuera de mi ser con un forcejeo, animal, que ensanchaba las oquedades entre mis huesos. Tras mis párpados la imagen de la muy maculada concepción.

Llené el aire de un llanto hondo y parturiento. Llanto porque deseé querer matar a esta niña, y enterrar mi ira en su menudo cuerpo. Quise tomar mi venganza y aniquilar el placer que el castellano encontró en mí, ahora manifiesto, alimentándose de nuevo. Mis mejillas se bañaron de las lágrimas del odio; maldije mi fortuna entre los cielos.

La pequeña se llamó Aila. Mi hija; Aila.

Tan pronto salió y se posó en mi pecho, el silencio volvió al poblado. Mas no era el mismo silencio metálico y arrecido, sino un silencio de niebla y afecto, que atrapaba los rayos d’oro en una tarde apacible. Fue entonces que la pequeña Aila tornó sus luceros y pude ver que eran del color de las aguas sobre la arena de la playa; del color de las avezuelas que acostumbraban a posarse en las ramas. La piel era pues, más argentina que todas las nuestras, y afín a la de las otras criaturas que las mujeres parieron en las semanas venideras. Su rubor, empero, aún rezumaba una calidez cerámica.

Aila significa la que nació entre batallas.

Al observar a estos niños, mientras crecían y se convertían en personas, me percataba con los años de como mi alma se tornaba a un paso aproximadamente imperceptible, mas perenne. Cómo quise encontrar odio en su existencia; extinguir mi congoja y lamento, pero solo hallaba amor en el pecho. Solo hallaba el deseo de guarecer su inocencia como así la mía debería haber sido salvada del tormento. Un cierto día al despertar, les vi reír, brotando como macacos de los árboles. Aila estaba allí. En un instante, esbocé la destreza con la que el mecer de su lengua cruzaría el océano, conectando mundos de lejanías incógnitas hasta ese momento.

Pasaron años hasta que la aldea volvió a saber de los hispanos. Fue cuando los niños chapoteaban desnudos en una charca dejada atrás por las lluvias cuando oímos el filo de un cuchillo haciéndose paso entre el laberinto de ramas. Fray Felipe della Torre llegó para mostrarnos la palabra de Dios. En su otro brazo llevaba una valija voluminosa cuyas fibras habían comenzado a deshilarse, túrgidas por el agua. Pronto descubrimos que en tal valija traía toda suerte de manuscritos de tamaños y colores varios.

Dos de las mujeres del poblado le proporcionaron sustento hasta que el fraile supo buscar su propia comida y comenzó a hablar nuestra lengua. La mayoría de días se entregaba a la reflexión y lectura del Libro Sagrado. Era un hombre de complexión corpulenta y manos fuertes, aunque su cuerpo respiraba ya los achaques: hondas manchas en la piel y una ligera cojera que arrastraba a muecas allí donde caminaba. Sus pómulos se hendían, haciendo protagonistas a unos ojos que traicionaban una bondad sincera. De su rostro se adivinaba un pasado en el que conoció el hambre y la enfermedad de una manera de la que las más sabias entre nosotras no habían sido testigos.

Poco después de su llegada, el fraile se sentó sobre una estera de rafia en la plaza de la aldea como acostumbraba a hacer. Allí comenzó a revelarnos el amor ferviente del hijo de Dios y cómo por nos sacrificó su vida entre angustia y sufrimientos.

—Jesucristo os ama y os amará y perdonará siempre —paró un instante para mirar alrededor y fijar sus ojos sobre las que allí nos encontrábamos—, pero debéis abandonar el pecado. Su voz se quebró al mascar las consonantes. Delataba una verdad que, por mucho que rumió, le resultaba indigesta.

Siguió una larga pausa en la que Fray Felipe parecía recoger pedazos de un jarrón irreconocible. Fue Mita’a quien la rompió. Era la más anciana entre las que quedábamos y la única que todavía se atrevía a invocar a nuestros Dioses por su nombre.

—¿Y es así por qué los hispanos traéis enfermedad, traéis dolor y traéis muerte? —la voz de Mita’a se alzó primero, pero se fue ahogando— ¿Qué buscáis? ¿El perdón de vuestro pecado? ¿Llegasteis a nuestras tierras para redimiros de las maldades de vuestro Mundo?

El fraile se mantuvo impasible, como si las palabras de la mujer no arribaran a sus oídos, como si ya hubiese escuchado ese lamento en su propio seso.

—En las noches, tras mi rezo —comenzó—, encuentro en mi alma congoja. Aquí vine con el propósito de evangelizar un pueblo que no pudo aún conocer la palabra del Señor. No supe si imaginar bestias o seres angélicos, pero aquello que hallé fue… —se detuvo. Los ojos de bondad se humedecieron— personas ¡Hallé personas! No quisiera el Señor misericordioso ver los martirios cometidos en su nombre.

Ninguna dijo nada, quizás porque no podíamos sentir nada, quizás porque lo sentíamos todo. A menudo olvidábamos que Fray Felipe no era una de nosotras, olvidábamos la manera particular que tenía de cantar nuestras palabras, que fueron suyas. No podía el fraile existir en la misma frase que los colonos que invadieron estas tierras. Sin embargo, su legado era mucho más duradero: maduraba en nuestras mentes, nos daba nuevos nombres para nuestras divinidades ancianas, atrapaba con sus manos palabras que antes viajaban libres por el aire.

Adiestró a las mujeres en la lectura y escritura de la lengua castellana. Pronto, halló forma de tallar nuestro dialecto en sus caracteres latinos.

—Debéis guardar secreto del conocimiento de la escritura. Las mujeres del vulgo no deben —y menos las salvajes— ser enseñadas estas artes.

A pesar de sus imperativas, Fray Felipe della Torre continuó enseñándonos a dominar la escritura y a conocer cómo cada minúscula letra en el papel se correspondía con una articulación de nuestras bocas y cuerpos. El fraile siempre disfrutaba de esos momentos en los que nos reuníamos para aprender, siempre un par de horas antes de la puesta del sol. En ocasiones se estremecía en demasía cuando un ave se posaba estrepitosamente sobre las ramas del claro de selva. Su cuerpo se volvía rígido y arrugaba con fuerza los pergaminos, aquellos que acumulaban ya incontables usos: letras amontonadas en estratos de distintas caligrafías y direcciones. Sus orejas afinaban en busca del peligro, y aun habiendo reconocido a una torpe guacamaya, tardaba unos instantes en aflojar las manos.

De la escritura amé cómo enfrascaba los momentos en el tiempo, siempre el mismo verso, aun llegando a distintos cuerpos. Tal vez fue eso mismo lo que detesté: era mecánica, inerte y absoluta, no permitía hablar ni sentir la historia en los oídos; responderle. De mi madre y mi abuela había aprendido historias sobre el lugar donde veníamos del mundo y cómo una esencia primordial corría entre todos los entes, haciéndonos parte de una Unidad, un ser vivo que renacía de su muerte y moría para seguir viviendo. Cada vez que entonaban los cánticos y versos de las historias, ellas les daban vida nuevamente, podían modular la intensidad de sus actos y dramatizar los momentos. El acto de recordar elevado a la magnificencia de la Eucaristía.

Tras una de nuestras lecciones, pregunté al fraile si en alguno de sus muchos libretillos se encontraban historias de su gente y de la nuestra. Quise saber cómo pensaban: entrar en sus mentes y ver mi rostro en el papel reflejo; quise saber cómo éramos tras el prisma de sus ojos. El fraile, tras un silencio, posó en mis manos uno de sus libretillos.

Durante días no pude probar sustento, la ira que creció en mí me impidió pensar o dormir. Quedé postrada sobre el suelo de mi cabaña, iluminada en la noche por una pequeña fogata.

Mi madre, y la madre de mi madre, y a la vez su madre fueron descripción. Fueron relato, fábula, fantasía y cuento. Pero tan solo relatadas, fabuladas, fantaseadas y contadas. Yo, misma, fui la redondez de mis pechos, el calor y humedad de mi sexo, y la iridiscencia de mi tez cobriza. En otras páginas fui maga y bruja, bestia para ser domada e incapaz de ser educada. Trajéranos los hispanos la civilización a nuestras mentes yermas. Era la buena salvaje, una criatura mansa, en contacto con mi tierra y naturaleza, con la fortaleza animal de mis partos y una tenacidad para afrontar lo incierto. No quisieran los colonos corromper nuestra mente impoluta. De mí se dijo que invitaba: con el olor de sus axilas y el fulgor de sus ojos almendros. Mi relato alimentó sus sueños sudorosos y sus ansias de poseerme y colonizar mis carnes de violencia europea.

Necesitaron las palabras primero para domar mi cuerpo, mi tribu y mi pueblo. Necesitaron las palabras primero, para inocular la mano que asesina, dejarla excusa tras una coartada irrefutable: la víctima no conoce el alegato. Otros europeos utilizaron la idea de mi pueblo para luchar contra los hispanos, otra vez más nuestra vida y nuestro cuerpo como arma en sus guerras de oro y portento.

Mientras surcaba las páginas, la buena salvaje quedó encerrada en las mazmorras de tinta negra, tras palabras inventadas en una lengua aprendida. La coma y el punto estorbando mis vocablos con su pausa forzada – piedras en la garganta —. Y por fin quise ver verbo antes de que éste me engullera. Quise ser la aliada y compañera de la preposición para que no me cortara, violara, matara. Y quise ser una frase con sujeto y con nombre, con padres y hermanas, con historias, y sueños, … Y recuerdos. Y no quise, y jamás quise ser el adjetivo que adorna los papeles, manchándolos de una verdad de piel pálida. Pero como mi madre y a la vez su madre, solo fui silencio. El fantasma de la descripción, la esencia humana que desgarran las letras en su absorta travesía entre espacios y zancadas.

Nos encontramos las mujeres, mirándonos a la cara, con el alma alzada, tratando en vano de saber. ¿Quiénes somos, sino tierra de olvido forzado, presente artificio y solo futuro en las manos? ¿Quiénes éramos y cuándo dejamos de ser aquello que una vez fuimos? Y quizá más insondable: ¿quiénes son nuestros hijos y nuestras hijas y quiénes serán? El manifiesto de una profunda herida, descendientes de dioses bárbaros e hijos de Dios. El espejo de un alma con más de dos lados pero sin reflejos parejos.

Me juré ser autora de mi pueblo. Defendernos, sin permiso, de las guerras narradas en nuestro cuerpo. Escribir nuestras historias con la diversidad de nuestras almas: salvajes y civilizadas, putas y madonas, heréticas y ortodoxas. Solo así, escribiendo nuestra historia, podremos escribir nuestro destino.

Somos mestizas.

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