EN EL FONDO DEL MAR

EN EL FONDO DEL MAR

Carmen DP

15/07/2026

Nico quería ser pirata. Saltaba entre las piedras vestido con un bañador de palmeras y sus cangrejeras rojas. Con el palo que llevaba entre las manos hurgaba en las rocas que rodeaban los charcos en busca de cangrejos. Saltó desde la piedra más alta y, sin perder el equilibrio, llegó hasta el final del acantilado. Se asomó y vio el mar en calma, era un agua azul casi negra. Se imaginó navegando los mares en busca de tesoros y perlas preciosas, como los piratas de los cuentos que le leía mamá antes de acostarse.

Papá ya no le leía; que ya era mayor para esos cuentos, decía. Los había metido todos en cajas. No te harán falta en Suiza, eso son cosas de niños. Ahora que todo estaba en cajas la casa parecía enorme. Había vuelto a pedir la luz quitamiedos y alguna noche, sin decírselo a papá, había cambiado sus sábanas sin hacer ruido. Nico también le pedía a su padre que cerrara la puerta del despacho que veía desde su cama, las cajas apiladas tenían forma de hombre del saco. La habitación de las cosas que se quedan era el nombre que le había dado su padre a esa habitación. Nico odiaba entrar ahí porque sabía que era para dejar algo que no vería más. Cuando entraba, lo primero que veía eran los vestidos y los trajes de mamá metidos en bolsas de plástico con una etiqueta verde que significaba que se los quedaría la tía. Al otro lado estaban las cajas de libros, su esterilla, su cojín de meditación y algunas ropas en bolsas; éstas con etiquetas amarillas, que quería decir que eran para donar. A Nico le gustaba sacar el cojín en el que su madre se sentaba todas las mañanas, lo utilizaba para jugar o comer en la mesa del salón; pero su padre siempre lo devolvía a la habitación de las cosas que se quedan a pesar de sus protestas.

Ese día, Nico había rescatado del lugar de las etiquetas amarillas de mamá una gorra rosa palo. La gorra le calaba casi hasta las pestañas. Miró al horizonte levantando un poco la cabeza y arqueando las cejas. En Suiza no habría mar, y tampoco tesoros escondidos. Tampoco habría más cuentos de piratas. El sol se clavaba en la superficie del mediterráneo haciendo brillar sus luces blancas. Nico imaginó que las estrellas que miraba por las noches eran las mismas que por el día descansaban en la superficie del mar, esas donde buscaba siempre una señal. Bucear entre las estrellas sería más fácil que volar hasta ellas. Ni en el cielo, ni bajo el mar hay oxígeno– lo había aprendido en ciencias– así que cogió aire tres veces, abriendo mucho la boca, hinchando el pecho a todo lo que daba. Nico dio un salto hacia delante con la mano apretando su nariz. El agua apenas salpicó cuando entró con los pies para bucear entre las estrellas. La gorra rosa se quedó flotando sobre el azul brillante.

Ahora Nico buscaba pulpos camuflados entre los agujeros de las rocas. Papá era bueno buscando pulpos, pero ya hacía dos años que no bajaba a la playa. Se pasaba el día encerrado en su despacho trabajando. Los fines de semana salían juntos en bici, pero siempre por la montaña. Nico seguía metiendo la mano en pequeños hoyos y atravesando bancos de sargos, doradas y vacas serranas. Subió con las últimas pompas de oxígeno a coger aire de nuevo. Ya notaba las primeras semanas de verano en sus pulmones. Luis, Pau y él andaban siempre en busca de tesoros, lapas y pulpos para llevar a casa a escondidas de los vigilantes. Bajó con la intención de bucear y descubrir qué había más allá de la roca grande, hacia donde se oscurecía el agua.

El agua cambió de temperatura. Le recorrió el cuerpo un escalofrío. Nico no dejó de mover las manos y los pies hasta sentir el calor de nuevo. Se tapó la nariz soplando con la boca cerrada para descomprimir los oídos. Sintió alivio cuando dejó de oír el pitido. Las rocas eran puntiagudas y afiladas y cada vez se estrechaba más el paso. Siguió agarrándose a las rocas sintiendo pequeños rasguños en la piel y en las manos. Al final del túnel la roca se ensanchó. Nico aprovechó para aletear y apresurarse a buscar una salida antes de quedarse sin aire. Sintió alivio al ver que podía ver la superficie ahí dentro y sacó la cabeza.

En silencio y escuchando el eco de sus latidos rebotando en las paredes, observó la cueva en la que había aparecido. El lugar era oscuro, con algunos rayos que atravesaban las rocas agrietadas. Ahora era pirata, tenía que ser valiente. Nico empezó a reírse sin parar. El agua rebotaba en las paredes haciendo reflejos sinuosos. Aquí seguro que había tesoros.

–¡Hola!

– Hola, hola, hola– le respondía la cueva con su misma voz.

Volvió a bucear de nuevo ahora que su corazón ya no bombeaba tan fuerte. A mamá le encantaría esto,– pensó mientras exploraba su descubrimiento. Siguió buceando hacia abajo. Se quedó quieto flotando bajo el agua observando lo que parecía un banco de sargos pero con rayas marrones oscuras y una cola en forma de flecha. Luis y Pau no se lo van a creer, pensaba excitado. Los sargos reales avanzaban y se cruzaban con chopas; Nico observaba sus escamas superiores que parecían una cresta teñida de rubio platino; su color gris azulado era hipnótico y las escamas plateadas de su cuerpo se parecían al dibujo que hacían las rayas que medían los latidos de su madre la última vez que fue a verla.

Nico comenzó a subir a la superficie, había calculado el aire que le quedaba, pero se le hizo tan largo que llegó con los pulmones haciendo pequeños espasmos. La cueva ahora estaba más oscura y el techo estaba más cerca. De nuevo sintió el rebote de sus latidos reverberando en la cueva. Ahora miraba a su alrededor con vistazos rápidos y girando el cuello con avidez. Buscó la referencia por donde había entrado. Cogió todo el aire que pudo y se sumergió deprisa. Encontró la salida rápido, pero esta vez se le hizo más angosto el túnel. Se movía deprisa y los rasguños ahora eran cortes que sentía como pequeños latigazos. Veía la salida cerca, pero cada vez más lejos. Avanzó, pero de repente sintió un tirón en la cadera. El bañador tiraba hacia abajo. Nico no tenía espacio ni tiempo para darse la vuelta. Agarró la goma del bañador y tiró con fuerza. Consiguió seguir nadando con el bañador rasgado y el túnel comenzó a volverse ancho.

Empezó a sentir calambres y espasmos en el pecho. Aleteaba ahora con más espacio y se agarraba de las rocas para impulsarse más rápido. En un momento todo se volvió más lento y comenzó a ver oscuro y estrellado por los laterales. Dejó de sentir los calambres y, de repente, se sintió mejor. Bancos de peces le rodeaban y buceaban con él más hondo. No sentía presión en el pecho y ya no soltaba más pompas de aire. Se había vuelto pez. Movía los brazos estirados hacia delante y serpenteaba con el torso y sus pies cada vez más profundo.

Oyó cantar bajo el mar una nana dulce y suave. Las sirenas de los cuentos también cantan. Se giró y vio dos peces jugar al pilla pilla. Se dió la vuelta y vió a su lado dos seres mitad pez mitad hombre. Eran grandes, con una cola puntiaguda de brillos rosas y ocres, su cuerpo era azul casi blanco y en los laterales tenían dos branquias gigantes. Su cabeza tenía frente y ojos de persona, pero una boca grande y gruesa de pez; y de sus laterales salían dos finos bigotes alargados que les llegaban hasta la mitad del cuerpo.

– Toma sitio, llegas a tiempo– le dijo el más alto.

Nico sintió un dolor detrás de la cabeza y un golpe en el pecho. Flotó hasta una roca que había alrededor de una gran piedra circular y tomó asiento.

–Tu madre siempre tiene cosas tuyas que contar. Su risa es muy bonita cuando habla de tí.

Nico se comenzó a poner blanco azulado, del mismo color que los medio peces. Un nudo ató su cuello y sintió ganas de vomitar. Notó una sensación extraña, como si hubiera perdido peso y ahora flotara con más ligereza.

–¿Está mi madre por aquí? Quiero verla.

–Tranquilo, ahora vendrá. Nos sentamos todos a la mesa cuando llega alguien nuevo. Creo que eres el integrante más jóven. Pit es el mayor, él llegó aquí después de que una mala mar se lo llevara mar adentro y sus setenta y dos años no le dieron para aguantar la travesía de vuelta. El mar es helador cuando estás en aguas profundas. Pero nunca habíamos tenido un invitado tan pequeño. ¿Cuántos años tienes, pequeño aventurero?

– Nueve, señor.

– No, señor no, por favor– dijo mientras se reía– me llamo Arnau. Yo tenía veintiséis cuando llegué aquí hace ya casi los años que tienes tú.

A lo lejos vió venir a un pez alargado, de casi un metro, con la cabeza grande y una expresión en los ojos que le hacían parecer enfadado. Su mentón inferior era pronunciado y le asomaban pequeños dientes afilados que le daban un aspecto de pez gruñón. Arnau observó a Nico mirando su aspecto con la cara asustada.
– Es un dentón– le susurró Arnau sentándose en una roca a su lado. – Es el que pone un poco de orden aquí abajo. No tiene tan mal genio como parece.

El pez dentón se sentó justo en frente de Nico y Arnau.

–No contaba con un visitante nuevo, bienvenido. Me han dicho que eres el hijo de Andrea, ya nos había contado que eras un chico demasiado curioso. Está buscando tesoros. Le he avisado que estabas aquí, llegará pronto.

El cuerpo de Nico se tensó y dio una sacudida fuerte hacia arriba. Salió una pequeña burbuja de oxígeno por su boca y sus cangrejeras se despegaron un palmo del suelo. Empezó a ver a su madre a lo lejos e hizo esfuerzos por volver hacia abajo. Su madre flotaba deprisa y se mecía por el agua con una cola alargada, pero su cara y torso aún seguían como Nico la recordaba. Su pelo era más largo de cómo lo había visto tantas veces en las fotos que guardaba bajo su almohada, quizás porque el mar había alisado sus rizos. Nico hizo fuerza para nadar hacia ella y de nuevo perdió peso. Su madre le abrazó y le dio un beso largo y fuerte. Nico metió la cabeza entre su cuello, pero bajo el mar no olía a mamá.

–¿Qué haces aquí, ratón? Tú no deberías estar aquí.

– Mamá, he encontrado una cueva chulísima. Tienes que venir conmigo a verla. Te echo mucho de menos. Papá quiere que nos vayamos a Suiza, dice que no quiere estar cerca del mar. Tienes que venir a convencerle, por favor.

– Papá se pone serio cuando está triste. Sabrá hacerlo bien, se lo pedí y sé que siempre cumple su palabra.

– A veces habla de ti, pero sólo de cuando erais novios y de cuando yo era pequeño. No habla mucho cuando le pregunto por qué ya no estás.

Esta vez una burbuja más grande salió de su boca y la sacudida hacia arriba fue más fuerte. Su madre le cogió la mano y subió con él. Nico intentaba luchar por no flotar, pero seguía subiendo cada vez un poquito más. Nico gritaba mientras alargaba la mano para no soltar la de su madre. Cada vez había más burbujas de oxígeno a su alrededor. El fondo marino se iba volviendo más y más oscuro mientras subía. Primero dejó de ver al dentón y a los medio peces, y un poco más tarde, dejó de ver la cara de su madre que le había acompañado un poco en la subida. Algo volvió a tirar fuerte de él hacia arriba, ahora veía el mar con la gorra de su madre aún flotando. De pronto Nico sintió que salía de su pecho mucha presión. Se vació por completo y notó su costado caliente sobre una superficie rocosa. Sintió su mejilla derecha mojada. Escuchó entre pitidos su propia tos y murmullos lejanos que gritaban lo tengo. Ahora que ya no era un pirata volvía a ser un niño miedoso. Un sabor ácido recorrió su boca y sintió una arcada. Notó un nuevo meneo en su cuerpo, ahora el calor cubría toda su espalda. De pronto mucha luz. Le dolían los ojos y los volvió a cerrar. Su cuerpo iba volviendo a conectarse con los sonidos que escuchaba acuosos entre pitidos. Sintió el calor de la tierra, le dolía el pecho y la garganta. Le escocía todo el cuerpo. Había gente de amarillo sobre él. Escuchó un coche y la voz de su padre a lo lejos. Llegó con los botones superiores de su camisa de trabajo desabrochada, se agachó llorando y comenzó a darle besos. Nico no recordaba cuándo había sido la última vez que le había besado con tanto cariño. Mamá, fueron las primeras palabras que murmuró Nico. Su padre comenzó a gemir en llantos y le abrazó aún con más fuerza.

Le ayudaron a sentarse en una silla de ruedas y le taparon con una manta dorada. Nico percibió su puño cerrado y lleno. Miró por debajo de la manta y vio una concha a medio abrir. Una perla brillaba en su interior. La escondió rápido. No recordaría nada de aquel viaje en ambulancia, solo los llantos de papá y su mano caliente y temblorosa entre la suya.

Nico escondió su tesoro durante los días que estuvo en el hospital. Cuando volvieron a casa guardó la perla en la caja donde su madre le dejaba los dientes al Ratoncito Pérez. No se lo contó a papá porque sabía que se enfadaría y se la quitaría. Lo sentía triste, pero serio. Preocupado y cariñoso, pero serio. Con sus amigos sí compartió cada detalle de su aventura; y todos los días le pedían que les enseñara otra vez la caja de los dientes. Tuvieron que deshacer dos de las cajas que ya estaban empaquetadas, pero su padre entraba y salía del despacho con más frecuencia. Le escuchaba hablar por teléfono a lo lejos palabras sueltas como adelantar la llegada, urgente y necesito salir de este sitio pronto.

Sabía que su padre nunca se creería lo que ocurrió bajo el mar. Ya eres mayor para esas cosas, diría. Sabía que jamás debía enseñarle la perla, sería el último secreto entre mamá y él.

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