Donde anidan las lágrimas

Donde anidan las lágrimas

Aprendí muy pronto a tragarme las lágrimas.

La primera vez intentaba dibujar un tigre. Lo veía nítido en mi mente: el arco perfecto del lomo, la tensión quieta de su mirada, su pelo grueso como una alfombra tupida. Quería capturar su esencia, pero mis manos infantiles no lograban seguir el ritmo a esa visión. El lápiz no obedecía y, como si tuviese voluntad propia, se desviaba. Las curvas se quebraban y con cada trazo, el animal se deshacía en una mueca.

—¡Mal!

Borré con el ceño fruncido.

¡Hoja nueva! ¡Afila el lápiz! ¡Otra vez!

El sonido del grafito raspando la hoja se volvió insistente, desagradable, como una chicharra de verano. Con cada intento, la frustración se me instalaba en el cuerpo. Me tensaba los hombros, el cuello y al final, algo en mi estómago empezó a crecer y lanzó una oleada de calor hacia arriba, desde el pecho a la garganta. No era un nudo. Era un aleteo.

Se me nublaron los ojos. El pretendido tigre empezó a temblar al tiempo que se acumulaban las lágrimas en mis ojos antes de precipitarse contra el engendro del papel. Deseaba que lo licuasen, que difuminasen sus quiebros y fallos hasta convertirlo en un borrón grisáceo y sin forma. Resbalaron por mis mejillas y cayeron a la mesa.

Mariposas.

Pequeñas, húmedas, incompletas. Latiendo frágiles sobre los trazos torpes de mi felino. Eran de un gris indeciso, como si todavía dudaran si existían del todo. Comenzaron a estirar las alas con dificultad. Las observé mientras se secaban, hipnotizada, desconcertada. Hasta que el miedo, me sacó del trance.

—Si las ve mi madre…seguro que no está bien llorar mariposas…

Las recogí con cuidado y las guardé en una caja de zapatos que agujereé con el mismo lápiz rebelde que no quería dibujar tigres. La escondí.

Apenas podía dormir. Cada leve roce, cada crujido del suelo, me hacía pensar que alguien la había encontrado. Mi caja. Me levantaba en mitad de la noche a comprobar que seguía allí, que nadie la había abierto, que las mariposas seguían respirando. Aprendí a moverme sin hacer ruido. A cerrar la puerta sin que encajara del todo. A vigilar. Sólo la oscuridad aprendió mi secreto.

Pensé en soltarlas. Muchas veces. Pero no pude. Eran mías. Mi torbellino de emociones contenidas en una caja con heridas de lápiz.

No lloré. No otra vez. No enseguida.

Crecí y la caja creció conmigo. Primero fue una más grande de cartón, luego otra de madera, con tapa. Otra aún mayor después de aquella…

Cada cambio implicaba un pequeño ritual clandestino: esperar a estar sola, abrir con cuidado la caja y trasladarlas con manos temblorosas. Después limpiaba los restos y borraba cualquier rastro. Siempre con prisa. Siempre mirando por encima del hombro.

Esconderlas se convirtió en parte de mi rutina. De mi forma de habitar.

Aprendí los ritmos de la casa como quien aprende a huir. Qué tablas crujen. Qué puertas ceden silenciosas. Cómo revolver una tela para que parezca un montón de ropa olvidada.

Cubrir la caja, se volvió un arte. Sábanas cosidas y dobleces precisos para generar sombras que fingían ser otra cosa. Un bulto más. Un mueble sin nombre. Un error que nadie quería señalar.

Me cuidaba de visitas a deshora. Calculaba tiempos e inventaba excusas para que nadie entrara en mi espacio.

No era solo ocultarlas, sino sostener la negación de su existencia. Aprendí a reconocerlas antes de nacer. La garganta amordazada. El pulso en las sienes. El calor subiendo desde el pecho.

—No.

Uñas clavadas en la piel. Dientes mordiendo el labio. A veces funcionaba y las mataba antes de nacer, pero el nudo en la garganta tardaba mucho en aflojarse.

A medida que yo crecía, las mariposas cambiaban conmigo. La frustración seguía siendo gris, pero la rabia brotaba en mariposas rojas e inquietas, de vuelo brusco, que chocaban contra las paredes de la caja hasta desgastarse. La vergüenza era azul. De un azul profundo, casi nocturno, que se quedaba muy quieta, como si no quisiera ser vista. La tristeza, en cambio, era blanca y blanda, de alas tan grandes y pesadas, que no podían volar.

Si alguna vez lloraba de alegría, brotaban pequeñas mariposas brillantes que volaban antes de rozar siquiera mis pestañas. A esas las dejaba escapar.

La caja se llenaba. Y no solo ocupaba espacio en la habitación. Lo ocupaba en mí. Cada vez que alguien se acercaba demasiado al rincón donde la escondía, se me tensaba el cuerpo. Cada vez que alguien preguntaba “¿Qué es eso?”, volvía el zumbido a los oídos y el calor subiendo cuello arriba.

Sonreía, Restaba importancia y cambiaba de tema.

—Nada. No es nada.

Pero dentro, lo era todo.

Allí zumbaba todo lo que no decía. Cada decepción, cada sorbo de rabia que tragué en silencio, cada tristeza ahogada fingiendo no sentir. Las mariposas se acumulaban, se superponían, se confundían en un murmullo constante de alas.

Hacia fuera, aprendí a sonreír cuando correspondía. A callar cuando era prudente. A decir “no pasa nada” con la boca llena de alas.

La caja cambió. Adquirió gravedad y había días en los que la habitación parecía inclinarse hacia ella. Como si todo, los muebles, la luz, mi propio cuerpo, respondieran a su peso.

Las mariposas también cambiaron. Aparecieron otras nuevas: verdes, afiladas como hojas, cuando sentía envidia; negras, brillantes y densas como tinta, cuando el miedo era demasiado grande; violetas y extrañas, cuando no sabía ponerle nombre a lo que me ocurría.

Se multiplicaban. Se agitaban. Bullían. Pero yo seguía encerrándolas.

El día que la caja se rompió no tuvo nada de especial. Ni tragedia. Ni aviso.

Una tarde cualquiera. Una frase leve de esas que apenas rozan, salvo cuando encuentran la grieta exacta.

El aleteo llegó y no se detuvo en la garganta. Subió, presionó mis ojos, me palpitó en las sienes y venció a mis uñas en la carne. Algo cedió.

Escaparon de mis ojos al tiempo que la madera empezaba a abrirse. No fue un estallido limpio sino una rendición. La caja crujió como si recordara de pronto, que nunca fue lo bastante fuerte para contenerlas.

Y entonces, brotaron. Todas.

Como si las hubiera vomitado un dios antiguo por una boca rota de madera. Un derrame de alas tornasoladas. Décadas de mariposas comprimidas colmataron la habitación con un torbellino ensordecedor de color y viento de quetas. Miles de alas batiendo a la vez en una tormenta sorda, un vendaval de emociones que nunca tuvieron voz.

Algunas chocaban contra las paredes, desorientadas. La mayoría encontraron la ventana abierta. Pero muchas se quedaron. Se posaban sobre mí. En los brazos, en el pelo, en los párpados. Como si buscasen consuelo o la seguridad del lugar conocido.

Sentí en cada una de sus caricias la frustración de aquel tigre que no fue, las palabras retenidas hasta pudrirse, la tristeza oculta en capas, la rabia de los silencios. El miedo, la vergüenza, la envidia. Incluso la ternura que nunca supe dónde poner.

Todo. Por primera vez, todo.

Cuando el aire se aquietó, la habitación era otra cosa. Yo también.

Quedaban algunas posadas en los rincones, respirando despacio, como si también ellas estuvieran aprendiendo a existir hacia fuera.

Las observé mientras latían acostumbrándose a su nueva realidad. Los restos de su cárcel seguían esparcidos por la habitación. No los toqué. No cubrí nada. No busqué explicación para quien pudiera mirar.

Abrí más la ventana, respiré hondo y me senté a dibujar.

Laura O.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS