Las 6 en punto. Me inclino sobre mi taza de té y bebo un sorbo, sabe a especias orientales con un ligero toque a hibisco. Desde mi alféizar veo las flores del brezo agitarse con el aire de la mañana. Clovelly en este tiempo es más que tranquilo. Los turistas que irrumpen en verano se han marchado.  Como ellos, vine unas vacaciones y encontré un lugar dónde escribir. Aquí disfruto de los paseos en soledad, pero lo que me llena de orgullo, es mi karesansui, que descubrí por casualidad, en un monográfico dedicado a jardines japoneses. Por las mañanas la luz ilumina su perfil y me llena de una serenidad, solo interrumpida por el lechero al dejar la botella y la fruta fresca en el camino. Mi rutina es simple. Después de escribir, dedico dos horas al cuidado del jardín, quito las hojas y las flores secas y paso el rastrillo para dibujar las ondas que evocan el fluir del agua. 

Al principio, sufrí con gran molestia la curiosidad de mis vecinos y sus rostros entre los arbustos de mi valla. La señora Evans no pudo evitar preguntarme que iba a plantar en el terreno. Antes de me asaltara con otras cuestiones, le conté lo que era un jardín japonés o zen, como se llama por error, para evitar dar más explicaciones. Es una de las vecinas más populares del barrio. La mañana del 4 de octubre, con la taza de té en los labios, di un respingo en la silla. La arena del jardín inundaba el sendero. Así que interrumpí la escritura, pregunté a los Evans y al señor Wilson, el lechero, pero no sabían nada, ni la policía tampoco. A las 6 de la tarde el jardín había recuperado cierta dignidad. Me acosté exhausto. 

Al día siguiente, con el té de la mañana, me bastó solo una mirada para comprender la intensidad de la devastación. Donde antes había ondas armoniosas, ahora hojas secas y rayas cruzaban la superficie. Llamé a la policía y pregunté a los Evans y al señor Wilson, pero fue inútil. 

De todos es sabido que la eficacia en la resolución de problemas va asociada a la necesidad de resolverlos. Y mi necesidad era muy grande. Y mi espíritu seguía atribulado. Esa noche me hice un te chai, debía permanecer despierto y con energía. Cuando el sueño intentaba capturarme, oí unos ruidos en el jardín, alguien se movía a toda prisa, así que, provisto con mi paraguas inglés me aventuré en la oscuridad. Con la luz del porche a mis espaldas unos ojos amarillos me escrutaban amenazadores. Sus dueños eran tres o cuatro seres infernales, que corrían y saltaban entre la arena y las rocas en lo que debía ser una fiesta gatuna por todo lo alto. Blandi el paraguas, pero fue inútil, aquellos seres peludos lo esquivaban con facilidad. Entonces cogí la manguera de riego y regué el karesansui, hasta que terminó la fiesta. Por la mañana, aún quedaban los charcos, así que me propuse recuperar mi jardín y mi rutina en la escritura. En dos días me colocaron el riego, alrededor del jardín. Cuando le dije al instalador que debía bloquear los aspersores para que se dirigieran siempre a la valla, sin que mojaran ni la arena ni las rocas me dijo que era primera vez que montaba ese sistema para regar una valla. Le expliqué que era por una cuestión de seguridad y que lo programase para que entrara en funcionamiento todas las noches. 

En una semana, esa tranquilidad monótona que tanto aprecio, regresó a mi vida y pude volver a mi trabajo diario. El cuidado del jardín y la escritura. Por entonces andaba en la lectura de Hypatia de Charles Kingsley, un clérigo, profesor de Historia Moderna en la Universidad de Cambridge, cuya infancia transcurrió en Clovelly. Una mañana, el carrito del señor Wilson no llegó, ni al día siguiente. Echaba de menos la leche en mi té y la fruta fresca, así que no tuve más remedio que bajar al pueblo. En la tienda del señor Shelter me encontré a todos los vecinos, incluida la señora Evans. El tendero estaba exultante con tanta concurrencia y explicaba la situación con la lentitud del que se sabe el centro de la reunión. Como el señor Wilson había sufrido un accidente otra persona lo iba a sustituir. 

A la mañana siguiente oí la verja de jardín y una mujer de edad indefinida y pelo blanco atravesó el sendero. A tres metros de la entrada, se agachó, dejó la botella y la fruta y cogió un puñado de arena. Vi cómo se le escapaba entre sus dedos y salí apresurado, mi voz consiguió evitar que lo hiciera otra vez. La mire enfadado pero ella no pareció notarlo.

─¡Un jardín japonés en Clovelly!. Es precioso. ¿Cómo puede mantenerlo así?, por cierto me llamo Claire. Le iba a contestar, que me cuidaba de evitar a los entrometidos que entraban en él, pero su sonrisa me contuvo.

─Quito las hierbas y le paso el rastrillo todos los días.
─Debe ser muy difícil, con el viento y lo que llueve en Clovelly. Le expliqué que la valla lo protegía y que me aportaba una gran serenidad. 

En esos días, Claire dejaba la leche y la fruta en el camino, a veces admiraba el jardín unos minutos. Desde mi escritorio, aunque no distinguía su semblante, sabía que disfrutaba al contemplarlo. Una mañana, cuando oí la valla, salí al sendero.
─Buenos días Señor Warden. Hoy el karensansui está especialmente bello. 

La bruma se había quedado atrapada entre los árboles y le daba un aspecto de ensueño. Le ofrecí un té. Mientras se lo tomaba me dijo que aquella era la casa de un escritor y no la de un ser estrafalario y huraño, como había oído en la tienda del señor Shelter, desde el episodio de los gatos y la policía y del que la señora Evans decía que odiaba a los gatos.

Le detallé mi versión de los hechos y también que los gatos de mi vecina estarían entre los intrusos. Ella me dijo que Clovelly, como todas las villas inglesas, era tierra de gatos, que estaban por todas partes. Le conté mi trampa “repelegatos” y que con los aspersores mantenía a los felinos lejos del jardín. 

Claire continuó con el reparto las semanas siguientes. El otoño entraba con fuerza en Clovelly así que por las mañanas, al oír el ruido de la valla la invitaba a tomar un té. Ella se detenía los minutos suficientes para calentar sus manos en la taza. Su gran curiosidad, al principio irritante, dejó paso a un sentimiento de simpatía creciente.

─ ¿Qué está leyendo señor Warden?─ mientras abría el libro de Hypathia. Le dije que era la historia trágica de una filósofa, matemática y astrónoma de Alejandría hace unos 1600 años y que ya lo había terminado. 

─Ahora estoy con Westward Ho! ¿Conoce la novela?

─¡Claro! vivo siempre entre las páginas de ese libro. La miré sin entender, hasta que caí en la cuenta, al oírla reír. 

─ ¿Vive en Westward Ho? 

Claire me dijo que estaba a veinte minutos en coche y que sí conocía la historia por la que el pueblo recibió ese nombre?. Contaba la vida de Amyas Leigh, un joven en busca de aventuras que se embarca con el corsario Sir Francis Drake para conseguir amor y fortuna.

Una mañana, Claire me propuso hacer una excursión con la bici hasta su casa en Westward Ho!. No soy hombre de impulsos, pero no pude evitar decirle que sí, decidido a expandir mi horizonte social después de mis primeros encuentros con ella. 

Su casa de ladrillo tenía una pequeña entrada con un jardín diminuto de rododendros blancos y un serbal junto al porche. El salón era prácticamente del tamaño de su alfombra, con un sillón, una mesita y un jarrón de rosas en el centro. La mesa de la cocina era de esas en las que puedes cocinar y hacer cualquier tarea doméstica que requiera un gran espacio. El sueño de un buen cocinero y de cualquier escritor. La cubrió con un mantel de cuadros y sirvió dos platos de pastel de carne. 

Aunque soy un escritor prolífico mi habilidad no reside en escribir, sino en capturar historias como briznas de hierba de las que me alimento con voracidad. Veo a la gente que sabe contar historias con una claridad prístina. Claire era de esas personas. Su bisabuela Abby había venido de pequeña con su familia desde Bibury, un pequeño pueblecito a orillas del rio Coln, una distancia respetable para aquel tiempo, a trabajar en un hotel recién construido. En aquella época el norte de Devon era un sitio idílico y salvaje. Un grupo de empresarios vieron la oportunidad de invertir en un hotel para la burguesía de la época. Se inauguró en 1865, como The Westward Ho!, y fue el propio Kingsley, quién lo hizo. A su alrededor se creo una población del mismo nombre. 

─Mi abuela Cadence, me contó de pequeña la historia de su inauguración que escuchó de su madre. Grandes personajes vestidos de gala, mujeres con pamelas que ocultaban sus rostros al mes de junio, hombres con sombreros y trajes negros que desfilaban con la seguridad de los que saben que presencian algo único. Aquel fue un acontecimiento recordado durante mucho tiempo. 

Las madres entretienen a sus hijos con los relatos de cuentos infantiles, pero mi bisabuela le describía a su hija las grandes fiestas en salones con papeles de flores doradas y suelos de mármol. Abby vivió en el Golden Bay Court, un edificio anexo, mientras trabajó en el hotel y sirvió como primera camarera hasta que se quedó embarazada de mi abuela. Luego entró en la cocina, se le daba bien. No tuvo más hijos, solo a Cadence, que no conoció a su padre, porque murió cuando era muy pequeña.

 Un día cuando mi madre ya estaba muy enferma, encontré unas viejas cartas en una caja de té con un pasaje a América. Era de la White Star Line, una compañía naviera con sede en Liverpool que hacía los viajes trasatlánticos a América en grandes buques de vapor.  Lo curioso es que el pasaje estaba en un sobre con remitente desde Nueva York, que era el destino del viaje. En aquella época eran muy comunes los pasajes de pago anticipado, desde el lugar de destino porque las familias que emigraban no tenían dinero suficiente. No entendí entonces porque había allí un billete a nombre de Abby Williams, que nunca se utilizó. 

Me sacó de una caja de madera un pasaje en el que se dibujaba un flamante barco de vapor en su centro con el nombre de la compañía White Star Line y debajo en letra manuscrita Abby Williams, edad 31 años. El barco era el SS Britannic. Era un pasaje de primera clase por un precio de 15 libras, una fortuna para cualquier persona en la época y aún más para una camarera de hotel. 

─¿Sabe porque ella no cogió aquel barco?

─ He leído las cartas, pero no lo sé, intuyo que debió tener una razón importante, quizá estaba enferma y no pudo marcharse o cuando pudiera hacerlo ya no tuviese motivos para embarcar. El billete lleva la fecha de 21 de octubre de 1888, y el trayecto era de Liverpool a Nueva York. Rebuscó entre las cartas y me extendió una.

Highland Park, Nueva York

15 de octubre de 1880

Querida Abby, 

¿Cómo está? Acabo de volver y ya la echo de menos. El trabajo ocupa gran parte de mis horas lo que me proporciona cierta calma y me aleja de otros pensamientos que como usted sabe, vuelven a mí siempre con intensidad. El tiempo en Nueva York se vuelve cada vez más frio. Aun así, me gusta pasear por Highland Park. Le confesaré, que cuando disfruto de un poco de tiempo, me acerco al Daly’s Theatre que está en el centro. A usted le gustaría asistir a una de sus funciones, aunque los estrenos se convierten en un escenario donde a la alta sociedad le gusta dejarse ver con los más selectos trajes de la temporada.  

Hace poco estuve en los muelles de Castle Garden para unas mediciones y vi llegar a los barcos de vapor procedentes de Europa. Por un instante, me imaginé que usted bajaba por la pasarela del barco, con el pelo suelto y me sonreía con esa mirada suya insolente que tanto me agrada. Con admiración,

Alfred W. Rich Hutton

La idea de que ella se fuera a Nueva York le había pasado por la mente, ocho años antes de la compra del pasaje. Hutton era un ingeniero que intervino en obras públicas. Él hablaba de lo feliz que fue en su último verano en Clovelly y de los buenos recuerdos del tiempo que pasaron juntos. Debió de alojarse en el hotel  varios años, alguno de los que transcurrieron entre la primera carta de noviembre de 1871 y octubre de 1888, la fecha del pasaje.

Era una historia increíble. Le agradecí a Claire la comida, el té y especialmente aquel relato. Recordé ese día durante mucho tiempo, aunque no fue el único que pasé en su compañía. Fue así cómo conocí las playas de Westward Ho! y sus alrededores. 

Una tarde al volver de su case me llevé una desagradable sorpresa. El jardín, por tercera vez en dos meses, estaba deshecho. Hojas y flores yacían sobre la superficie blanca. Como en ocasiones anteriores, nadie vio nada y la explicación más lógica fueron los gatos. Me extrañó, porque los aspersores habían funcionado hasta entonces sin problema. Los habitantes de Clovelly mostraron su consternación por aquel suceso reincidente. Esta vez la policía apuntó directamente a los gatos, aunque después de la investigación sobre la hora del suceso, entre las 11 y las 17.30 de la tarde y las huellas concluyeron que no parecían producidas por gatos. 

Claire acudió cuando se enteró del desafortunado incidente. Abrió la puerta de la valla, y me preguntó que desde cuándo tenía rota la cerradura de la puerta. Le dije que ni me había dado cuenta. Se agachó y examinó las huellas, luego soltó una carcajada. 

─ Señor Warden, ya sé quién ha entrado en su jardín. Burros, señor Warden, han sido uno o varios burros. Mire las huellas de estos animales están por todas partes, aunque no se aprecia porque la arena es gruesa. No sabía usted que el establo del señor Barn está a unos dos kilómetros de aquí. Los descendientes de los famosos burros de Clovelly que se utilizaban para subir y bajar mercancías y personas por las inclinadas calles empedradas desde el puerto. 

Esa misma tarde, la policía comprobó que al señor Barn se le había escapado un joven burro por la mañana, que su dueño había encontrado a 600 metros de mi jardín. 

Días después Wilson volvió a su trabajo habitual del reparto matutino, y no vi a Claire en semanas. Cuando miraba el jardín recordaba su risa y su conversación desenfada y con ella las historias increíbles de su familia. Esos retazos flotaron en mi mente hasta encontrar un lugar en el que posarse. Así que introduje el personaje de Abby en el borrador que escribía desde hacía seis meses, una novela que ya desde sus inicios, como gustaba decir a mi editor, destilaba un humor irónico, que los críticos calificaban de mordaz. En esa ocasión el argumento se basaba en las vidas entrelazas de varios personajes, en apariencia sin nada en común y de hasta dónde puede llegar la complejidad de las relaciones vecinales en una villa de la costa suroeste de Inglaterra.

Nueve meses después entregué a mi editor el borrador definitivo del libro con el título de Clovelly.

El primer párrafo del libro comenzaba así:

“De repente, un cálido rayo de sol iluminó las blancas casitas con sus techos grises humeantes y sus pequeñísimos corrales e incluso, las alas de las espléndidas mariposas que revoloteaban entre los bosques y los jardines” de Charles Kingsley

Puntúalo

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