
Como su nombre se encargaba de recordarle cada vez que alguien lo pronunciaba, José García era un tipo del montón. Tanto como una magdalena junto a sus hermanas dentro del envase. Estatura media. Pelo moreno. No era feo, pero tampoco se le podía considerar atractivo. No destacaba por ser una persona resuelta. Ni despuntaba por su capacidad de emprender o sus dotes de baile. Era irritantemente común.
Al igual que otras muchas tardes, José García salía del ministerio, donde trabajaba como auxiliar administrativo, para encontrarse con su pareja y volver juntos en metro, cuando recibió una notificación en el móvil. Provenía de un grupo de WhatsApp compartido con dos amigos de la adolescencia. Uno de ellos decía estar en shock:
–“Me he enterado de que a Daniel Galán le diagnosticaron ELA hace menos de seis meses y ahora mismo ya está en silla de ruedas. Le acabo de escribir, si me contesta os cuento”.
Daniel Galán y José García habían sido compañeros de pupitre y más adelante entrenadores de un equipo de fútbol sala en categorías inferiores. Aunque hacía años que no se veían, le tenía mucho aprecio, y le dolía imaginarle postrado en una silla sabiendo que solo podía empeorar.
Cuando pasaba a la altura del hotel Riu saltó otra notificación:
–“Daniel ha contestado enseguida y con buen humor. Me ha dado unos consejos que quiere que comparta con vosotros: “No perdáis el tiempo y disfrutad de la vida. Haced cosas que os hagan felices”.
Conmocionado, llegó al banco de siempre, en el andén de la línea tres de Plaza de España, donde le esperaba su novia, Raquel París.
–Uy, qué cara traes – saludó Raquel con una mueca tristona.
Gestos como aquel encandilaban a José García porque conseguían sacarle de su ensimismamiento y le hacían sentirse receptor exclusivo de esos regalos diarios. Nunca había entendido como alguien como él podía haber llamado la atención de una chica semejante. Ella era inquieta, vital, simpática, y poseía una capacidad de mirar en su interior que siempre le desestabilizaba.
Cuando le enseñó los mensajes de WhatsApp, Raquel le abrazó de lado y apoyó la cabeza en su hombro con delicadeza, perdiendo la vista en el cartel publicitario del otro lado del andén. Después de un rato en silencio, dijo:
–Es verdad, hay que disfrutar y hacer cosas mientras se está bien. ¿Por qué no te animas?
–¿Animarme a qué?
Con una mano tomó la barbilla de su novio y la orientó suavemente en dirección a la publicidad de enfrente.
–No jodas. Ni de coña. ¿Una maratón, yo?
–¡Anda! ¿Y por qué no? Ya has corrido varias carreras de diez kilómetros– repuso ella.
–Una cosa son diez kilómetros y otra muy distinta cuarenta y dos. No tiene nada que ver. Una carrera así debe llevar meses de preparación– dijo levantándose ante la llegada del metro– Imposible.
Durante el trayecto de vuelta, José García notaba las miradas de su compañera, que le observaba curiosa en el reflejo de la ventana del vagón entre estaciones. Al imaginar sus pensamientos, salió al paso repentinamente:
– Que no, que no… Tendría que entrenar cuatro o cinco días por semana, como mínimo. Y comprarme unas zapatillas en condiciones…
Su novia apretaba los labios asintiendo en silencio, en actitud cómica.
–Además, mira lo que le pasó a Fernando por no prepararse bien. Tuvo que abandonar a media carrera, lesionado.
–Mmm, mmm– respondía ella con sorna mientras tecleaba algo en el móvil.
En las paradas restantes se instaló el silencio entre ellos, pero solo de palabra. Al salir a la superficie, el móvil de José García vibró de nuevo. Era su primo Javier.
–¿Javi? – dijo en voz alta –. Hace meses que no hablamos. Leyó:
–“Junior!! Me ha dicho un pajarito que estás pensando en prepararte un 42K. Ven a casa y hablamos”.
José García giró la vista hacia su novia entrecerrando los ojos.
–Habla con tu primo –se limitó a decir Raquel. Acompañó la frase de un beso en la mejilla y se despidió de él con un guiño de ojo y dedicándole sendas peinetas.
–¡No voy a ir! – gritó José García, alejándose con paso decidido.
Veinte minutos más tarde pulsaba el timbre de la casa de su primo. Javier era seis años mayor que él y ambos habían crecido en el mismo edificio, no lejos de donde se encontraba ahora. Algunos domingos quedaban para correr por la Casa de Campo y sabía que su primo había hecho varios maratones con muy buenos tiempos. Una vez quedaron antes de una San Silvestre y ese fue todo el tiempo que compartieron juntos, porque en cuanto traspasaron la línea de salida Javier desapareció con sus compañeros de entrenamiento a un ritmo insultante.
–¡Junior! Pasa, pasa – dijo señalando hacia la cocina.
Le llamaba ‘Junior’. Porque hasta en eso era corriente: su padre se llamaba José, igual que su abuelo.
–Antes de que me digas nada, que sepas que yo no quiero correr ninguna maratón. Ha sido idea de Raquel, que es una embaucadora.
–Pero si tú ya habías hecho varias carreras de diez kilómetros, ¿no? No partirías de cero.
–¡Joder, otro igual! ¡Que no tiene nada que ver, hombre!
El microondas pitó tres veces como un árbitro en el medio tiempo, incomodando aún más a José García…
–Me estaba haciendo una infusión, ¿te apetece una?
José García meneó la cabeza y siguió con la vista a su primo mientras sacaba la taza humeante y rebuscaba en la caja de las infusiones. Desde que era un niño había admirado a Javier. Representaba todo lo que él ansiaba: presencia, confianza en uno mismo, éxito. Claro que le gustaría correr la maratón. Demostrarse que era capaz de hacer algo importante y que todo el mundo lo viera.
–Ejem, ejem – carraspeó – ¿Y si me decidiera? ¿Qué tendría que hacer?
–Bueno – empezó Javier al tiempo que subía y bajaba la bolsita de la infusión quemagrasas – teniendo en cuenta que no eres un novato y que hasta la carrera tienes –hizo un inciso, calculando– unas dieciséis semanas, el mejor consejo que te puedo dar es que acumules kilómetros…
Y Javier comenzó a diseñarle un plan de entrenamiento personalizado, con tiradas cortas entre semana y cada vez más largas los domingos. Descartaba las series y los cambios de ritmo y le aconsejaba acostumbrar el cuerpo antes del gran día haciendo una media maratón y al menos una tirada de entre 25 y 30 kilómetros. José García le escuchaba con escepticismo y miraba de reojo el mensaje de la taza, ‘Ya no eres joven’.
–¿Crees que podría terminarla?
–Sí, claro. No batirás el récord del mundo, pero puedes hacerlo.
–¿Cuál fue tu mejor marca? – preguntó José García.
–3:21, en Madrid. Y varios 3:35, en Madrid y Nueva York. Pero recuerda: no corras intentando hacer tiempo o no llegarás. Como mucho, plantéate bajar de cuatro horas.
Dieciséis semanas después, José García se ponía las mallas, las medias de compresión y la camiseta técnica con el dorsal. Mientras se ataba los cordones de las zapatillas le vino a la mente la imagen de Daniel Galán sentado en su silla de ruedas. Durante este tiempo había estado preguntando por él a sus amigos porque no se veía con fuerzas de llamarle. No estaba preparado para recibir noticias sobre su declive.
Sabía que Daniel tuvo una primera etapa de negación de la enfermedad, y que incluso pidió un cambio de destino a otro país, pero que estando allí sufrió una caída y tuvo que regresar a España. Desde entonces estaba en tratamiento. José García había ensayado cien veces una conversación con sus posibles derivadas, pero no se sentía capaz de encajar las respuestas de Daniel. No estaba preparado para escucharle aceptando su muerte y menos aun tratando de tranquilizarle.
Por eso, una y otra vez volvía a recordar aquel mensaje en el que Daniel animaba a sus amigos a ser conscientes de la fugacidad de la vida, la necesidad de exprimirla y buscar la felicidad. Raquel, que se había puesto el despertador para despedirle, le miraba con los ojos entornados preguntándose en qué estaría pensando para haberse quedado inmóvil, con las manos en la camiseta a medio bajar. Eran las seis y media de la mañana del 27 de abril. Al sentirse observado, se activó:
–A ver, chip de carrera. Gorra. Geles. Vaselina. Imperdibles de repuesto. Móvil. Abono. Ya está todo. Bueno, ¿no me dices nada?
–Corre, Forrest, corre – sonrió Raquel–. No, en serio: mucha suerte. Nos vemos en la meta.
En cuanto se subió al metro, José García respiró el ambiente y la energía de los días de competición. Todo el vagón estaba repleto de corredores, muchos con la camiseta oficial del maratón y muchos otros ataviados con ropa y zapatillas de tonos flúor. Los gritos y risas invadían el vagón y el resto del convoy, que avanzaba como el torrente sanguíneo hacia el punto de salida.
Había quedado en Neptuno con su amigo Nico y unos amigos suyos para ir juntos durante la carrera. Nico, una mole humana, calva y cariñosa, había sido su profesor de natación en el pasado, y en cuanto le comentó que estaba preparando la carrera, este le propuso hacerla en grupo. Le encontró en el lugar acordado junto a unos baños portátiles.
–¡Jositooo! ¿Qué tal chaval? ¡Vaya ambientazo, ¿eh?! ¡Qué subidón…!
Calentaron juntos y caminaron hacia la línea de salida hasta que ya no pudieron avanzar más debido a la acumulación de corredores. El speaker arengaba a la gente a ritmo de música disco, animando el ambiente de aquella mañana fría y soleada. José García, Nico y el resto del grupo estiraban en el sitio cuando oyeron el inicio de la cuenta atrás, que corearon a gritos. Sonó el pistoletazo de salida y arrancaron, primero con pasitos cortos y luego al trote hasta alcanzar la línea de salida, cuatro minutos después.
Al pasar por la alfombra de cronometraje, el chip fijado en sus zapatillas pitó junto al resto, marcando el principio real de carrera. En ese momento, José García se sintió imparable, conectado a aquel ejército de gente vestida de largaterana y radiante de felicidad. Ahora se veía capaz de salir de la segunda fila, donde se colocan los que no quieren llamar la atención, y de quitarse la careta de mediocre.
El primer tramo fue una fiesta visual. Corrió junto a Batman, un grupo de chulapos, varias monjas y un viejo conocido de las carreras de diez kilómetros: un guaperas con aire a Mitch Buchannon que siempre corría sin camiseta, dejando a la vista su torso musculado de vigilante de la playa.
Con la lucidez que aporta la energía dedicó unos minutos a fijarse en la técnica de quienes discurrían a su lado. Había personas que se desplazaban con fluidez y elegancia; otros lo hacían como si saltaran, despilfarrando los segundos; también los había que golpeaban el asfalto con demasiada fuerza, sin ser conscientes del impacto en sus rodillas. Eso le hizo meditar sobre cómo había estado corriendo hasta ahora. Levantó la vista hacia la Castellana y localizó a la liebre con el globo que marcaba cuatro horas como tiempo global de carrera. Ni tan mal –pensó.
Tras recorrer los diez primeros kilómetros, José García seguía sintiéndose fresco, pese a que cada zancada le sacaba más de su zona de confort. A medida que iban pasando los metros, la euforia inicial fue dando paso a largos silencios, en los que solo se escuchaban las pisadas de los corredores. Sin embargo, la compañía de Nico y sus amigos le hacía el camino más llevadero.
Y así, llevado por las ovaciones de gente anónima, los oasis de los avituallamientos y la motivación de las bandas de música en directo, José García alcanzó el ecuador del maratón. Con sorpresa, comprobó que había mantenido el mismo ritmo. Sentía las piernas cargadas, pero sus sensaciones eran buenas.
Continuó la marcha hasta entrar en la Casa de Campo, el primer lugar en veintiséis kilómetros donde el recorrido no estaba vallado. Paró a hacer pis, pero tras casi dos horas y media corriendo, tardó en reincorporarse más de lo que hubiera deseado. Apretó el paso tratando de encontrar a Nico y a sus amigos, pero no pudo hacerlo. A pesar de discurrir por la naturaleza, ese tramo fue áspero para José García, que por vez primera empezó a acusar el cansancio y la soledad. Con todo, consiguió volver al asfalto de la Avenida de Portugal y encarar el kilómetro treinta.
Había leído lo que le ocurre al cuerpo cuando alcanza el famoso muro en los maratones, pero no lo había experimentado. Hasta ese momento. Ya no le quedaba energía. Su sistema digestivo se había paralizado por completo y no procesaba los geles energéticos ni los trozos de plátano que le habían dado los voluntarios. La fatiga en las piernas por la falta de glucógeno y el impacto acumulado le habían generado microrroturas de fibras en cuádriceps, isquiotibiales y gemelos. Empezaron los calambres.
Estaba exhausto y confundido, y los vítores le llegaban amortiguados. Si seguía corriendo era por pura inercia. A su paso por Atocha, pasado el kilómetro 37, un grupo de personas le alentó con gritos y aplausos. En ese momento, José García rompió a llorar sin poder evitarlo. Lo achacó al fallo masivo que estaba sufriendo su cuerpo y pensó en parar y seguir caminando hasta el final, como muchos a esas alturas. Pero siguió trotando.
Quizá fueron esos ánimos providenciales. O tal vez fuera la imagen de Raquel, constante durante toda la carrera. Puede que fuera la percepción de su propio tesón, que ya le hacía aproximarse de nuevo a Neptuno. Lo ignoraba. Pero tras ese momento catártico le invadió la certeza de que llegaría a la meta. Volvía a escuchar con nitidez las muestras de apoyo y se sorprendía a sí mismo pensando ya en la próxima maratón de Valencia cuando advirtió que pasaba junto al edificio en el que creció Daniel Galán. Instintivamente se lo imaginó con su sonrisa y hoyuelos de siempre, pero resignado y tranquilo, preguntándole qué cosas le harían sentirse feliz a él.
Aquella imagen provocó que José García corriera los últimos metros disociado del mundo, mientras las ideas le surgían inexplicablemente claras: Conseguir llamarte Daniel. Tomarme un chocolate con churros de cuando en cuando. Comprarme una mesa de mezclas y aprender a pinchar de una puta vez. Apuntarme a clases de Funky. Hacer el Camino de Santiago. Bucear en un cenote. Hacer un Ironman. Casarme con Raquel.
Sin darse cuenta había bajado por Príncipe de Vergara y encaraba el Paseo de Coches del Retiro, y con él el último tramo de carrera. Tres minutos más tarde cruzaba el umbral de meta y se colgaba su medalla de ‘finisher’. Justo después fabricó un anillo con el alambre del pan de molde con el que había agrupado los imperdibles de repuesto y se arrastró en busca de Raquel.
El libro del taller
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