
En la madrugada del 4 de abril de 2024, la policía certificó la muerte de Indalecio Delgado. Los sanitarios confirmaron quince minutos después que el deceso se produjo por aplastamiento de su propio cuerpo. Los empleados de la grúa que lo extrajeron por la ventana, confirmaron que el hombre pesaba trescientos quilos. Su esposa, Magdalena Ortiz, por fin respiró aliviada.
El rescate fue noticia de alcance nacional. A la puerta del domicilio se congregaron medios de comunicación para retransmitir en directo el rescate de aquel cuerpo ballenáceo. Los vecinos, asomados a los alféizares de las ventanas no querían perderse detalle. Los balcones eran un tendido improvisado de inquilinos y curiosos invitados a presenciar “el gran acontecimiento del año», como desdeñosamente y con sorna alguien se había encargado de bautizar en las redes sociales el rescate del cuerpo. Influencers, tertulianos y magazines, conformaban un aquelarre donde la figura sebosa y desparramada de Indalecio, que desbordaba la plataforma d
e la grúa, adquiría cualidades de macho cabrío en un altar; una práctica mágica, de la que aquellos brujos de papel cuché daban fe como notarios de la actualidad.
De entre todos los periodistas, sólo uno se interesó por las causas que convirtieron a Indalecio en una morsa humana. Aurelio, reportero de un medio digital sin grandes audiencias, era fiel a un periodismo de verificación y compromiso, ajeno al morbo. Era un profesional a la antigua usanza. Una tarde gris, con el peso del escándalo flotando aún en el aire, Aurelio montó su cuartel general en la cafetería frente al edificio. Habían pasado ya unos días y el suflé de la noticia se desinflaba. Desde allí observaría el ir y venir de Magdalena y después de un tiempo prudencial, la abordaría para averiguar la verdadera historia.
Una mañana, al cruzar el portal para salir de su casa y dejar atrás un hogar que olía a rancio, y cuya atmósfera viciada por un aire espeso aún la ahogaba, Magdalena atravesó la calle y entró en el bar donde se encontraba Aurelio.
-¿Me puedo sentar? -dijo ella ante un descolocado Aurelio.
-Sí, claro -balbuceó él mientras retiraba el montón de papeles que poblaban la mesa.
-¿Es usted periodista, verdad? Lleva días espiándome. No finja, se lo ruego.
-No la espío, la observo.
-¿No es lo mismo?
-Espiar implica una intención oculta, furtiva e invasiva. Yo la observo porque me interesa su historia. Usted merece contar lo que pasó.
-¿Y por qué querría yo contarlo?
-Su marido ha sido tratado como un monstruo de feria. Otros han explicado su vida con morbo. Usted tiene derecho a contar la verdad y explicar quién fue él.
Magdalena jugueteó con la cucharilla del café para disimular el temblor de su mano. Siempre creyó que los periodistas eran tipos sin escrúpulos que buscaban el impacto sobre la ética. Pero frente a Aurelio, algo le decía que quizás estaba equivocada.
-La verdad es que no sé qué hacer con mi vida ahora -confesó, sorprendida por su propia sinceridad.
-Lo entiendo -dijo él.
Ella lo miró con curiosidad, algo en su interior le decía que aquel periodista quería escuchar algo más que una anécdota grotesca.
-Si mañana sigue aquí, quizás pueda invitarme a un café.
Magdalena se levantó, se acercó a la puerta y salió tras dedicarle una mirada que él, sorprendido por su audacia, le devolvió.
Esa noche, en su casa, Magdalena repasó el encuentro. Recordaba la voz dulce de Aurelio y se sorprendió por la agradable sensación que le recorría el cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo, alguien se interesaba por ella. Y eso la excitaba.
Al día siguiente acudió a la cafetería. Aurelio la estaba esperando, su olfato de periodista le advirtió que ella volvería. Magdalena apareció distinta, más relajada, se había maquillado, llevaba una blusa de tirantes que dejaban al descubierto unos hombros que a Aurelio le parecieron hermosos.
-Ha venido -dijo él.
-¿Me invita a un café? Tenía razón: debo contar mi versión.
-¿Qué le ha hecho cambiar de opinión?
-Usted.
Magdalena se sorprendió de su espontaneidad. No era así como actuaba normalmente. Ella era mucho más cauta, más comedida. Pero en aquel hombre halló una coartada para expresarse sin tapujos. Y eso le resultaba placentero.
Los encuentros se repitieron y la curiosidad derivó en un juego de seducción. Los silencios se volvieron cómodos, las miradas ya no eran furtivas, sino de deseo. Ambos tejieron un hilo invisible que los unía en un encuentro inevitable. Aurelio por fin tenía su historia, pero no contaba con enamorarse de Magdalena.
Indalecio Delgado nunca fue fuerte. A los 15 años apenas pesaba cuarenta kilos. Tenía los ojos grandes y fijos por un defecto congénito. Los brazos demasiado largos casi le llegaban hasta las rodillas. La espalda corva y unos pies diminutos completaban su estampa poco agraciada.
Ya a los siete años, en el primer examen médico al que fue sometido en el colegio, los médicos trazaron un mapa morfológico desolador: escápulas prominentes, raquitismo, amígdalas hiperplásicas y miopía. Indalecio era un ser enclenque, dócil y servil, que transitaba la vida con una naturalidad afectada.
A pesar de esas credenciales y una inteligencia escasa, consiguió trabajo en un banco y, de manera sorprendente, se casó. Tuvo dos hijos de inteligencia sobrada y aspecto normal, lo cual le extrañó, pero atribuyó el milagro a los caprichos de la naturaleza. Jamás sospechó de su esposa, creía que ella se conformaba con él y que, tras veinte años, y pese a su indolencia, aún seguía esforzándose por complacerlo.
Cada mañana, Indalecio se levantaba a las siete. Con la luz apagada, recorría el pasillo como un ciego hasta el baño. Entraba sin encender la luz. De pie, frente al mueble que contenía los utensilios de higiene personal, abría la portezuela del armario y se dedicaba a palpar los objetos que había en las estanterías y los acariciaba con delicadeza, casi con ternura. Distinguía cada objeto con solo ponerles la mano encima. Allí, en perfecto estado de revista, había todo un universo de esencias, sales de baño, cremas desodorantes y un sinfín de ungüentos con los que Indalecio se acicalaba cada día. Aquella ceremonia de sobeo sistemático y casi místico terminaba cuando encendía la luz. Magdalena trajinaba en la cocina, preparándole un desayuno copioso: cereales, zumo, mermelada, huevo duro y ginseng para estimular el apetito. Pero él apenas si probaba bocado: dos sorbos de leche y el huevo desmenuzado en migajas. Esa era toda su contribución al esfuerzo de su esposa.
Al irse a trabajar se despedía de ella como de un mueble. Con los años, la palabra había mutado en un código de gestos: arquear una ceja era un “sí”, las dos un “no”. Si el labio superior quedaba suspendido a la altura de la nariz, no debía insistirse más. Era señal de hastío. Sus despedidas eran un simulacro: él le lanzaba un beso sietemesino desde el umbral y ella fingía recogerlo en el aire. Para el sexo no había nada desde hacía mucho tiempo.
De su casa a la oficina no había más de cien metros. Compraba el periódico en la librería que había justo delante del portal de su casa. Se embelesaba con los anuncios por palabras: reclamos de “casadas viciosas” o el enigmático “NATALIA RASURADA”, cuyo apellido le parecía exótico. Pero de todos ellos los que más le intrigaban eran aquellos que decían “Gracias Espíritu Santo” seguidos de dos iniciales. Se preguntaba a quién pertenecerían aquellas iniciales, y le intrigaba el motivo por el cual habían de darle gracias al Espíritu Santo aquellos seres anónimos. Pensó que tal vez se trataría de pequeños favores, y que por lo tanto no era necesario extenderse en el agradecimiento. También se le pasó por la cabeza que quizás resultase muy caro poner un anuncio con muchas letras en un periódico, y como el Espíritu Santo suele hacer favores a los más necesitados, pensaba, estos no podrían permitirse el lujo más que aquél del escueto agradecimiento. Pensó también que a lo mejor a él un día se le ocurría pedirle algo, y se divertía imaginando su anuncio publicado en el diario con sus dos iniciales en negrita, aunque por el momento no tenía nada que pedirle. Tenía un trabajo, una casa, una familia… ¿qué más podía pedir? Dejó, pues, que su imaginación volviera al recóndito lugar de donde había salido por un instante, y dio por finalizada su odisea de placer.
A las tres de la tarde, con las cuentas del banco cuadradas, volvía al hogar Los miércoles tocaba cocido. Dos platos enormes reposaban sobre el mantel de flores: una masa humeante y encharcada de color amarillento, llena de arroz, garbanzos, tripa de cerdo y patatas desechas acompañadas por un vino de marca, conformaban un menú en el que nunca faltaba un buen postre de elaboración casera.
Él se sentaba a la mesa sin apenas articular una palabra, como cada día, y apenas si probaba bocado. Magdalena se desesperaba. Por las noches, se le aparecía su difunta madre; gorda, grasienta y blandiendo un cucharón de madera para recriminarle su resignación. La aparición insistía en que debía tomar una decisión drástica para acabar con aquel agravio imperdonable.
Magdalena sabía que su madre tenía razón; estaba harta de la indolencia de su marido y de los comentarios afilados de las vecinas: “Qué flacucho lo tienes, ¿no querida?” “
Él, ajeno a sermones y conspiraciones, no alteraba su rutina. Tras la siesta se encerraba en el baño para contemplar sus ungüentos y reliquias. Aquella armonía le producía un placer indescriptible.
Por la noche, ella seguía esforzándose con menús variados, recetas de TikTok y proteínas cocinadas en hornos con inteligencia artificial. Pero Indalecio, como un jilguero, solo picoteaba migajas mientras su esposa lo observaba con una mirada que ya no era de rabia, sino de algo más definitivo. Hasta que un día se hartó.
Cuando la policía llegó, Magdalena, con los hijos emancipados en el extranjero y ajenos a la tragedia, contemplaba el ir y venir de policías, sanitarios y empleados de las pompas fúnebres que no daban crédito a lo que veían: en la cama yacía una bola sebosa de trescientos kilos que se desparramaba por los costados. Tenía los ojos abiertos y hundidos, y en las comisuras de los labios se adivinaban restos pegajosos de comida. Magdalena no parecía afectada; en sus ojos, de un negro abisal, no había rastro de emoción, sino una especie de indolencia ya familiar. Se había esmerado en la cocina, como de costumbre, y obsequiaba con pastas, café y bizcocho recién horneado a los agentes y sanitarios con una devoción casi mística. Se mantuvo firme mientras, ante la imposibilidad de meterlo en un ataúd, pedían una grúa para sacarlo por la ventana. Antes de que se lo llevaran, Magdalena les pidió a los empleados que se llevaran un saco. Allí dentro, amontonados, se encontraban los enseres que habían constituido el universo particular de su esposo, hasta que una mañana ella los hizo desaparecer de los estantes del cuarto de baño. Él, desbordado por la magnitud de la tragedia, no supo qué hacer, se quedó tan desconcertado que se fue a su habitación, se postró en la cama y de allí no salió hasta el día de su muerte.
Con la batalla ganada y ante la sumisión total de su marido, Magdalena arremetió con toda su artillería culinaria. Lo cebó hasta su plena satisfacción bajo el beneplácito de su difunta madre, que por fin podría descansar.
Aurelio dio por terminada la historia. Fue al encuentro de Magdalena para mostrarle el texto antes de publicarlo. Ella aprobó el contenido y lo invitó a comer. Él aceptó y alabó cada plato. Tras el café, se amaron con pasión adolescente. Antes de despedirse, Magdalena le pidió que publicase en su diario un breve anuncio: “Gracias Espíritu Santo. (M.O.)”
El libro del taller
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