Las ventanas cerradas

Las ventanas cerradas

Rebeca se coloca ante el espejo, como todas las mañanas. Se detiene en los ojos reflejados, no hay sombras bajo los párpados, la piel del rostro se ve tersa, no ha asomado ningún grano descortés. Todo parece correcto. La imagen manifiesta calma, y con una sonrisa se dice, Venga, vamos, hoy sí. Comienza los ejercicios diarios.

A. E. I. O. U. Repasa las vocales de una en una. Aaaa, eeee, iiii, oooo, uuuu, repite, alargándolas, y luego las pica, A, e, i, o, u. Refuerza el sonido con las manos en las mejillas, masajeando la carne blanda para ampliar la mueca. Después introduce las consonantes para formar sílabas, Ma, me, mi, mo, mu. Ta, te, ti, to, tu. Bla, ble, bli, blo, blu. Ra, re, ri, ro, ru. Humedece los labios y pega uno contra el otro. Estira, contrae. Estira, contrae. Hoy puedo lograrlo. Si no sale, va a ser horrible. ¡Me va a ir muy bien! No sé por qué lo sigo intentando.

Con la boca cerrada, arquea el paladar y sube el aire por la garganta, produciendo una vibración nasal a la que da un efecto de olas que se acercan y se alejan. Cierra también los ojos para concentrarse en los muchos matices que es capaz de emitir. Simula que mastica de forma exagerada. Hace círculos amplios con la mandíbula. Repasa las encías con la punta de la lengua para retirar el exceso de saliva y traga.

El aparato fonador está listo. Saca del bolsillo la hoja que le han dejado bajo la puerta. Sigue sin entender por qué La Clínica quiere darle ese halo de misterio a la rutina de ejercicios, con lo fácil que sería, piensa, que nos mandaran los textos a la tablet, pero después de cinco semanas, prefiere emplear sus energías en lograr su objetivo y no en quejarse. Lo lee en silencio. Toma aire y lo expulsa, y pronuncia en voz alta: «Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero en posesión de una notable fortuna necesita una esposa».

Jane Austen, sonríe al terminar la primera página. Le gusta el libro y le gustan mucho los diálogos, porque le permiten interpretar, y eso le parece de gran utilidad. Mucho más, desprecia, que Camus, «Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: “Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame”». Demasiado lacónico, considera, muy difícil de representar, claro que en el otro extremo está Homero, se contraargumenta: «Diosa, canta del peleida Aquiles la cólera desastrosa que asoló con infinitos males a los griegos». Diez días antes de su ingreso, La Clínica había prescrito el primer capítulo de La Ilíada y un residente que solo llevaba diez días superó todas las pruebas y salió. Un hito que el resto de pacientes cuenta todavía en los corrillos entre maravillados y celosos.

Entra en la Sala de Oralidad y se sienta en la esquina de la penúltima fila. Prefiere quedarse al fondo para observar a los demás. Admira a los que se recuestan sobre la silla y cruzan una pierna sobre la otra. Evita fijarse en aquellos que agitan el pie, los que repiquetean los dedos contra la mesa y los que se muerden las uñas. No necesita que nadie le contagie más inseguridad.

El Tutor entra en la Sala y el leve murmullo cesa.

––Buenos días, aprendices.

––Buenos días, Tutor ––responden al unísono.

––Me alegro de verles. Hoy estamos aquí una treintena de alumnos. Aspiramos a dar lo mejor de nosotros mismos. Muchos alcanzarán la consecución de sus metas. Piensen en las expectativas que a cada uno le han movido para venir a este lugar, y rec…

Es un discurso similar al de la semana pasada. La Clínica opina que los pacientes que se enfrentan al Examen Final por primera vez necesitan una alocución vigorizante, y que para el resto, para los que repiten la prueba, supone un refuerzo positivo indispensable. A Rebeca una corriente de vitalidad le atraviesa el estómago como lo hiciera días atrás. Pero no le gusta el plural mayestático del Tutor. Es calvo, está rechoncho, describe para sus adentros, y tiene las piernas tan arqueadas que a veces parece que se va a caer, pero ahí le tienes, qué voz, qué gravedad, qué dicción, qué envidia. ¿Por qué dice «estamos», «aspiramos», «nosotros mismos»? ¿Acaso sabe lo que es estar aquí sentado? ¿Ha sufrido el desprecio de un persona que te ignora cuando estás hablando? ¿Ha experimentado el dolor de quien es matizado, corregido, interrumpido cada vez que toma la palabra? ¿Convive con una voz interior tan áspera que te sugiere, todo el tiempo, que te calles, porque tus historias no le interesan a nadie? ¿Conoce o ha conocido el miedo a no superar el Examen Final, a que todo el tiempo invertido aquí no valga para nada, se diluya, y con él las esperanzas de ser alguien normal?

Cuando termina su discurso, el Tutor toma el listado de residentes y va llamando uno a uno. Cada paciente debe recitar un fragmento del texto entregado. La Prueba de Dicción es, en principio, la más sencilla. Pero apenas pasan quince. El resto se levanta y se marcha con la cabeza baja, sin decir nada.

El Tutor anuncia que llega el turno de la Prueba de Diálogo y llama a José Balbín al estrado. Un hombre joven y delgado, con los brazos pálidos y flojos y los nudillos peludos se acerca al Tutor.

––¿Nombre?

––Hola, buenos días. Me llamo José Balbín y vengo de Ciudad Cercana.

––Eso no se lo he preguntado.

El hombre parpadea pero no se mueve de su sitio.

––¿De dónde viene?

––Sí, buenos días. ––Un ligero «Oh» recorre la sala––. Como le decía, soy… me llamo… José Balbín, de Ciud… quiero decir, vengo, soy, vivo… perdón, vengo de Ciudad Cercana.

Rebeca ve cómo un compañero se tapa la cara con la mano y niega con la cabeza.

––¿Primera vez? ––pregunta el Tutor.

––Sí ––susurra Balbín derrotado.

––Nos volveremos a ver la semana que viene, si trabaja lo suficiente. ¿Lo han visto? ––el Tutor se dirige a los demás mientras el joven se va––. ¿Han comprobado lo sencillo que es fallar? Ahí fuera no les van a tener en cuenta si no saben mantener una conversación fluida. El aspecto también importa, nunca dejen de cuidarse para estar lo más aceptables que sea posible. Siguiente, Ana Salgado.

Siete pacientes terminan el test con éxito. Incluida Rebeca. Está contenta porque supone un avance con respecto a la última vez que se enfrentó al Examen. Todos se encaminan hacia la Sala de Conversación.

Rebeca Mellado creció en una familia convencional, con un padre y una madre que siguen casados, ambos trabajadores fuera del hogar, sin agobios financieros, más allá de las preocupaciones cotidianas. Sus dos hijas pudieron estudiar en buenos colegios, asistir a un puñado de extraescolares y estrenar ropa siempre que necesitaron. Rebeca y su hermana mayor, Casandra, rodeadas de comodidades y cariño, habían sido dos niñas aplicadas y bien educadas, jugaban juntas y compartían confidencias infantiles.

El problema llegó en la adolescencia. Casandra empezó a comportarse de forma esquiva, contestaba con monosílabos y dejó de sonreír. Al principio sus padres no le dieron importancia, «Las hormonas», justificaban. Cuando surgieron las primeras discusiones, intentaron zanjarlo con reproches, «Estás siempre de malhumor», «No hay quien hable contigo», «Eres insoportable». A los intentos mediadores de Rebeca, añadían «Tú no te metas», «Esto no va contigo», «Rebeca, cállate», y aquello enfurecía a Casandra, y ambas terminaban castigadas en su cuarto, solo que, en realidad, Casandra pegaba un portazo y se iba de casa durante horas.

Los gritos se hicieron tan frecuentes, las faltas de respeto eran tan flagrantes, las notas del instituto bajaron tanto y los remedios caseros se demostraron tan infructuosos, que sus padres decidieron consultar a un médico, iniciando un angustioso camino de especialistas, exploraciones y pastillas, hasta el dictamen definitivo: no era una cuestión endocrina, ni un rasgo de personalidad latente que hubiera explotado de golpe, sino una afección del Sistema de la Comunicación. Diversos casos se estaban manifestando por todo el país. Jóvenes y adultos se enfrentaban a dificultades para ser comprendidos por trastornos en el habla, tanto mecánicos como pragmáticos. Terapias experimentales referían buenos resultados si el mal se encontraba en edades tempranas.

Casandra fue derivada a un psiquiatra que inició tratamientos con medicamentos y neuroestimulación, pero los efectos no fueron los deseados. En pocos meses, se fugó. Casi no hablaba y solo dejó una nota a su hermana: «No cometas los mismos errores que yo». Dieron con ella en Isla Apartada. Incapacitada para comunicarse con su familia ni con nadie, optó por quedarse allí, entregada a la naturaleza, lejos de cualquier interacción social.

En los dos últimos años, miles de individuos han sido diagnosticados como víctimas de la Afonía de Múltiples Variables, o AFOMUVA, como se la conoce coloquialmente. La comunidad médica todavía discute si se debe a razones biológicas o sociales.

Rebeca entró en La Clínica por voluntad propia. No quería acrecentar la angustia de sus padres, temerosos de que desarrollara el mismo trastorno que su hermana. A su alrededor se multiplicaban los casos de personas que dejaban de hablar, la mayoría por no encontrar la manera de hacerse entender; otros, por pura incapacidad para emitir sonidos. La Clínica es uno de los muchos centros que han proliferado en este tiempo para tratar los primeros síntomas.

El día que ingresó, tuvo que escribir una redacción donde explicara una especie de línea de vida para esclarecer sus hitos comunicativos:

«De pequeñas, mi hermana y yo jugábamos en la habitación en voz baja, para no molestar. En el colegio yo era muy tímida, cuando los profesores me preguntaban algo, me ponía muy nerviosa, así que hablaba de forma muy atropellada y le preguntaban a otro. De mayor, cuando estaba con mis amigos, a veces estaba contando algo y de pronto alguien llegaba y contaba otra cosa, o se reían o sacaban el móvil, y yo paraba. Mi hermana era distinta, ella no se callaba cuando algo no le gustaba, no pedía permiso para hablar; también era muy divertida y me cuidaba. Cuando empezó los tratamientos, me preocupé mucho. Deseé que encontraran alguna solución. Algunas noches la escuchaba llorar, pero cuando entraba en su habitación, no quería hablar conmigo. Desde que se fue no hemos vuelto a verla. En el instituto me ha costado hacer amigos. Así que, antes de empezar la universidad, mis padres han pensado que sería buena idea entrar en La Clínica para corregir algunos defectos. Lo último que mi hermana me pidió fue que no cometiera sus errores, es decir, que no dejara pasar tiempo sin tratarme. Ojalá podáis ayudarme».

Fue lo último que le dejaron escribir.

La Sala de Conversación es un aula oscura, como un plató de televisión con los focos apagados. Una hilera de sillas recorren las paredes negras. En el centro del espacio hay una ventana cerrada. El Tutor llama a Diana Garrido y una mujer de unos treinta años con el pelo recogido en un gran moño rizado se pone en pie y se coloca ante la ventana. Al otro lado aparece una mujer mayor y abre la hoja. La anciana da los buenos días y Diana le responde con una sonrisa. La mujer mayor comienza a hablar, le hace varias preguntas y ella las va respondiendo con solvencia, buenos modales, hablando pausada pero sin detenerse. La anciana se despide, asegurando que «Ha sido un placer charlar contigo» y Diana inclina la cabeza sonriendo de nuevo. Ha aprobado. Se irá esta noche. El Tutor y el resto de compañeros aplauden.

Uno por uno, la escena se repite con cada paciente. Al otro lado de la ventana han aparecido un chico de cuerpo atlético, una ejecutiva acelerada, una veinteañera que no para de mirar el teléfono, un hombre con toga y el gesto serio, y un niño pequeño. Los sucesivos pacientes siguen las respectivas conversaciones con mayor o peor fortuna; cuando el alumno realiza mal el ejercicio, cuando se extiende demasiado, cuando es muy escueto o cuando se lía, la ventana se cierra y la prueba se da por suspendida. De los seis anteriores, solo dos ha aprobado.

Rebeca es la última. Frente a ella aparece un hombre de mediana edad. El corazón le late muy deprisa y contiene cualquier movimiento que pueda delatarla, mientras intenta acompasar su respiración con la actitud que se requiere. Todos sus compañeros siguen en la Sala. El hombre abre la hoja con violencia y la mira. Tiene el entrecejo fruncido y la boca apretada. Se queda en silencio. Rebeca no puede comenzar a hablar, lo explicaron en Clase de Conversación el primer día.

––Estoy hasta los cojones ––suelta el hombre––. Un gilipollas me ha destrozado las flores justo antes de venir.

––Lo siento ––responde Rebeca.

––¿Por qué? ¿Has sido tú? No lo creo, si estás aquí metida. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?––Cinco semanas.

––Vaya mierda.

Rebeca se desilusiona. Hubiera preferido al niño pequeño o a la anciana. Es fácil hablar con la gente mayor, reflexiona, siempre parece agradecida de que se le preste atención.

––¿Y qué, qué me cuentas? –incita el hombre, algo más aplacado.

––¿Yo? ––se sorprende Rebeca. No estoy aquí para sacar temas, sino para seguir los tuyos. ¿Es una trampa?, piensa, pero contesta––: Me gustan las flores, es una pena que te las hayan estropeado. ¿Crees que tendrá arreglo?

El hombre cierra la ventana y se va.

Rebeca vuelve a su sitio mientras el Tutor le pregunta si reconoce el error.

––He vuelto a sacar el tema de las flores cuando él lo daba por terminado.

––Exacto. Su opinión aquí no es relevante.

––Pero es difícil hablar con alguien tan exaltado ––replica Rebeca.

––¿Y cuál es la alternativa? ¿Dejamos de lado a los demás si se enfadan? No podemos ser tan egoístas, señorita, y estamos aquí para aprender.

Odio que uses el plural, piensa Rebeca, y además eso es justo lo que me hacen a mí.

––¿Podríamos escribir para aclarar las ideas?

––Claro que no ––asegura el Tutor––. Escribir no sirve para nada. Si tiene algo que expresar, aprenda a decirlo. En tres semanas puede volver a presentarse.

Rebeca arrastra la decepción hasta su cuarto. Tres semanas más la van a convertir en una de las veteranas. Está triste y rabiosa, cansada y confusa. Se mira al espejo y advierte en sus ojos un fuego desconocido. Un batiburrillo de ideas contradictorias se amontonan en su pecho. Qué es ser normal. Por qué tienen razón ellos y yo no. ¿Sirve para algo estar aquí o es todo un engaño? Un pensamiento fugaz pasa por su cabeza, muy rápido, pero con la consistencia suficiente como para anidar. Tal vez los errores de Casandra no fueron gritar y tardar en tratarse, si no forzarse a encajar. Por qué no puedo estar yo al otro lado de la ventana.

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