Donde la memoria se quiebra

Donde la memoria se quiebra

Alex

14/07/2026

Me senté sobre el sofá en el que tantas veces nos habíamos besado. Pablo estaba frente a mí,

inusualmente vestido, pues solía ir a dar clase mucho más desenfadado. Llevaba un pantalón

de pinzas, un polo y mocasines. Parecía como si se hubiese disfrazado para el encuentro, con

la intención de parodiar a un personaje que no era él mismo.

Me pidió que le contase cómo había sido el proceso, cómo me encontraba ahora en esa

situación, las cosas que pasaron y seguían pasando por mi mente. Me costaba, de pronto,

confiar en él. Sospechaba de sus gestos, su ropa y su mirada inquisidora. Sentía urgencia por

desahogarme, pero, a pesar de los tres años de relaciones intermitentes, había algo en aquella

puesta en escena que me revolvía las tripas.

Mientras hablábamos, miró el reloj y bostezó en un par de ocasiones. ¿Cuál era el verdadero

motivo de su interés por mi reciente locura? Aunque siempre había creído que lo amaba,

comunicarme con él era como darse de bruces contra una pared. Lo mismo que me atraía de él

era, a la vez, lo que más rechazaba: su trato frío y manipulador, su falta de empatía, la dureza

de sus palabras cuando yo hacía algo que lo ofendía o molestaba.

Le amaba de puntillas, más por la fe en el sentimiento en sí mismo, más por obstinación

malsana, con temor y dudas. Le amaba como se rodean los vértices de las cosas o los

precipicios, con miedo a dar un paso en falso y que se desmoronase todo aquel constructo de

Pablo en el que yo había depositado mis expectativas.

Al principio del encuentro ni quise subir a su casa ni quise tomar café, pero, como me pasaba

siempre con él, acababa cediendo a sus peticiones, como si en desprenderse totalmente uno de

su propia voluntad alcanzase las más altas esferas del sentimiento amoroso.

Su actitud me estaba enervando y me costaba mantenerme lúcida, pues solo llevaba una semana

tomando olanzapina y seguía viendo señales obscenas en todas las cosas. Las últimas semanas

me había vuelto un detective que analizaba cada palabra y frase; se quedaban resonando en mi

mente como un largo eco, y yo las revisaba intentando darles sentido estrechando sus múltiples

significados y matices. En aquella época, nada me parecía azaroso ni casual.

Pero en ese salón, completamente expuesta y forzada a dar una explicación de lo que, a los ojos

de los demás, era una chaladura, me arranqué a hacerle aquella pregunta:

—¿Tú no estarías allí aquella noche, verdad, Pablo?

—Paula, yo te conocí por Tinder, me gustaste y aquí estamos.

Reinó el silencio. Bajé la mirada. Me sentía incómoda. De pronto, no supe dónde poner las

manos.

—Pero aquella noche… recuerdo las voces, los hombres, el olor animal de un cuerpo sobre el

mío. Creo que iba borracha.

—Sí, ibas borracha…

Tal vez Pablo pensaba que era divertido, o un simple juego, sacarme de mis casillas, contribuir

a la paranoia, verme surcar el mar de la duda y la inestabilidad. Pero, como me solía pasar con

él, no supe muy bien qué contestar. Me entraron unas ganas terribles de huir. Era mucho más

seguro aferrarse al diagnóstico de los médicos, creer que todo aquello era fruto de mi

imaginación enfermiza.

Cuando dimos por finalizado el encuentro, regresé a mi casa. Recordé nuestra primera cita.

Recordé la forma en la que giró el rostro cuando aparecí en el salón de su casa. La vergüenza

o el miedo al rechazo o la culpa. Recordé el tacto tibio de su piel contra la mía todas aquellas

veces en las que nos habíamos acostado. Lo intuí familiar. Recordé algunas palabras, frases,

comentarios que me habían descolocado todos estos últimos años.

Fantaseé con la posibilidad de que él hubiese estado allí aquella noche. Fantaseé con la idea de

que una noche así hubiese sucedido en la realidad y no en mi imaginación, aunque, cuando los

médicos me preguntaban, yo era incapaz de confesar mis verdaderas creencias por la vergüenza

y el miedo a decir algo totalmente irreverente que me acabase llevando al ala de psiquiatría del

hospital de Valencia.

¿Qué tenía yo en mis adentros que me hacía pensar que una situación así se pudiese haber dado

en mi vida, en la realidad? ¿Por qué mi paranoia no tenía que ver con los marcianos o con el

asesinato de Kennedy? ¿Por qué tenía que ser algo tan maquiavélico? ¿No era aquella paranoia,

tal vez, reflejo de mis instintos más primarios? ¿De mis miedos más profundos? ¿Por qué me

definía de pronto ese pensamiento obsesivo? ¿Era yo mi paranoia, o mi paranoia venía de otro

mundo inexplicable y lejano?

El psicoanálisis había pasado de moda, pero yo me encontraba batallando contra todas estas

ideas mientras regresaba al relato original y a los diálogos que había mantenido con una de las

sombras que poblaron mi cuarto aquella noche.

Recuerdo que uno de ellos quiso socorrerme o aliviarme, preso quizás del remordimiento.

Recuerdo ese cuerpo tumbado junto al mío, hablándome en susurros. Recuerdo que me dijo

que era profesor como yo, que no le juzgase por lo que había hecho, que el mundo duda

constantemente acerca de lo correcto y lo incorrecto, que la moral era relativa.

Recuerdo cómo un amigo dijo con voz socarrona:

—Venga, hombre. ¿Te has enamorado de ella ahora o qué?

Minutos antes de que abandonasen el cuarto y me quedara sola, en la penumbra, llorando de

rabia.

Recuerdo muchas cosas que son tan lúcidas en mi memoria y tan tangibles como el vaso que

estoy sujetando ahora mismo en la mano o la dosis de olanzapina que me tocará engullir esta

noche… o tal vez solo quise dotar a Pablo de aquella humanidad que tantas veces me había

negado.

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