Me senté sobre el sofá en el que tantas veces nos habíamos besado. Pablo estaba frente a mí,
inusualmente vestido, pues solía ir a dar clase mucho más desenfadado. Llevaba un pantalón
de pinzas, un polo y mocasines. Parecía como si se hubiese disfrazado para el encuentro, con
la intención de parodiar a un personaje que no era él mismo.
Me pidió que le contase cómo había sido el proceso, cómo me encontraba ahora en esa
situación, las cosas que pasaron y seguían pasando por mi mente. Me costaba, de pronto,
confiar en él. Sospechaba de sus gestos, su ropa y su mirada inquisidora. Sentía urgencia por
desahogarme, pero, a pesar de los tres años de relaciones intermitentes, había algo en aquella
puesta en escena que me revolvía las tripas.
Mientras hablábamos, miró el reloj y bostezó en un par de ocasiones. ¿Cuál era el verdadero
motivo de su interés por mi reciente locura? Aunque siempre había creído que lo amaba,
comunicarme con él era como darse de bruces contra una pared. Lo mismo que me atraía de él
era, a la vez, lo que más rechazaba: su trato frío y manipulador, su falta de empatía, la dureza
de sus palabras cuando yo hacía algo que lo ofendía o molestaba.
Le amaba de puntillas, más por la fe en el sentimiento en sí mismo, más por obstinación
malsana, con temor y dudas. Le amaba como se rodean los vértices de las cosas o los
precipicios, con miedo a dar un paso en falso y que se desmoronase todo aquel constructo de
Pablo en el que yo había depositado mis expectativas.
Al principio del encuentro ni quise subir a su casa ni quise tomar café, pero, como me pasaba
siempre con él, acababa cediendo a sus peticiones, como si en desprenderse totalmente uno de
su propia voluntad alcanzase las más altas esferas del sentimiento amoroso.
Su actitud me estaba enervando y me costaba mantenerme lúcida, pues solo llevaba una semana
tomando olanzapina y seguía viendo señales obscenas en todas las cosas. Las últimas semanas
me había vuelto un detective que analizaba cada palabra y frase; se quedaban resonando en mi
mente como un largo eco, y yo las revisaba intentando darles sentido estrechando sus múltiples
significados y matices. En aquella época, nada me parecía azaroso ni casual.
Pero en ese salón, completamente expuesta y forzada a dar una explicación de lo que, a los ojos
de los demás, era una chaladura, me arranqué a hacerle aquella pregunta:
—¿Tú no estarías allí aquella noche, verdad, Pablo?
—Paula, yo te conocí por Tinder, me gustaste y aquí estamos.
Reinó el silencio. Bajé la mirada. Me sentía incómoda. De pronto, no supe dónde poner las
manos.
—Pero aquella noche… recuerdo las voces, los hombres, el olor animal de un cuerpo sobre el
mío. Creo que iba borracha.
—Sí, ibas borracha…
Tal vez Pablo pensaba que era divertido, o un simple juego, sacarme de mis casillas, contribuir
a la paranoia, verme surcar el mar de la duda y la inestabilidad. Pero, como me solía pasar con
él, no supe muy bien qué contestar. Me entraron unas ganas terribles de huir. Era mucho más
seguro aferrarse al diagnóstico de los médicos, creer que todo aquello era fruto de mi
imaginación enfermiza.
Cuando dimos por finalizado el encuentro, regresé a mi casa. Recordé nuestra primera cita.
Recordé la forma en la que giró el rostro cuando aparecí en el salón de su casa. La vergüenza
o el miedo al rechazo o la culpa. Recordé el tacto tibio de su piel contra la mía todas aquellas
veces en las que nos habíamos acostado. Lo intuí familiar. Recordé algunas palabras, frases,
comentarios que me habían descolocado todos estos últimos años.
Fantaseé con la posibilidad de que él hubiese estado allí aquella noche. Fantaseé con la idea de
que una noche así hubiese sucedido en la realidad y no en mi imaginación, aunque, cuando los
médicos me preguntaban, yo era incapaz de confesar mis verdaderas creencias por la vergüenza
y el miedo a decir algo totalmente irreverente que me acabase llevando al ala de psiquiatría del
hospital de Valencia.
¿Qué tenía yo en mis adentros que me hacía pensar que una situación así se pudiese haber dado
en mi vida, en la realidad? ¿Por qué mi paranoia no tenía que ver con los marcianos o con el
asesinato de Kennedy? ¿Por qué tenía que ser algo tan maquiavélico? ¿No era aquella paranoia,
tal vez, reflejo de mis instintos más primarios? ¿De mis miedos más profundos? ¿Por qué me
definía de pronto ese pensamiento obsesivo? ¿Era yo mi paranoia, o mi paranoia venía de otro
mundo inexplicable y lejano?
El psicoanálisis había pasado de moda, pero yo me encontraba batallando contra todas estas
ideas mientras regresaba al relato original y a los diálogos que había mantenido con una de las
sombras que poblaron mi cuarto aquella noche.
Recuerdo que uno de ellos quiso socorrerme o aliviarme, preso quizás del remordimiento.
Recuerdo ese cuerpo tumbado junto al mío, hablándome en susurros. Recuerdo que me dijo
que era profesor como yo, que no le juzgase por lo que había hecho, que el mundo duda
constantemente acerca de lo correcto y lo incorrecto, que la moral era relativa.
Recuerdo cómo un amigo dijo con voz socarrona:
—Venga, hombre. ¿Te has enamorado de ella ahora o qué?
Minutos antes de que abandonasen el cuarto y me quedara sola, en la penumbra, llorando de
rabia.
Recuerdo muchas cosas que son tan lúcidas en mi memoria y tan tangibles como el vaso que
estoy sujetando ahora mismo en la mano o la dosis de olanzapina que me tocará engullir esta
noche… o tal vez solo quise dotar a Pablo de aquella humanidad que tantas veces me había
negado.
El libro del taller
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