ESO

Sales del consultorio con los perversos exámenes que confirman eso y la referencia para sacar cita con el subespecialista en la mano. Son las armas que te dan para la batalla. Pagas la consulta pensando si ese tipo de servicio debería cobrarse.

La secretaria te entrega una factura que huele a lástima. Todo apesta, sabe, se ve, respira, oye y siente diferente cuando sabes que te vas a morir. No es que te queda menos tiempo, sino que ya se te acabó. Por culpa de eso.

Avanzas, notando el resto de pacientes sentados en fila para entrar a la cita. Están jugando sin querer a las sillas calientes. Exudan esperanza en la espera. Te preguntas si recibirán buenas noticas o si ya son compañeros con fecha de expiración. Aceptas que además de eso que no debería estar ahí, algo más crece en tu interior. Lo identificas sin problema: es el odio hacia a los que van a seguir con vida. Todos están ahí, esperando a ser llamados, sudando esperanza. Sostienen sus papeles y sobres, que, a falta de la hermenéutica requerida, no son más que hojas e imágenes con datos e información ininteligible. En una interpretación positiva reside la siniestra ilusión a la que se aferran. Ingenuos.

A cada paso cuestionas la etimología pérfida de la palabra médico y su sentido. Se supone, porque una vez lo leíste en uno de los tantos escritorios frente a los que tuviste que sentarte para explicar y volver a explicar lo que te pasaba, que viene del latín medĭcus que significa cuidar, pero en la cita y después de ella más bien te embarga el sentimiento de abandono.

Tomas el elevador y bajas un piso. Recoges otro paquete a tu nombre, esta vez con una ecografía. Sacas la imagen. Lees las notas pero no entiendes nada. Encuentras a eso y dices «ahí estás, maldito». Te percatas de haberlo hecho en voz alta porque todos te están viendo. Metes las hojas de nuevo en el paquete y lo tiras en el primer basurero a la vista. No quieres adicionales.

Pasas de largo por la farmacia. No compras los medicamentos que se especifican en la receta. No te interesa. No sacas la cita con el subespecialista en abominaciones innombrables. Carece de lógica. La muerte llega, sin medias tintas. Es un se acabó que no vale la pena retardar. Ya está.

Dejas atrás la clínica. Estás en la acera. Te pega el sol de frente. Lo recibes con largas respiraciones tratando de absorber algo que no sabes que es. Llevas cinco minutos ahí, frente al cruce peatonal. Viendo al frente. Una mujer con un bebé en brazos sale del hospital y se pone a tu lado. Ante la inmovilidad que te domina, ella pasa el brazo por encima de tu paquete y presiona el botón que activa el semáforo. Sin antesala, empiezas a cruzar. La luz sigue en verde. La mujer te grita. No la oyes. El bebé llora. No lo escuchas. Una sirena con luces giratorias se acerca desde el norte a velocidad extrema. Tampoco la determinas. Te detienes en la mitad de la calle sin darte cuenta de la escena que has dibujado: estás parado antes la línea amarilla que separa los carriles. Con tu paquete de exámenes-sentencia, las recetas de los medicamentos que nunca vas a comprar, la referencia al siguiente médico al que no vas a ir y la factura lastimera en las manos.

El conductor de la ambulancia maniobra para no atropellarte y pierde el control, estrellándose contra el poste que habilita el paso seguro de quienes pretendían cruzar cuando se pusiera en rojo. El impacto te saca del bardo. En ese momento tus ojos se llenan de las imágenes que te rodean y tus oídos vuelven a recibir sonidos. Comprendes que ya no estás en el consultorio del médico sino afuera del hospital y te preguntas porqué están muertos una mujer y su bebé, si ellos no tenían eso.

Puntúalo

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