Es martes, seguro. Es muy difícil mantener la mente clara cuando todos los días sostienen el mismo paradigma. Pero es martes como todos los martes.

Lo cantan sus huesos. Y la ausencia del repiqueteo de las alegres campanas de San Miguel ayer. No importa que la hoja del calendario diga LUNES. Todos los días secos han caído del calendario para ir cumpliendo con la ilusión de que lleguen los buenos; y aunque no está segura de haber volteado en plazo las hojas del calendario, hoy es martes porque hace una semana de siete días también lo era.

Recuerda muy bien el martes pasado porque no fue idéntico a todos los anteriores. El día con el que se golpea es el que viene Julianna a ayudar en casa, sin hora fija, cuando puede. A lo largo de las semanas, quizás meses, no está claro, dos mujeres, con el virtuosismo que otorga la costumbre, han perfeccionado un absurdo ritual fragmentado que sostiene una relación incomprensible para aquellos que no la habitan.

Cada bendito martes, la intuición del estruendoso chasquido de la llave que quiere abrir la puerta levanta velozmente a Julia de su raído butacón, tanto como se lo permite su decrépita crisálida. Asoma al vestíbulo su cabeza color topo y observa cómo un rayo oscuro dibuja a contraluz la figura de la oronda Julianna. Julianna cruza el umbral mientras entona un ¡buenas tardes doña Julia! con tremendo derroche de musicalidad cubana. Observa la cabeza flotante de Julia e imagina la transparencia de su cuerpo con afilada mente clínica. El primer fragmento del ritual se ha completado y el vestíbulo de la casa transmuta en el escenario de un duelo bajo la opaca lámpara recubierta de ácido polvo para dar paso al momento clave de la ceremonia semanal, un lacónico intercambio de turbias miradas que van del negro obelisco al crisantemo blanco ajado en un efímero y discontinuo segundo.

Todos los martes antes del martes golpeador, se planificaba un desestructurado protocolo de limpieza que nunca se completaba porque era necesario firmar un inestable armisticio antes de que se desatara la guerra. Los ingobernables mechones ratoniles de Julia se escabullían en el desvencijado sofá verde marcando distancia al aroma invasivo de la impenetrable mujerona. La mujer crisantemo esperaba a que Julianna no encontrara un propósito adecuado a su humor y solicitara su guía. El sombrío monolito entraba en el salón y repetía aquello de “¿hoy doña tenemos que ordenar?”. Y si pronunciaba doña con doble eñe, “siempre hay que ordenar en esta casa, bien lo sabes querida” era la desgastada respuesta incorrecta; la doble eñe no admitía otra replica. Julia intuye un íntimo y caluroso no-se-qué en esa sombría mujer cuando pasan por sus manos las sábanas de hilo de su ajuar, o sus amarillentos camisones de encaje o su desportillada vajilla de porcelana. Ordena pero sin ningún concierto y dobla y aprieta y apila y crea espacio para guardar algo que no va a llegar. Si fuera supersticiosa, Julia creería con temeroso fervor que Julianna posee una facultad mágica y ancestral tan poderosa que puede absorber con sus manos la vida de aquellos que han tocado los objetos que ella atesora. No se lo confiesa ni siquiera a si misma pero se observa en el espejo todos los martes, antes y después de la llegada de Julianna, y juraría que le falta rojo carmín y le sobra gris ceniza.

Todos los martes hasta aquel fatídico martes, las dos mujeres han practicado un fallido ritual de limpieza. Ordenar, guardar y desechar. Doloroso rito desechar. Julia tiene lucidez suficiente para no ignorar las señales; son inequívocas. Es imposible continuar en este precario hormiguero, pero también resulta imposible oler la derrota inevitable. No puede digerir esa terrible palabra, de-rro-ta, ni siquiera masticando cada minúscula sílaba por separado. Revisar a la baja es demoledor, desesperante.

Y todos los martes, hasta aquel violento martes, ha jugado el juego de Julianna, porque no necesita ninguna luminaria feroz para saber que los días verdes caen del árbol marrones y que las hojas no son infinitas como tampoco es infinito el insidioso lugar al que se dirige obligada, sin opción a elegir. Evoca las tardes de protocolo de limpieza en las que el crisantemo encanecido cede ante el monolito tenebroso que se oculta tras una carita de niña satisfecha en el que “doña, esas sábanas están viejas” significa ganar un juego de posesión equívoca al que se aplica con untuosa insistencia. Julianna desconoce que el inane duelo estaba ganado antes de empezar a pelear. No era necesaria ninguna sofisticada estrategia porque estaba señalado el día último; sobraron aquellos “doña” con dos eñes que increpaban a la dueña de los caducos platos que no usaba y a la poseedora de libros antiguos, que no viejos, para que se deshiciera de lo inserviblemente humano. Julia callaba porque sabía que aquellos precisos recuerdos no podían acompañarla.

Pero aquel martes funesto fue distinto. Siempre hay un antes y un después. Aquel martes hubo un ahora.

El ritual baldío se reproduce como todas las tardes. Dos mujeres pulimentadas por el transcurso de la vida. Brillante negro, de una sola pieza una. Iridiscente nácar, polifacética otra. Dos gatas hambrientas que compiten por comerse el mismo indigesto ratón.

Esa tarde Julia escucha un zumbido mezzo forte en el interior de Julianna que se sobrepone al tintineo del llavero cayendo en su bolso. Se han extirpado los signos de exclamación del “buenas tardes doña Julia” y la doble eñe es más palatal que nunca. Su polvoriento cuerpo oculto en el salón se estremece ante aquella ufana oscuridad que irradia la introvertida Julianna. El desconcertante zumbido se asemeja al de los insectos encerrados en un terrario. Tras un silencioso segundo eterno, la negrura extensa habla.

–––Hay que terminar de tirar lo que no sirve. ––– Se dirige dura y sin conmiseración alguna al vestidor–––. Y lo sucio.

–––¡Por favor Julianna! ¡No puedo!––– implora Julia asomando su exhausto cuerpo entero –––. ¿Por qué no lo hacemos la semana que viene y ordenamos lo que queda? ¿No te apetece ordenar, querida?

–––Julia, no hay vuelta atrás. Lo que no puede ser, no es. No puede quedarse.

–––¡No quiero irme, no quiero! Soy capaz de cualquier cosa.  ¿Me has entendido? ¡De cualquier cosa! ¿Estás segura? Esta es mi casa y…

–––Segurísima, doña.––– Interrumpe el queijdo inmisericorde–––. Y no mencione a la pelona de nuevo. Ya sabe que trae mala suerte. Vamos a preparar la maleta. Recuerde: lo imprescindible.

Julianna se reviste con prosódica sorna cubana, sujeta por el brazo huesudo a la desmayada Julia y, pétrea, la conduce al desnudo vestidor. Sentada en una cochambrosa silla, la mujer polvorosa contempla asombrada cómo la eficiente Julianna calibra con sus enormes manos el grosor de sus abandonados vestidos y el exiguo valor de sus ajadas sedas. El vestidor ha sido ocupado por un ropavejero. La maleta negro cuervo de la mujer urraca preside el desnudo habitáculo.

–––Esto ya no le hace falta––– decide e introduce un vestido de terciopelo verde con falda cuplé y aires de polka en la arrogante maleta. El perverso contenedor abduce los zapatos de charol a juego.

–––Ese vestido, no. Y los zapatos tampoco. No quiero dejarlos.

Julia se levanta con una enérgica determinación inesperada y rescata el trasnochado conjunto verde del agujero del olvido.

–––¿Dónde lo va a lucir? ––– Julianna calibra la liviandad de la agostada doña. ––– Seguro que no le vale––– reprocha con un desprecio mal disimulado.

–––Sí que me vale. ¡Mira! ¡Mi talla no ha cambiado! –– Julia se pone por encima el verde; Julianna la mira cáustica. ––– ¿Ves? Me lo llevo.

–––El martes que viene llegará. No van a admitirlo. ¿Por qué no los deja en la maleta? ––– concluye contundente y lóbrega.

Julia recoge su verde tesoro y sale del vestidor con el resto de su ya menguada dignidad dejando una estela de aire impregnado de ácaros. Julianna se transmuta en piedra basalto brillante mientras elije los deshechos de la ropa de Julia.

El martes del delito no hubo tampoco despedida. Julianna marchó dejando atrás una vaharada de naftalina con su maleta cargada y Julia permaneció cobijada en el sofá verde con el vestido verde esperanza en su antiguo regazo. Las mujeres permanecen en los extremos de una onda de furia, envidia, rabia y desprecio que vibra en el espacio de la casa.

Ese martes, el martes verde, sin la carga negra que impone el desechar, Julia se pregunta qué habrá sido de aquellas postales que compró con Miguel en los puestecillos del Rastro, esas postales tan denostadamente viejas que la magnética Julianna se llevó y no tiró. Y qué cuerpo acariciará la blusa de seda roja que alumbró fútiles devaneos con impersonales galanes sobre nubes rosas que acaparan la luz del sol al atardecer. Intenta recordar en qué lugar siniestro se han guardado las fotos de su hijo sin sus desconchados marcos porque no queda un lugar al que llevarlas. Julia se pregunta dónde enterrará la negra morganática los camisones de encaje y las sábanas que acariciaron sus noches, y las vajillas donde se sirve el alimento de los recuerdos. Porque sus carnes no son más que un pudridero nada celestial para baratijas deshabitadas. Tan ufana ella de su insignificante rapiña que no es tal.

Desde ese martes pasado hasta el martes actual, Julia ha usado el rojo carmesí restante para ordenar lo gris que aun resta y convertirlo en nácar policromado.

El MARTES ha llegado con Julianna y dos hombres vestidos con una aséptica bata blanca. La cabeza de la mujer crisantemo no sale a recibirla escondida tras la pared del salón.

La contundente energía negra monolítica invade la casa de Julia. Nada escapa a su poder. Un escudo invisible de alabastro protege a un ratoncillo sentado en el butacón verde con un vestido verde y zapatos verdes. Hay un vacío incompleto sin los ligeros pasos de las flores en el cristal y no se puede despojar de sus alas a las mariposas atrapadas en el sueño.

Junto a la mujer verde hay un sobre con el nombre de Julianna escrito en el envés. En el revés se ha escrito con rendondilla el nombre de Julia.

La urraca vestida de negro brillante abre el ascético sobre que guarda una hoja escrita con puño y letra.

Yo, Doña Julia Montes de Guimaray, en pleno uso de mis facultades, lego todas mis pertenencias a Julianna Mboté. Mi última voluntad es ser enterrada en el nicho de mi propiedad, sito en el cementerio de los pobres, con el epitafio “Juntos en el silencio eterno que nos comió la vida”.

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