
La masa de gente se había interpuesto entre Conchita y Francis. Entraron juntos al vagón, pero fueron empujados por un colectivo de anónimos y en forma de ola traicionera. En un abrir y cerrar de ojos se vieron desplazados y posicionados en lugares diferentes. Se quedaron como a un metro y medio de distancia el uno del otro. Ella se agarraba con las dos manos a la barra metálica e intentaba estar lo más replegada sobre sí con el fin de invisibilizarse lo máximo posible. Tenía delante a una señora con la espalda al descubierto llena de lunares, una señora o una chica, no sabía muy bien. El estaba de espaldas a ella y lo veía a duras penas si miraba entre las cabezas que se interponían entre ella y su marido. No sé ni para que he ido a la peluquería, me van a espachurrar el pelo. Qué vaivenes pega esto. Mira que se lo he dicho, que cogiéramos un taxi, pero nada, él en su línea, cada vez más tacaño. Yo no me quedo otro verano en Madrid porque esto no hay quien lo aguante, este año me voy de vacaciones aunque sea yo sola, como que me llamo María Concepción de Guindos Smith que me voy.
Próxima estación: Sol. Las puertas del vagón se abrieron y Conchita se aferró más fuerte todavía a la barra. Salieron pasajeros escupidos del interior del vagón, pero también entraron otros procedentes de un andén abarrotado. Distintas caras o estaturas o tamaños, pero todo más o menos igual, aunque la señora de los lunares en la espalda continuaba en su sitio, inamovible y con todos los lunares en su sitio, por supuesto. Conchita calculó que el número de personas que cabía ahí dentro se había incrementado a juzgar por el nuevo apretón que sentía en el costado derecho. Incluso podríamos haber ido andando, que quien mueve las piernas ya se sabe, que tampoco hacía falta ir cogidos de la mano. Pero a éste si anda más de cien metros seguidos le sale sarpullido. Luego se extraña del barrigón que ha echado. Ahí está, al fondo, en su mundo, como buen sordo. No hace falta que me ponga de puntillas para localizarlo porque su calva es inconfundible, hijo mío, con las melenas que tenía cuando le conocí y qué rizos, ahora calvo perdido. Señora, me está clavando el bolso. Conchita notó unos golpecitos en el hombro y al girar la cabeza unos cuatro centímetros a su derecha, vio los ojos muy abiertos de un señor que intentaba separarse de su bolso a duras penas. No hace falta ponerse así, yo qué culpa tengo. El metro será todo lo rápido que tú quieras, pero aquí huele a cadáver y la gente te mira mal. Cómo haya otro frenazo acabo montada a caballito encima de la tía ésta. Un poco hortera sí es la pobre y casi va desnuda, con toda la espalda al descubierto, llenita de lunares, como yo. Se la ve joven, si ella supiera que esos lunares no paran de crecer y que luego se ponen gordos…Parece como si me costara respirar, qué mal rato estoy pasando. Qué tiempos aquellos, cuando Francis me contaba los lunares de la espalda. Qué cariñoso, que Don Juan era y mira ahora, comprando camas de dos metros para que estemos lo más lejos posible el uno del otro. Ya no me acuerdo si me dijo si eran treinta y ocho o dieciocho los lunares que había contado mientras me acariciaba con esas manos sabias. Lo hacía en voz alta, contemplándome desnuda y sabiendo que sería suya. Yo estaba boca abajo y sabía que estaba sonriendo por su forma de contar las motitas negras. Se recreaba recorriendo cada milímetro de mi piel erizada. Mi primer novio, mi primer marido. Han pasado demasiados años desde aquella tarde en la que me movía contra el colchón, desnuda, gustosa y queriendo más por momentos.
Próxima estación: Tirso de Molina. Conchita sonrió por primera vez en todo el trayecto recordando erotismos pasados y aquella canción que tantas veces había reproducido en el radio cassette de cuando era veinteañera y estaba soltera. Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal, dónde queda tu oficina para irte a buscar.
Las puertas del vagón volvieron a abrirse y en esa ocasión los viajeros arrollaron a Conchita y la expulsaron hasta el andén a pesar de aferrarse sin fortuna al sobado metal al que se sujetaba. En el leve forcejeo notó que la mano le quemaba un poco si se agarraba con más fuerza, de manera que se fue desenganchando de la barra. Así fue menos brusco y minimizó el quemazón. Gracias a que le sudaban las manos, le bastó con abrirlas, soltarse y dejarse ir a donde le llevara la corriente. Hasta cerró los ojos unos segundos, abandonándose a la marabunta humana, ya que su tabla de salvación se alejaba de ella, como la calva de Francis que parecía más lejos que nunca. No perdió el equilibrio de milagro. Entre la incredulidad y el miedo se encontró desamparada, en el andén, sola. Fue poco tiempo y sin embargo se le hizo eterno. Sonó el aviso de cierre de puertas y volvió a la realidad. En un ejercicio de fuerza inusitada entró de nuevo al vagón con los brazos por delante, empujando con fuerza para hacerse un hueco entre los otros cuerpos, a la vez que gritaba Francisssssss. Todo el mundo se giró menos el propio Francis, que seguía absorto jugando con el móvil al Sudoku y de espaldas a la película que estaba protagonizando su esposa. Conchita no sabía muy bien si llorar de alegría o de pena. De repente una voz le saco de la miseria de sus pensamientos. ¡Esta señora se está desmayando!!! ¿Hay algún médico en el vagón? ¡¡¡¡Ayudaaaa!!! La señora de los lunares no había resistido la avalancha de ida y vuelta y se desmayaba por momentos abandonando la verticalidad. Mi marido, mi marido. ¿Su marido es médico? No es médico, pero casi. ¿Como que casi? Ha trabajado más de cuarenta años en el Gregorio Marañón de enfermero. Francisssss. Nada. Ese hombre de ahí es mi marido, el de la calvita y polo azul marino, es sordo el pobre, por eso no se me oye. El señor que había dado la voz de alarma alargó el brazo al máximo de sus posibilidades y dio unos toques en el hombro de Francis. Misión cumplida. Francis se dio la vuelta para ver el panorama desolador que ocurría en dos metros cuadrados escasos. Encontró a Conchita con la mirada, la cual estaba despeinada, llorando, con la cara embadurnada de maquillaje y abanicando a la señora de los lunares. Como buen enfermero se puso manos a la obra, se arrodilló, colocó a la señora boca arriba y empezó a agitarla sin éxito, al ver que no reaccionaba, se puso a reanimarla como en

las películas y como tampoco funcionó, no le quedó más remedio que practicar el boca a boca que finalmente la devolvió al mundo de los vivos, junto con un aplauso generalizado de todos los que se hallaban en el vagón.
¡¡¡Gracias a mi marido está viva, dios mío, si no es por mi Francis se nos muere!!! Un pasajero considerablemente exaltado por el episodio dijo espontáneamente ¡¡¡Olé el caballero, bravo, bravo!!! ¡¡¡Menos mal que todavía queda gente buena en este mundo!!! ¡¡¡Bravo, bravo!!!
Salieron del metro en Pacífico y Conchita dio a Francis sus audífonos, ya que nunca los llevaba puestos en lugares ruidosos porque le generaban interferencias acústicas que le molestaban más que ayudarle. De un tiempo a esa parte se le hacía insoportable llevar los audífonos puestos fuera de casa.
— Qué haría yo sin ti, Conchita, estoy como una tapia, cada vez peor. — Dijo Francis, besándola en la frente.
— Déjate de tapias, ni rollos caracoleros, anda, ni tú mismo sabes lo que vales. —Se paró delante de él y le miró a los ojos. —Qué orgullo de marido, cariño mío, has salvado la vida a esa mujer.
Le miraba con diminutas lágrimas en los ojos.
— Anda, anda, no ha sido para tanto. —Miro a su mujer sujetándole la cara con las dos manos. ¿No me digas que estás llorando? ¿Qué pasa ahora?
— Lloro de alegría, de emoción, lloro al pensar la suerte que tengo, lloro y no sé ni por qué lloro.
Continuaron la marcha calle arriba. Conchita no se había dado cuenta que seguía despeinada desde la última batalla en el metro y se aferraba al brazo de Francis. Su marido no le dijo nada pues de alguna manera le divertía verla así, echa un desastre y lo mejor de todo era que ella no se había dado cuenta de las pintas miserables que llevaba. Solo cuando llearon al portal de sus amigos, Conchita vio su reflejo en el cristal, echándose las manos a la cabeza por el aspecto desaliñado que tenía. Francis la miró de arriba abajo y solo dijo.
— Estás tan guapa como siempre y yo te quiero igual, reina mía.
El libro del taller
OPINIONES Y COMENTARIOS