Cuando lanzo mis mensajes a las llamas, sigo con la vista el humo que generan tantos pensamientos positivos. Al bajar la cabeza, veo que la chica me sonríe. Escribo una nota que no quemo. Es el principio de mi nuevo relato.
La luna aún no está llena pero su estela sobre el mar guía a mi amiga para meterse bailando al son cubano. Yo empiezo a escribir en mi taco de notas. No todas las grandes historias de amor tienen el final que se merecen.
Nos quedamos observando el fuego de pie. Me fijo en una chica sentada en la arena a pocos pasos de mí. Tiene una expresión triste, aunque está recostada sobre el regazo de un chico. Me acerco a preguntarle si se le quedó algo pendiente por quemar y le ofrezco mi papel y mi bolígrafo. Me explica que el ritual no consiste en quemar lo malo, sino en pedir cosas buenas. Que no espera nada de nadie y por eso rara vez se siente defraudada. Cuando le pregunto por el chico que la acompaña sonríe: «Llegó cuando no lo esperaba. Se irá cuando menos me lo espere».
Decenas de personas queman sus mensajes escritos en papel. Tenemos que esperar para acercarnos a la pira. Mi amiga escribe y quema todo lo malo de su último año de terapia del cáncer. Yo llevo impresa la primera página de mi relato de los dos últimos años que escribí cuando creía que era el final.
En la arena hay dos grandes braseros metálicos de barrotes verticales llenos de tacos de madera, y sobre cada uno de ellos, un hombre y una mujer de paja, vestidos de blanco, con collares de flores, y con las caras y los labios pintados.
Están montando una barra para las copas en la valla del hotel donde nos alojamos. Es la misma playa que vine a limpiar tres meses atrás con un grupo de voluntarios.
Cuando anochece un grupo cubano toca en directo. Antes de bajar a la playa, le desbloqueo del WhatsApp. No quiero decirle nada, pero ya no tengo miedo a hacerlo.
Voy en el tren con mi amiga camino de las hogueras de San Juan, en Cádiz. Allí arderá.
Paseo con Laika por el camino que llevo meses evitando. Recojo sus heces y las meto en una bolsita. La voz oscura me susurra qué podría hacer si apareciera con su nueva pareja. Me río en voz alta. Hace años ya dejé de pasar por las calles de mi pueblo por otras personas. Ninguna de ellas sigue aquí. Yo sí.
Mientras los demás descansan, me voy sola a paso ligero hasta lo alto del pueblo. A un kilómetro, lanzo mi voz oscura fuera de mí, llorando. ¡Déjame en paz! ¡Déjame que cicatrice! Me quedo bajo una encina hasta que recupero el aliento. Dejo que mi cuerpo lidere la bajada de vuelta.
Subimos hacia la iglesia que preside el pequeño pueblo y en la ascensión descubro una palmera en mitad de un patio. Se alza solitaria entre las casas del pueblo. Desde la iglesia veo como el viento agita sus palmas y oscilan de un lado a otro como mi ánimo.
En el desayuno, leo en voz alta un texto sobre la ingratitud de la maternidad en la adolescencia. Vuelvo a sentir el mismo nudo en el estómago.
Escribo y reescribo mi relato de estos dos últimos años. Cada vez que lo hago vuelvo a esos momentos.
Es mayo, comparto naturaleza y escritura, música y poesía en un retiro literario.
Sin deshacer la maleta, descuelgo el cuadro de los iris ampliados que nos hicimos en una de nuestras escapadas. Recorto el suyo y lo tiro a la basura junto con la caja que escondí en el garaje. Ahora solo queda el mío.
Un evento de trabajo me lleva a Barcelona. Me acompaña mi hija. Recorremos juntas las ramblas llenas de flores preparándose para San Jordi. Nos topamos con la tienda de fotos de iris ampliados. Mi hija me propone hacer un cuadro con los nuestros. Disfrutamos de estar juntas por fin, vamos de compras, cenamos y bailamos en un piano bar de moda.
Les cuento a mis hijos cómo han sido estos dos últimos años sin ocultar ningún detalle. Me llaman y escriben a diario para saber cómo estoy, tanto ellos como sus parejas. También lo hago con todos mis buenos amigos. De todos recibo tantos abrazos de seis segundos y cariño que se va cerrando mi herida.
Camino seis kilómetros por el campo. Veo los primeros brotes en las ramas de los árboles y siento que me habla una voz oscura que remueve todos los detalles inconexos que ahora cobran sentido. Usa mis palabras y mis recuerdos para hacerme daño. Reniego de esa voz, pero vuelve para que le imagine con su nueva pareja. Quiero que se muera. Esta herida me desangra. Se me olvida que fui yo quien le planteó dejar nuestra relación antes de odiarnos.
La relación profesional no es sostenible. Pongo fecha en el calendario para terminarla. No tiene sentido esperar. He conseguido que entienda que debe vender nuestro deportivo. Es el último punto de sutura en mi herida.
Solo es el trabajo lo que nos une. Le ayudo a cerrar su negocio después de romper y creo un puesto en el mío. Quiero que avance profesionalmente. Compartimos coche y oficina. De cara a los demás solo somos amigos.
Llevo siete meses sin estar con él. Busca una excusa para pasar por mi casa. Se acerca a mí en los escalones de la piscina donde estoy sentada y noto su erección cerca de mi piel. Lo mantengo en secreto hasta para mi conciencia. Es solo un paréntesis. Nos seguimos queriendo con la misma fuerza. Eso es lo importante.
Ya no quedamos a tomar el aperitivo. Tampoco vamos a pasear juntos por el campo con Laika. Cesan las conversaciones recurrentes sobre el “nosotros” que ya no somos. Él solo quiere todo o nada conmigo. Me reconoce que con otras personas le sirve estar a medias.
Guardo todos sus recuerdos en una caja en el garaje. Escucho su último audio en el WhatsApp. Borro la conversación, las fotos de los últimos años y le bloqueo.
El mes de enero, alterno el maratón de doce horas de trabajo, con los paseos por el campo al final del día, los relatos para el taller de escritura y las clases de pilates. Solo Laika me despega del ordenador cuando teletrabajo y ella es la única razón para volver a casa pronto de la oficina. Tomo dormidina para evitar despertarme cada día a las tres, las cuatro, las cinco de la mañana.
Mis hijos y sus parejas vienen a abrir los regalos de Reyes. En cuanto se van, desmonto, y dudo si deshacerme del árbol de Navidad que compré estando casada y que decoramos cuando éramos una familia, pero acaba guardado con los demás adornos. La casa vuelve a estar ordenadamente vacía.
Amanecemos juntos el primer día del año, con esa sensación familiar de descanso físico y mental que hacía tiempo no sentía. Desayunamos con la cruda realidad y el sonido en vinilo de George Michael.
Me recoge en la estación del AVE. Nos besamos y excitamos como adolescentes mientras conduce el descapotable que compramos poco después de empezar nuestra relación. Las preuvas de la dos de la tarde, se prolongan como siempre hasta media tarde. Luego, cada uno nos vamos con nuestras familias a celebrar fin de año. Cuando los míos se van y me quedo sola, vuelo a su cama.
Mi Nochebuena familiar se traslada a Cádiz. Vamos en dos coches mi madre, mis dos hijos y nuestras mascotas. Todos deciden anticipar la vuelta a Madrid, pero yo compro un billete de tren para apurar mi tiempo en solitario en el mar hasta el día de nuestro último plan juntos.
Cada noche, antes de dormir, desnudos en la cama, hacemos videollamada y fantaseamos con cómo pasar el último día del año y de nuestra relación. Sin pensar en el año nuevo que nos espera, ni en los que dejamos atrás.
Esta es la primera página del relato, la que escribo cuando creo que este es el final.


El libro del taller
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