
La mujer entraba en el local a primera hora y se sentaba en una mesa a la derecha del escenario, cerca del micrófono en el que la cantante se colocaría poco después. Hacia algunas semanas, o éso me parecía, que venía dos o tres días. Desde mi puesto de técnico de sonido al fondo de la sala, la veía entrar, silenciosa, siempre muy arreglada pero nada estridente, mientras acababa de preparar el equipo. Todo tenía que estar equilibrado a la perfección. El grupo, y especialmente la cantante con aquella voz tan poco frecuente, había tenido un notable éxito en los últimos meses y era habitual que algún productor de festivales se dejara caer por allí para evaluar y disfrutar la excelente música que realizaban.
Todas las piezas tenían éxito, pero aquella versión del antiguo “Killing me softly…”, que la cantante arrancaba “a capella” mientras el grupo se le iba uniendo poco a poco, arrasaba cada noche. La mujer seguía el concierto totalmente concentrada, con los ojos fijos en el escenario y la tensión marcada en la posición recta de su espalda. Solía llevar el pelo recogido en una cola y vestía ropas estampadas, de colores claros, que contrastaban con los tonos más bien oscuros de los noctámbulos que frecuentaban el lugar. En su boca se dibujaba una media sonrisa que solo se borraba cuando se iniciaba aquella canción. Yo me había acostumbrado a fijarme en ella una vez que el concierto arrancaba y mi trabajo, con el sonido ya equilibrado, estaba casi resuelto. Mirándola descubrí que, al iniciarse la canción con aquel sonido gutural que parecía salir de lo más profundo de la garganta de la cantante, una lágrima solía resbalar por su mejilla. Yo veía tan solo uno de los lados de su cara, no sabía por tanto qué ocurría en el otro. No podía identificar si aquello era una lágrima furtiva o bien un llanto desencadenado. Por lo demás su postura no cambiaba, la espalda seguía tensa y la atención concentrada en el escenario.
Una noche pedí a mi compañero que me sustituyera un momento y caminé por detrás del escenario —como quién revisa o arregla alguna conexión, nada extraño dado mi trabajo— hasta que pude verla de frente. En ese momento arrancó la canción y pude observar como en pocos segundos la lágrima se deslizaba por su mejilla izquierda. No me pareció que más lágrimas se deslizaran por la otra mejilla. Para mi sorpresa, medio inclinado hacia adelante como estaba, noté como una lágrima humedecía mi mejilla mientras escuchaba aquella voz profunda y aquel bajo intenso que yo mismo había ecualizado con atención. Con un dedo recogí la lágrima y, sin dejar de mirar a la mujer de la cola, volví con paso profesional a mi sitio.
La espectadora siguió con su rutina y, tuve que admitirlo, yo había empezado ahora a esperarla. Algo en mi atención estaba pendiente de la puerta de la sala cuando se acercaba la hora en que solía llegar. Entraba caminando tranquila hacia aquella que para mí era ya “su” mesa. Un par de días después una pareja entró en la sala antes de que ella llegara y fue a ocupar, entre risas, aquella mesa. Sorprendido, no supe qué hacer. No sabía si iba o no a venir, de hecho nada sabía de ella. También podía sentarse en cualquier otra mesa si es que venía… Pero en un par de minutos ella entró, puntual, y se quedó mirando sorprendida la mesa ocupada, sin saber qué hacer. Sin pensarlo cogí un cable y me dirigí hacia la pareja sentada. Cuando pasé cerca de donde ella estaba le hice un gesto, casi imperceptible, como para que esperara. Con mi mejor sonrisa pedí a la pareja si podía cambiarse de mesa porque, a causa de un problema inesperado —“una urgencia”, creo que dije— tenía que pasar un cable por allí y no quería incomodarles. Me miraron con cierto desinterés y, siguiendo con sus risas, fueron a sentarse en otro sitio más cercano al escenario. La mujer seguía de pie a unos metros de la mesa. Repetí la señal de espera, retiré una de las sillas, hice pasar el cable por debajo de la mesa, simulé que lo conectaba en algún sitio imaginario y lo hice pasar hacia la parte posterior de la sala, cerca de un altavoz. Después fui hacia la pareja sentada y les pregunté si estaban cómodos allí. Sonrieron de nuevo. Y entonces fui hacia ella y la invité a sentarse en la silla restante, su silla. Una voz resonó en mi cabeza: “¿Qué estás haciendo?” La sonrisa que me dedicó fue un premio y una autentica respuesta sin palabras a mi pregunta.
La siguiente vez que vino a la sala me saludó con un suave gesto al entrar, antes de dirigirse a su sitio. Cuando la canción iba a empezar, y yo estaba ajustando los controles, la ví levantarse y venir hacia donde yo estaba. La sorpresa casi me paralizó. Se colocó frente a mí y me tendió la mano.
—¿Bailamos? —me preguntó con aquella sonrisa que me ha acompañado desde entonces.
Miré a mi compañero que asintió haciendo un gesto con la mano. Nos dirigimos hacia la parte de atrás de las mesas y nos colocamos de manera que los dos viéramos el escenario. La voz grave y profunda de la cantante arrancó. Bailábamos lento, muy lento, muy cercanos, descubría su olor y el tacto de sus ropas floreadas. Habrían pasado un par de minutos, el grupo había empezado a unirse a la cantante cuando una solitaria lágrima empezó a deslizarse por su mejilla. Con un dedo la recogí, me la llevé a la boca y noté su leve sabor salado, mientras nos mirábamos con una intensidad para mí desconocida hasta aquel momento.
A partir de aquella tarde ella volvió a la sala siguiendo su rutina habitual. Bailamos aquela canción algunos días, con intensidad parecida. El grupo y la cantante acabaron sus actuaciones y yo —incapaz de preguntarle, no fuera a romperse el hechizo— me quedé con la insufrible duda de si volvería a verla. Volvió dos días después cuando otro grupo iniciaba sus conciertos. Se sentó esta vez en una mesa más cercana al control de sonido, donde yo estaba. Al acabar el concierto se levantó y vino hacia mí. Silenciosa, me tendió una mano que tomé con enorme sorpresa. Estaba fría. Desde entonces estamos juntos. Nunca le he preguntado el motivo por el que “killing me softly…” la hacía llorar.
El libro del taller
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