Estrategias para levantarte

Estrategias para levantarte

David LHE

13/07/2026

Un rugido lejano, rachas de nieve, una tormenta de hielo dentro de una habitación blanca y hermética, una ventisca que brama en andanadas cortas, las ráfagas rojas en el techo, como la luz de una ambulancia aproximándose entre jirones de bruma, y detrás los pingüinos, una fila ordenada que te parece interminable, de nuevo los destellos rojos, ahora como el resplandor de un reloj electrónico que ilumina el cuarto, láminas enmarcadas en la pared, un estante con libros, una fecha y una hora escritas en el aire con líneas incandescentes, la ventisca se aleja, un zumbido que insiste, y lanzas tu mano para callar al despertador mientras la última neblina termina por deshacerse.

Las cortinas delante de la cristalera del balcón te dicen que ya amaneció. La puerta entreabierta del baño, el espejo y el armarito, que abres para dar inicio al día con las cápsulas blancas y rojas, agua y jabón, ropa interior, una corbata, un desodorante y también olor a café, el rumor de las noticias que otorgan contexto y peso a tu día recién estrenado. Este día tan diferente a todos. Tu Audi enfila los semáforos en verde de Gran Vía Dels Corts, sale por Plaza de Europa, se sumerge bajo tierra y te deposita en un rectángulo amarillo sólo para ti. Entras en el ascensor amplio, silencioso, que abre sus puertas en la planta veintitrés, frente al logotipo blanco y negro rotulado en las puertas de cristal que franqueas, recorres pasillos y dices Buenos días Alice antes de entrar en tu despacho con la ciudad a tus pies tras el gran ventanal del fondo. Te espera tu ordenador con la agenda a la vista: reunión con Gonzalo, revisión de costes, vídeo con la Zona Franca y luego la otra vídeo con Munich para asignar el Voren 30. Pero antes de entrar en faena buscas una primera máxima a la que agarrarte para comenzar el día. Te preguntas ¿qué es un fracaso? Un silencio largo tras un discurso, el colapso de una startup en su segundo año, la muerte de un hijo con 18 meses… ¿Son fracasos? Te contestas que no importa la dimensión del fracaso porque de cada uno se aprende algo.

*

—¿Hay un ganador por aquí?

Gonzalo Castelar ha entreabierto la puerta de tu despacho y asoma la cabeza. Ves su sonrisa forzada, la habitual corbata provocativa, suspendidas en el aire. No lleva chaqueta, esta es su casa. Sin esperar tu respuesta introduce el resto del cuerpo y, con paso firme pero tranquilo, se acerca hasta donde tú estás trabajando con el ordenador. Se sienta en una esquina de la mesa. Esos segundos te han permitido armar tu coraza: estirar la espalda, cruzar los brazos, recostarte hacia atrás en la silla y lanzarle tu mejor sonrisa.

—¿Cómo estamos, Adrián?

—Estamos estupendamente, Gonzalo. Listos para la videoconferencia de esta tarde.

Gonzalo se inclina hacia adelante y te guiña un ojo sin dejar de sonreír.

—No habrá vídeo. Lena y Alexander están volando hacia aquí —deja en el aire su frase y espera que atraviese tu coraza. Ladeas ligeramente la cabeza y arrugas el entrecejo aguardando el resto—. Y los holandeses vienen con ellos –remata.

—Pero… ¿Los holandeses no hicieron su presentación ayer?

—No sé por qué, pero en Munich han decidido recibir las dos propuestas al mismo tiempo. Aquí. Será a la una en la sala de juntas —Tu cuerpo se contrae un milímetro y notas cómo Gonzalo lo disfruta. Como un entomólogo cruel, te dices—. Ahora repíteme lo de que estamos estupendamente.

Es verdad que ha sido un año duro para ti, después de la tragedia tardaste casi seis semanas en reincorporarte, y te costó recuperar el ritmo. Pero los últimos meses has estado genial, a tu mejor nivel. Todo el equipo lo ha reconocido. Ayer lo tenías todo controlado, no hay motivo para los nervios, y te recuerdas que la templanza es el arte de ocultar tus debilidades al adversario.

—Estamos estupendamente, Gonzalo.

—¿Harás algún cambio en la presentación?

—Me pondré zapatos en lugar de chanclas.

Gonzalo ríe. Te levantas y le extiendes el antebrazo con energía por encima de la mesa, lo engancha y disputáis un pulso rápido, vuestro pequeño juego privado. Enseguida te suelta y se aleja hacia la puerta. Antes de salir, como siempre, se gira y te señala con el índice. Tú eres el ganador.

*

Hay un fallo. Estás seguro. Pero, ¿dónde? Tienes que encontrarlo tú porque si lo encuentran ellos será una inmensa cagada. Tú has elegido la vía del éxito, así que hoy, también, lo más trascendental en tu vida es encontrar ese fallo. Los plazos de montaje no pueden ser porque los han repasado Alice y Fran hasta tres veces con el equipo de la factoría. Ahí todo está bien. Tal vez la nomenclatura, el puto naming, como dice Fran. Pero no, está bien así, bastante sugerente pero con margen para que los alemanes puedan opinar. También puede ser alguna tontería de los antecedentes, la historia previa del Voren. No es esencial, pero un dato equivocado siempre genera mal ambiente. Vuelves hacia el principio de la presentación, pantalla a pantalla, y te detienes en el gráfico de los flujos de trabajo, pequeños cuadros de texto ordenados por columnas. Tu atención se fija en una figura repetida que recorre todo el fondo de la composición, por detrás de las cajas de texto. Te quedas helado, observándolo, intentando comprender qué hace ahí ese motivo.

Suena el teléfono y atiendes con la mirada fija en el monitor.

—Disculpa, Adrián, acaba de llamar…

—Perdona un momento, Alice, —la cortas— ¿has sido tú la última en revisar la presentación para Munich?

—Sí. Esta mañana. ¿Por…?

—Verás, me parece que los tableros Kanban tienen un fondo demasiado informal. Cámbialo, por favor.

—Un momento, Adrián, deja que le eche un vistazo… —escuchas el silencio de Alice al otro lado del teléfono.

Tu columna descansa en el respaldo de la silla mientras vuelves a preguntarte qué mierda tiene que ver ese dibujito con el resto de la presentación.

—Ya lo veo —te contesta Alice—. ¿Por qué te parece informal?

—Verás, es un poco infantil, ¿no? Esos pingüinos no tienen relación con el producto, ni con el proceso de fabricación…

—No son pingüinos, Adrián.

—¿Cómo dices?

—Es el logotipo de la empresa, un poco difuminado —Alice espera tu confirmación. Entornas los ojos y miras la pantalla más de cerca. No estás respondiendo y Alice te insiste—. Es el logo girado y difuminado. Aparece así también al principio, en la parte histórica, pero aquí va con el fondo azul claro.

Con el teléfono pegado a la oreja, te aproximas tanto a la pantalla que puedes diferenciar cada uno de los puntos del monitor que definen la alargada figura blanca y negra. Es el símbolo de la empresa. Para ti parece otra cosa, pero es justo lo que te ha dicho Alice. Hace frío detrás de ti. Sientes el iceberg acercándose otra vez, inmenso, tan blanco, tan absurdo… Te estiras en la silla e intentas escapar a la tormenta de nieve.

—Bien, bien… —Reculas—. Perfecto. Todo perfecto. Déjalo así. ¿Algo más…?

—Sí —te dice Alice—. Acaba de llamar tu exmujer para saber si ibas a asistir esta tarde a la misa de aniversario. No ha dicho más.

La niebla helada sobrepasa tus hombros, desciende por los brazos, se hace fuerte en tus manos y demora tu respuesta.

—Vale, gracias. Si vuelve a llamar dile que luego hablaré yo con ella.

Miras a través del ventanal. ¿Hay unas ráfagas rojas sobre el paisaje blanco…? Distingues la masa boscosa del Castell de Montjuïc a la izquierda, al fondo, el puerto de Barcelona, las terminales de carga, los enormes depósitos de combustible, el laberinto de contenedores, después un mar sucio y el cielo pálido tras la bruma. Te acercas al perchero, tomas del bolsillo de la chaqueta el blíster de tus cápsulas y sacas una. Un óvalo blanco y rojo como un diminuto depósito de gasoil en la palma de tu mano. Recuerdas: todo lo que deseas de verdad se encuentra más allá de tu miedo. De la pequeña nevera, junto al sofá, sacas una botella de agua y le das un trago largo. Con el segundo trago la cápsula desaparece hacia abajo por tu garganta.

*

Ahora las presentaciones han acabado. Lena y Alexander, en nombre de la central, han agradecido el trabajo de las dos factorías. Tú te has obligado a reconocer que los holandeses, un hombre y una mujer impecables dentro de sus trajes casual, lo han hecho muy bien. En Amsterdam no quieren perder el Voren. Pero tú y Gonzalo estáis tranquilos: sus datos no son tan buenos como los vuestros. Así es como lo has visto.

Sin embargo, Alexander, con su forma de hablar dura, seca, ha iniciado un discurso errático sobre las virtudes que veía en cada propuesta para Munich. Te ha parecido frío, esquivo, como si tuviera miedo a que alguien le moviera la silla bajo el culo. Y Lena, a su lado, mostraba una sonrisa excesiva. Entonces te has dado cuenta: todo estaba decidido de antemano. En Munich habían montado este pequeño teatro solamente para consolar a los españoles. Vámonos a Barcelona un fin de semana a costa del Voren, era la frase que resonaba en tu cabeza, y los has imaginado coordinando con Amsterdam los billetes de avión, las reservas de hotel y los restaurantes donde celebrar su triunfo. Desgraciados, has pensado, son unos desgraciados.

Delante de ti y de Gonzalo, Lena está tratando de posponer la decisión, y ahora sabes que lo hace para evitar tener que digerir en directo vuestro mal trago. Hablaremos con el consejo el lunes y después os comunicaremos la decisión, escuchas, pero en cada palabra puedes sentir cuánto desean en Munich que nada cambie. Gonzalo, con una sonrisa seca, intenta forzar la máquina a vuestro favor.

—Gracias por vuestras palabras, Lena, Alexander —extiende las manos con las palmas hacia arriba—. Todos hemos trabajado mucho, aquí en Barcelona y, como hemos podido comprobar de manera detallada, también nuestros colegas de Amsterdam. Por eso sería un poco injusto posponer la decisión –y ahora marca las frases con una mano bien estirada–. Los números finales de la opción española son mejores que los de la factoría holandesa, aquí tenemos la experiencia del primer lanzamiento, podemos absorber la producción en el tiempo que exige la central…

Pero el holandés le interrumpe.

—Hay un problema —dice, y todos os giráis para mirarle. Gonzalo reacciona con un gesto de incredulidad, el holandés quiere hacerse con el auditorio—. ¿Podemos ver de nuevo vuestros flujos de trabajo? —y todos volvéis la vista hacia la pantalla al fondo de la sala.

Tú no puedes creer lo que ha dicho, pero tomas la tablet, recuperas vuestra presentación en la pantalla grande y vas avanzando para localizar la imagen concreta. Por tus retinas desfilan cifras, balances y esquemas, mientras tu cerebro se acelera intentando anticipar el fallo, hasta que aparece el diagrama que el holandés está pidiendo.

—Aparentemente es correcto. Cuadran los tiempos con los efectivos previos… —calla un momento. Todos le miráis. Durante dos, tres segundos paladea la atención que ha acaparado y luego arroja vuestras miradas de nuevo contra la pantalla—. Pero fijaos en la séptima columna, en el tercer cuadro…

Y escuchas cómo matiza de forma enrevesada una definición que nadie había puesto en duda hace un momento, luego establece un vínculo intrincado con otra columna a la que también pone reparos, después avanza inexorablemente por la imagen, injertando sospechas sutiles que hacen que todo en el gráfico parezca cuestionable. Tus ojos recorren frenéticos la pantalla sin entender ninguna de sus objeciones, cuando oyes carraspear al holandés, detenerse para tomar aire y comenzar a hablar de nuevo. Pero ahora lo que llega a tus oídos es una voz rasposa, lenta, como si le costara pronunciar las sílabas. Mientras buscas el error concreto en la pantalla, intentas procesar lo que está diciendo, hasta que te das cuenta de que ya no está hablando, ahora sólo balbucea de una manera gutural, como si se estuviera atragantando con algo. Ese sonido no lo puedes soportar y retiras la mirada de la pantalla para entender qué le está pasando. Lo primero que ves son los ojos abiertos y blancos que te miran ciegamente y luego el lapicero insertado en su boca sobresaliendo unos pocos centímetros. Lo reconoces y sabes que hay una porción mucho más grande del lapicero dentro de su garganta. Es un lapicero blanco con dibujos de pingüinos, igual al que tenía tu hijo Berto. Oyes las arcadas y ves cómo el cuerpo inerte convulsiona intentando expulsar el lapicero, pero el lapicero no sale. Desearías cogerlo tú, sacarlo de su boca, pero tus manos, todo tu cuerpo, está congelado y no eres capaz de hacer nada. El rostro se está volviendo rojo, cada vez más, y entonces, otra vez, lo escuchas dentro de tu cabeza. «¿Dónde estabas?» No es la voz del holandés, pero la identificas. Es la voz de Berto a los 18 meses, si a esa edad Berto hubiera podido hablar. Suena clara, inequívoca, sólo para ti. «No podía respirar». Por la comisura de esa boca atascada desciende un reguero de sangre que deja caer pequeñas gotas rojas. «¿Dónde estabas, papá? Te llamé y no venías.» El cuerpo, agotado, intenta atrapar algo de aire y se contrae una última vez, después ya no es capaz de sostenerse erguido. La cabeza golpea con un sonido hueco y la sangre, muy despacio, comienza a extenderse hacia ti. No puedes retirar los ojos de ese lapicero, insertado desde hace un año en la boca de tu hijo, mientras la sangre continúa acercándose a tu cuerpo agarrotado dentro de su habitación blanca. Por tus mejillas comienza a correr, firme, interminable, el único alivio posible para el frío que te atenaza, y la neblina se condensa a tu alrededor.

*

Después recuerdas las palabras de Gonzalo, sentado cerca de ti, junto a una mesa auxiliar de la sala de juntas vacía con las luces bajas, sus piernas separadas, las manos firmes sobre los muslos, los codos hacia fuera.

—¿Cómo estás, Adrián? —te mira con un punto de preocupación y otro de desconfianza.

Por detrás de él se acerca Alice con un vaso de agua que aceptas agradecido.

—Nos has dado un buen susto —te dice ella, atenta, agachándose a tu lado.

—Ya estoy mejor —intentas ubicarte—. ¿Cómo ha acabado…?

—Nos llamarán el lunes, aunque creo que esta vez ganan los holandeses —Gonzalo se levanta decidido y coloca una mano dura en tu hombro—. Hemos hecho todo lo posible, Adrián. Y hemos aprendido mucho. Aprovecha el fin de semana para descansar —y se dirige hacia la puerta de la sala. Tú observas esa espalda, la camisa impecable tras dos horas de reunión, pero esta vez no se vuelve, no te señala.

—¿Quieres que lleve todo eso al despacho? —Alice dirige la mirada hacia la mesa principal, ya despejada a excepción de tu tablet, un cuaderno de notas y algunas páginas impresas de la presentación.

—No, gracias. Yo lo recojo ahora.

Te apoyas en el brazo de la silla y te levantas soportando el vacío de la sala, caminas hasta donde están tus papeles.

—Adrián —te dice Alice antes de abandonar la sala—. No te olvides de tu lapicero blanco, creo que se cayó debajo de la mesa.

. . .

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS