Hoy es un día normal de esos en los que papá y yo jugamos un ratito al juego de los diamantes y después vamos a por algo de comida, hasta que papá empieza a hablarme de mamá poco antes de la cena. Entonces golpeo el tablero con rabia y las piececitas de colores saltan hacia todos sitios como lágrimas mías de un cristal multicolor. Corro hasta llegar a mi casita de cartón, donde a veces juego a ser mamá con mis peluches: los siento dentro, salgo fuera y me marcho sin avisar. Ahora abro la puerta y cruzo al otro lado a sentarme a respirar hondo y despacio como me enseñó papá.
Es una casita sencilla, normal, como yo, una niña normal a la que le gusta jugar y esconderse y contar hasta diez para que no me encuentren. Papá es de esos papás que te esperan por si acaso a la salida, o se ponen contigo a jugar a ser un dragón que aprende el fuego o un búho que se eclipsa en la noche y hace uhh-uhh para llamar a otros búhos, o a imaginar qué hay detrás por el ruido que hacen los hombres o el enjambre o jugar a las casitas, como hacía antes con mamá.
Desde que mamá se fue en vez de jugar a las casitas jugamos a hacerlas, construirlas, nos sentamos juntos y me explica papá cómo pueden ser por dentro, qué habitaciones para qué o por qué cada casa es distinta. «Cada persona es una casa», dice. Primero- sigue- hay que abrir un huequito bien soleado en la tierra, donde la casa descanse y tenga a donde llevar el peso de ser humano. Si te acercas mucho a alguien, dice con su cabeza pegada a mí, puedes incluso escuchar el repicar de una mesa coja, un cajón que no cierra o una lavadora vieja. Entonces cogemos unas cajas de por aquí y unas pinturas de por allá y al terminar entro a jugar y al salir, hacemos una nueva. -¡Otra vez!-dice papá. Papá es uno de esos papás normales y corrientes que te dicen por donde ir o no ir y dicen ¡corre!, y ahora ¡salta!, y luego no te muevas, esquiva eso, pasa por debajo de aquello, ve ahora de rodillas y calladita hasta aquella montaña en llamas. Papá dice cosas normales como «cada casa es un refugio animal y nosotros no somos más que animales que aún necesitan agua». Cuando papá habla de mamá dice que aún bailan, dice que mamá era una casa. Su casa. Donde ya escuchaba cómo jugaba yo con mis cositas dentro.
Que besa sus paredes rosas.
Que llena aún de flores su ventanal.
Por eso corro a esconderme en mi casita, ay papá, para ver si mi casita es también mamá y puedo yo también besarla.
Ya más tranquila quería volver y decirle a papá que lo sentía, de verdad que sí papá, ay por hacer éstas cosas, que él dice: «son normales, hija», sí papá digo, pero no debería, ay papá, es que tengo como un escozor dentro por quemadura.
-Las llamas de mamá- le digo.
-Su tez de lana mineral y su risa-me dice.
Consumiéndose a la lumbre de su propia casa.
Pero hoy al entrar, a mi casita la veo como medio fea por dentro, como húmeda y gris nublado calando mi pelo cortito y oscuro que mamá siempre quiso ver crecer. Si empujo la puerta no abre, -¡ay papá que no abre la puerta! -grito, que sí, que mamá decía siempre: «tu eres fuerte bichito», pero hoy la casita sufre de nubes más de lo normal y he perdido aquí esa fuerza y solo escucho a papá gritar como si también se hubiese ido como se fue mamá y esta puerta que no abre cuando quiero abrirla, ay papá, dónde estás, qué pasa que no me encuentras.
Sé cosas de mayores aunque sea pequeña. Sé que hay que guardar silencio tras una puerta y que si te vas y cierras cuando vuelvas lo normal es que no puedas abrirla. También sé que a veces detrás hay otros mundos por los cuentos que papá me cuenta, donde las puertas abren por ejemplo a un monte de hierba añil.
A un corral repleto de aves migratorias.
Esas que echan a volar cuando llego al salón brincando y, sonriendo, mamá me mira.
Espero sentada en un rincón de este mundo frío donde mi piel se arruga tras la puerta, donde no hay nada más que mi casita y yo en medio de la nada oscura y sigo escuchando a papá que grita -dónde estás pequeña, ¡corre, corre pajarita, vuela!-
Las paredes, las ventanas, los rincones y las esquinas de esta casita y la puerta con su pomo en forma de corazón, tal y como yo quería, una casa normal para una niña normal, que ahora ya no me gusta. Papá cubrió como el cuerpo de mamá con plantas largas y esponjosas las partes feas y pintó una ventana de color verde, una chimenea roja, unas flores de colores en las macetas de la entrada y gatitos a ambos lados de la puerta. -«Todas las puertas guardan un secreto»- me decía papá, mientras dibujaba la última línea.
Sé más cosas de mayores: sé qué es llenarse de tristeza. Sin mamá esta casa rebosa y es normal que yo juegue en mi casita y así pronto se me pasa. Papá puede incluso derramarse como cuando dijo: «ahora que mamá no está para jugar, tendrás pronto que aprender a hacer las tuyas». Que es normal que los niños y las niñas sepan cómo hacer una casita, sin papás ni mamás cerca, dice, e irse a jugar lo más lejos que puedan.
Me enseña que puedo cambiar mi casita según cómo me despierte a la mañana. Que despierto y escucho el zumbido del enjambre, metemos una habitación pequeñita donde esconderse mejor. Que brilla el sol porque no hay polvo de derrumbe, un gran jardín. Que pienso ay, ay mamá, dónde te encuentro, entonces me enseña cómo hacer una gran sala circular desde donde ver romper las olas de un océano bravo y rosáceo a las puertas de mi casita en la playa negra.
Como su piel de cuarzo rosa cuando mi casita era ella.
Una arquería de mármol rosado esperándote tras la puerta.
Era eso mamá, mármol suave como su piel que es ahora negra.
-¿Dónde estás papá?- grito, no quiero hacer aún esto yo sola. Toco las paredes de cartón, busco rendijitas por donde escapar. -¡Papá! ¡Estoy aquí, dentro de mi casita!-grito más alto, paso mi mano a prisa por toda la superficie áspera tratando de no chillar, pero chillo, me gusta chillar aunque a papá no le gusta. -«Calla, que el enjambre sobrevuela»-dice cuando chillo, pero chillo igual cuando papá trae un juguete nuevo que cuando tengo mucho miedo. -Tengo miedo papá- digo bajito, con la cara y los brazos pegaditos sobre la puerta afeada de mi casita. Paso las yemas de los dedos y ya no hay colores ni gatitos jugando alrededor, ni flores adornando las ventanas. Ni siquiera escucho el ruido del enjambre del que papá tanto me habla y que ya casi ni me asusta. Solo me asusta que papá no esté, tanto como me asusté cuando vi como mamá se iba. Ay papi, tengo miedo, la puerta no abre y llamo y, ay, nadie contesta. -¿¡Cómo regreso si no hay aquí nada alrededor!?-grito. Solo noche.
-¡Corre!-escucho de nuevo desde no sé dónde, y echo a correr, como es normal corro, hacia la nada toda oscura.
Papá y yo jugamos también mucho a silbar si nos perdemos. Es normal, dice, tú te pierdes/yo te encuentro, aprovechamos que las luces de casa se apagan y a jugar, a palparse las caras y hacer memoria. Medir las pareces a palmos mientras papá me cuenta cómo le gustaba vivir a mamá. A tientas, me dice, como una hermosa reina que de tanto brillo solo deja sombra tras de sí.
Estrella ternaria.
El primer resplandor. Mamá,
era una mañana.
Poco después de irse, papá me enseñó a silbar melodías y así nos encontramos cuando se va la luz en casa. Así hacemos música, dice, como la que ellos bailaban antes de que yo naciera. Con música papá sabrá cómo encontrarme, si. Mamá bailaba conmigo música como sin pensar, como si bailásemos donde nadie nos alcanzara, ajenas al temblor diario de las casas que se caen sobre sí mismas.
Mientras jugamos a encontrarnos papá me dice que una casa se empieza desde lo oscuro, que en verdad la oscuridad se puede mascar, que hay que aprender a caminarla. Papá ahora escucha música y solo llora. Llora como es normal, con las cosas bonitas que le dejó mamá: su pinza del pelo, sus gafas rotas.
La alacena llena de dulces.
Olor a fruta fresca en la boca.
Su viejo reloj lleno de polvo a unos metros de su mano sobre los escombros, como diciendo: ahora soy solo una más con la ruina.
Fuu, fuu. No me sale. Ay, fuu…ay papá qué frío hace y no me sale. Ay papá, mis labios se encierran y no me sale y así no me encuentras papá, como siempre hacías. Me recojo la melena y lo vuelvo a intentar. Intento recordar la melodía.
Re-Mi-Do-fuu…ay, Re-Mi-Do-Do-Sol, silbo.
Cuando por fin lo consigo la oscuridad me devuelve el sonido: si tarda más, está más lejos. Si tarda menos, está cada vez más cerca. Así juego con papá, me tapo la cara con las manos y trato de seguir su melodía. El sonido va y viene, acelera, extiendo el brazo para no chocar y mis dedos estriados tocan algo. Es una puerta.
Trato de rozar cada muesca y ranura, a cada recoveco pienso que al otro lado esta mi casa, tan normal, como papá cuando me dice cosas del día a día: ponte las zapatillas, no corras descalza sobre los restos de la muralla o vete a patrullar la torre alta. Papá dice ese tipo de cosas, cosas de papás, supongo. Los niños de las calles me cuentan historias parecidas. Mis manos no paran de buscar el secreto que tienen que tener todas las puertas.
Hurgo en la oscuridad un bajorrelieve de metal y meto sin saberlo mi dedo en la boca de un mono alado. Oigo un clac y mi cuerpo vibra un segundo por sorpresa. Retengo la puerta, con suavidad tiro de ella para que no chirríe el suelo al abrirla y no me venga el enjambre a devorar. Aparto el pelo largo que cae sobre mi cara antes de cruzar pero tras el umbral, no hay más que un frondoso bosque cubierto de hojas que huelen a animal y a la hierba donde mamá descansa.
Una casa normal tiene que tener un jardín, o un patio, o cualquier espacio libre donde poder ver llover a cielo abierto, dice papá. Y así ver venir las cosas. Yo veo aquí un lecho de musgo bajo un cielo púrpura cubierto de todas las niñas grandes que podría ser, todas con la piel hecha trizas mientras veo a mamá pasar como una cierva blanca, espíritu del bosque, curándolas a todas.
Papá me enseñó que un patio puede ser un bosque, un bosque lleno de los animales que yo quiera donde jugar a comer o ser comida. En los bosques hay caminos que van y vienen y si te pierdes te vas a la niebla, como mamá. Ando perdida en círculos cuando recuerdo cómo papá decía «dibujar es sacarte por la mano algo de la cabeza». Juntos dibujamos caminos del bosque, cosas normales, pasos para andar entre las llamas o cómo era mamá para que no olvide su cara.
Dibujo un camino de baldosas en el suelo del bosque de mi casita y los senderos me alzan entre las ramas más altas hasta alcanzar otra puerta. Llena de marcas de ráfagas en el metal, quizás de aquel enjambre tan grande, el que vuela y ruge más rápido y más fuerte aún y que no para de buscarme mientras voy abriendo una puerta tras otra. Tras la última encuentro un espacio lleno de colores vivos que rebotan de aquí para allá replicando por una pared curva y vertical tanta luz cálida que me veo capaz de la victoria final. Una gran sala circular donde mis pies descalzos se tocan y se acuerdan de la hierba azul de mamá en el suelo de nuestro patio.
Nuestra casa que era seda.
Muros de puro ajuar. Bosque nuestro.
Mamá bajo sus paredes y el cuerpo azul, inerte sobre la hierba.
Haces de luz cruzan enormes ventanales que de existir serían los ojos de un animal milenario que me grita ¡corre, pajarita! Arriba, una gran cúpula desde donde un Sol emerge y una escalera que sube en espiral hasta una pequeña abertura.
– ¡Papá! ¡Es la habitación, veo un océano rosa!- grito, dirigiendo la voz hacia el gran espacio vertical y vacío sobre mi cabeza.
-¿Papá?- sigo gritando, ya sin aire suficiente en los pulmones. Hace tanto que no escucho su voz que papá casi se me olvida.
Corro y subo sin hacer ruido mil peldaños y un pasillo oscuro, y después un rincón luminoso de un vestíbulo de techo alto que hace un giro tras unos ventanales abiertos de par en par donde se alza por un momento mi pelo largo y deslucido al viento por primera vez desde que entré a mi casita. Giro y otra habitación y otra, y otra más tras otra puerta, me pierdo papá, ay que me pierdo. Camino a través de todos los caminos con una mano siempre a media altura, sin dejar de rozar nunca una pared, las vidrieras y las cabezas de una turba que se amontona a verme pasar mientras pienso en cómo papá me decía que rozar es la mejor manera de conocer lo que tocas. «Si alcanzas a tocar, roza. Si comes, primero la lengua». Así hacemos siempre que salimos a por comida. Tenía ya las puntas de mis dedos secas, seca la boca y seca la lengua como las flores muertas, que para ahuyentar al enjambre (esa cosita pensante que creció artificial para devorarlo después todo), pusimos sobre el cuerpo de mamá.
Hay un vacío al final del pasillo. Un enorme agujero negro que es inicio y final sin más puertas, ni más secretos, ni más salidas. Recuerdo cuando papá sacaba el cuerpo lacerado de mamá de entre las ruinas de nuestra casa. -«Saltar es mejor que ser comida, la encontraron, hija, es normal dejarse ir como ha hecho ella»-decía sin apartar sus ojos del cuerpo.-«Yo habría hecho igual»-seguía-«caer para recoger después todos mis órganos desparramados, mis pies y huesos, sacarme el polvo pegado a los pulmones y a caminar»-ahí clavado, papá, en los ojos de mamá, cubiertos de ceniza. Mamá se fue después con los pies descalzos caminando sola hacia la niebla.
Me dejo ir, como dijo papá, , como hizo mamá salto. Recojo mi corazón, mis brazos, las pocas cosas que puedo llevar encima. La horquilla de la suerte de mamá. Alguno de los dibujos que hice con papá. Mis manos que no son de pianista ni de nada en especial, son solo manos, manos normales de remover escombro y reliquias. Me levanto y miro un solo segundo alrededor. Mi casita de cartón sobre la hierba azul. Lo he logrado, mi casa en ruinas, tan normal como ver alzar a papá la espada impregnada en la melange que sustenta al enjambre y su Colmena, frente a las murallas de la ciudadela. Tan normal como dormir en el hueco de mamá. Tan normal como papá, que me enseñó a no ser alimento de nadie.
Casi deshecha me acerco a mi casita con su puerta aún ahí, desdibujada por el tiempo. Los colores se han vencido entre mil tonos de grises que sé reconocer ahora entre mi pelo y las ventanas miran hoy hacía aquel monte azulado. Me agacho, gateo y entro por la puerta a punto de tirar abajo mi casita con un cuerpo que ya no es el que era. Al otro lado me levanto, me sacudo el vestido y los zapatos y le digo hola.
Hola papá,
siento el retraso.
Recojo mi pelo gris hecho un andrajo con mi horquilla de la suerte y como hace la gente normal, ayudo a mi padre a levantarse del suelo donde aún grita: «venga, pajarita, ¿dónde estás?, vuelve de jugar». Le lavo. Es normal que el ruido de cañones te vuele la cabeza. Vencimos. Dan noticias de La Colmena. Ha caído. Dan por terminada la I Guerra Artificial.
Caminamos juntos los restos de la gran avenida, tan normal hoy para mí que toda casa es una casa normal. Todas como mamá: ruina.
El libro del taller
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