La piscina de Borox

La piscina de Borox

Ir a Borox era siempre un acontecimiento extraordinario para mi ordenada vida escolar. Iba con mi prima Bene a casa de su abuela Áurea. Todo lo que pasaba en estos viajes cortos no podía contárselo a casi nadie por temor a que me tildaran de mentirosa. En este pueblo Toledano, ubicado en un hoyo y rodeado de tierras resecas y olivares centenarios, las historias raras eran lo corriente.

En la plaza de Borox había un viejo ciprés, donde todos los años colgaban boca abajo conejos y gallinas atados por sus patas, y adornado con naranjas hacían un homenaje a sus quintos que partían a la mili.

Ante esa terrorífica imagen, donde los conejos se cimbrearan y las pobres gallinas gritaban hasta quedarse afónicas, algo parecido a un socorrooo, yo me quedaba paralizada. 

Todo el árbol se mecía y se oían los lamentos de los animales, hasta que al día siguiente por la noche, cerca del pozo hacían un fuego y se los comían a todos.

En esta casa edificada sobre las ruinas del Palacio de Mahul, que según la Flugen era de los moros, había un pasadizo hasta la calle Hidalgos, donde antaño encontraron lapidados a dos soldados de la guerra de Napoleón, con todo su uniforme impecable, y…

— Majas, las uñas larguísimas y el pelo hasta los codos…

— Pero Flugen, ¿dónde están guardadas esas momias?

— En el jardín están enterradas, ahí abajo, donde las tinas… porque fue tocarlas y se “desboronaron” enteritas. Solo se guardaron sus “mayonetas”, que son las que están cerca del “teláfono”.

En este caserón, donde pasábamos los fines de semana, había un salón muy grande, donde la abuela de Bene, sus hijas, las amigas y las primas, junto al cura del pueblo Don David y el médico Don Basilio hacían espiritismo. Un gran abanico negro, con unos dibujos muy raros, avisaba: “Esta zona no es para niños”.

Un gran velador de tres patas subía y bajaba girando por unas enormes escaleras de piedra, con toda la patulea de mujeres tapándose la boca para no chillar muy fuerte, y Don David persignándose y suspirando detrás.

Invocaban a Jefasó, que era el espíritu que les visitaba, al que hacían preguntas y él les contestaba con golpes.

— ¿Pero Jefasó es español, Flugen?

— No lo saben, maja, porque los espíritus son de todas partes.

— Ah! 

La abuela de Bene nos contaba que los desencarnados estaban por todas partes, y que ella, cuando se tumbaba en la cama, dejaba colgar su rosario y preguntaba:

— Ánimas del purgatorio, ¿estáis ahí? Si me oís, dadme un tironcito.

— ¿Pero las ánimas son espíritus?

— Claro, son los desencarnados y no tienen cuerpo.

— ¿Pero tienen cabeza?

— No, tampoco. Solo buscan redimirse con buenas acciones a los vivos.

— Pues yo no quiero que me hagan buenas acciones, que me da mucho miedo.

— Miedo solo te pueden dar los vivos, ellos no.

En la alcoba anterior a nuestro dormitorio, sobre una alfombra roja que teníamos que saltar muy alto, había un féretro donde descansaba Don Ataulfo, custodiado por la “Pantasma,” que era su criado, y se habían quedado atrapados en la casa, sin poder salir por nunca jamás amén.

— Pero Flugen, yo no veo nada.

— Pues mejor, Síó, pero tú salta muy alto y no mires “patrás”.

Con tanto jaleo, yo no pegaba ni ojo en esa casa increíble, llena de escudos y damascos, y un perro que se llamaba Fabián, que siempre estaba subido a los árboles.

Un año nos dijeron que, como ya éramos más mocitas, íbamos a ayudar a limpiar la piscina. Nunca la habíamos visto, porque las muchachas de este pueblo, con solo ver una cuarta de agua se “embazaban”, y mucho más si se tenían que meter dentro a limpiarla.

Ese verano, además de Bene y yo, venían dos chicas del pueblo que decían que ellas no se“embazaban».

— ¿Síó, maja, tú te embazas?, me preguntó Flugen, la cocinera.

— ¿Pero qué es embazarse?

— Pues “asín”, te vienen unos calores y “te se ponen por deos tiesos” y “aluego” te “ajogas” y tetienen que asistir.

— Pues no, a mí eso no me ha pasado nunca… pero yo sé nadar y me tiro desde el borde (dije chuleándome).

— Miira la Sió!

Nada más acabar de comer, con el sol en “to lo alto” para ver bien, fuimos la pequeña tropa con cubos y cepillos, y Flugen llevaba muy bien custodiada una botella con el dibujo de una calavera, con un líquido muy peligroso para quitar las manchas.

— Mirad, Sió, ahí está la piscina.

— Pues yo no la veo.

— Yo tampoco la veo, dijo Bene.— Majas, pues ahí delante que la tenéis.

Anduvimos un poco más porque la piscina estaba bien retirada de la casa, allí donde se acababa el jardín, para que nadie se “embazara”.

— Pero Flugen, ¿las piscinas de este pueblo son todas así?

— No, maja, en este pueblo solo hay esta piscina… ¿Pero es que no os gusta?

— Es que es muy rara —dijo Bene—, las piscinas son azules y esta es negra..

— Pues tu tía la quería “asín”, toda de negro, para que se calentara bien el agua.

Nos metimos en ese agujero oscuro, con una cuarta de agua caliente, y Azucena y María Isabel también bajaron.

Flugen no bajó y, con mucho cuidado, abrió la botella de la calavera , mientras que Bene y yo

saltábamos y jugábamos…

— Fluugen, llama al señor cura y a Don Basilio, que nos “ajogamos”

La cara se les puso blanca y los dedos tiesos y se pusieron a gritar y a sollozar:

— ¡Que me “embazo”, que me “embazo»!

— Niñas, salid de ahí, en este instante.

— Pero si nosotras no nos hemos “embazao».

— Que salgáis sin chistar y jugáis aquí con la manguera…

La manguera también era negra y como estaba al sol… nos quemamos las manos al cogerla.

— Flugen, que me “embazo”, gritábamos al unísono…

Cuando volvimos al otro fin de semana y llegamos a la piscina, unos flotadores de color chillón amarillos y verdes flotaban sobre el negro brillante del agua, y una vez más hacían de este lugar tan insólito como inolvidable.

— Ale, niñas, despediros de Fulgencia, que nos vamos a Madrid.

— Flugen, yo me quiero quedar contigo.

— No puede ser, maja, que mañana tengo “dientista”. Venir, que os pongo el perejil en los zapatos, y acordaros de no respirar al pasar por el camposanto, vaya a ser que “algunas ánimas” se os metan por la nariz y “aluego” no hay quien las saque.

— Adiós, Flugen —le dije abrazándola muy fuerte—, el próximo día que venga te enseño a leer.

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