
Se cogen puntos a las medias
Le gustaba viajar de noche. Aunque descansara peor prefería llegar a la vez que el amanecer.
Siempre le atrajo el olor de las estaciones del ferrocarril, una mezcla de carbón y creosota, que le alejaba del recuerdo sórdido de los autobuses. De esa infancia oscura cuando su padre trabajaba como conductor de una línea local. En realidad, no era el padre, que murió en el frente de Asturias, sino un tipo amancebado con la madre, que le pegaba palizas a la menor ocasión sin que ella hiciera nada por evitarlo.
Hilario, el destino así lo dispuso, trabajaba como representante de medias de mujer.
Aquella prenda siempre le fascinó. Espiaba a Felisa, su hermana mayor, en aquellos años de juventud sometida, cuando su cuerpo y su verga reaccionaban de una forma hasta ese momento desconocida para él. Felisa se ponía las medias sin pudor junto a la ventana, primero la izquierda, luego la derecha. Comenzaba por la punta del pie, y tras acomodar el talón, la iba subiendo despacio por la pierna, corrigiendo las arrugas, hasta llegar a lo más alto de su muslo tenso y generoso. Hilario gozaba de aquel espectáculo, y más aún del miedo a ser descubierto. Su cerebro, confuso, no comprendía bien esas sensaciones encontradas que se fueron convirtiendo en una obsesión perturbadora.
Recién llegado a España, era un artículo muy cotizado en esa época de postguerra. Una fibra nueva, nylon se llamaba, o medias de cristal, por su asombrosa transparencia. Un invento de los americanos. Tenían mucho éxito las de talón cubano, con costura.
Se conocen en la cantina de la estación de Zamora.
Hilario se toma un café con trozos de pan sin darles tiempo a hundirse en la taza. Antes del último sorbo le añade el resto del coñac con el que acompaña su desayuno. En la mesa de al lado una mujer, vestida de negro riguroso, le observa distraída. Hilario se ajusta la corbata, saca un peine del bolsillo interior de la chaqueta, y en un rápido ademán retoca su pelo. Quizá con demasiada brillantina. Abandona la mesa y con paso resuelto se dirige a la mujer. Le pregunta si ha perdido algún pariente cercano, no sin antes presentarse: Hilario Garza para servirle, dice, y le ofrece una tarjeta de visita, y perdone el atrevimiento.
Perdí a mi marido hace unos años, pero sigo guardando el luto, responde. Es comprensible, pero una mujer joven y esbelta como usted, si me permite decirlo, no debería encerrarse en un luto de por vida. Ella sonríe tímida. Herminia, Herminia López Alcaide es mi nombre de soltera, dice ofreciéndole la mano.
Él le cuenta que su trabajo le obliga a viajar por toda España. Y que le gusta hacerlo de noche, en tren. Herminia también prefiere el tren y está allí esperando el rápido de Oviedo.
Me dirijo al balneario de Las Caldas, para tomar las aguas, y viajo con frecuencia intentando distraerme, para salir de ese ambiente provinciano, donde debo guardar el recato más severo, a mantener la tristeza del duelo. Como se le exige a una viuda ejemplar, se sincera con él.
Hilario celebra la coincidencia, él también tiene que ir a Oviedo a visitar a unos clientes. Si no le molesta podemos viajar juntos, así le enseño con calma mi muestrario de medias de nylon, le dice con una sonrisa mirándole sus ojos negros, algo pequeños, como los de Felisa. Ella, en su interior, se alegra de no viajar sola. Hilario le parece un hombre de mundo, simpático y atractivo. Acepta la proposición.
Durante el viaje, le explica las ventajas de esas nuevas elásticas. Saca una de la caja, la extiende y le pasa la mano con una suavidad sensual, acariciando despacio el tejido con sus dedos…
Las antiguas de seda se enganchaban, dice como volviendo a la realidad, y había que tirarlas. Estas modernas, cogiendo los puntos sueltos de las medias, se pueden remendar quedando como nuevas, y mostrándole la textura del nylon, coloca el brazo alrededor de sus hombros. Nunca me casé, el trabajo, los continuos viajes…, quizá por eso, o porque aún nadie me había mirado como usted, le confiesa Hilario cogiéndole la mano. Yo quise mucho a mi esposo, y este encuentro inesperado hace que me sienta confundida, porque ha despertado en mí unos sentimientos que pensaba ya olvidados, le dice Herminia a la vez que acepta la caricia.
Era un tiempo gris, de color gris como la metralla. En realidad, de una miseria y de un miedo contenido que adormecía las ilusiones. Hasta el mínimo guiño de algo que pudiera ser un gesto de cariño, una mirada, un roce furtivo, creaban una semilla de esperanza. Y era una necesidad aprehenderlo. Tomarlo sin rechazo.
Al pasar por Astorga, el jefe de estación da paso al rápido de Oviedo. Vía libre, con el banderín en alto, recogido, rojo.

Hilario y Herminia ya se besan sin decoro.
La lluvia les recibe al llegar a Oviedo. Hilario la lleva casi en volandas por la cintura, y se abrazan bajo su paraguas negro, con el mango curvo, de madera bruñida por el uso. Ella le corresponde mientras siente cómo se desvanece el luto de su vida.
Convienen en buscar un hotel. Dos habitaciones. Toman unos bocadillos en el comedor y suben la escalera cogidos de la mano, contando los escalones precisos que les separan de ese encuentro urgente.
Entran cautelosos en la habitación de ella. Hilario saca del muestrario un par de medias. Desnúdate y póntelas, le pide. Eres muy caprichoso, dice Herminia. Se desnuda y se coloca las medias. Él, también desnudo, se apresura a correr las cortinas del cuarto. Estás muy atractiva, dice acariciándole su sexo. Me excitaría más si te colocaras una de las medias como si fuera un pañuelo, al cuello.
Ella obedece.
Él sujeta la media por los dos extremos, con fuerza, y comienza a apretar.
Hilario desata del cuello esa media de nylon, de tacón cubano, con costura, la dobla y la guarda en su maleta.
El libro del taller
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