La conocí como por arte de magia, como todo en esta historia, mientras daba forma a mi segundo libro.

    El primero, aunque no había tenido una gran acogida entre el público, había ganado un importante premio nacional, lo que se tradujo en una vorágine de presentaciones, entrevistas y firmas. Una actividad a la que no estaba acostumbrado y la tranquila e insípida vida que llevaba con Ana, tampoco.

    El ajetreo que trajo consigo ganar aquel premio fue lo que hizo que todo se terminara de derrumbar. No supimos sostener las ruinas que quedaban y lo dejamos caer.
Eso me decía, pero con el tiempo me di cuenta que Ana simplemente decidió liberarse de un peso que había sostenido durante mucho tiempo, que había estado esperando comportamientos de mí que yo por aquel entonces ni siquiera sospechaba. O tal vez sí pero no quise planteármelos seriamente. Para mí fue más sencillo dejar morir aquello que tomar medidas. Llevaba mucho tiempo acostumbrado a vivir mis relaciones de pareja desde el patio de butacas.

    Durante las semanas que duró aquella feria por mi libro, llegaba a casa exhausto por llevar al límite mi fobia social y demasiado abrumado como para tener las conversaciones que nunca habíamos tenido; ella tampoco intentó plantearlas ni forzarlas. Todo en nuestra relación había funcionado por inercia; terminarla, también.

    Un día, como parte de esa misma inercia, me dijo que se iba a vivir temporalmente a casa de sus padres. Yo no podía asumir el alquiler de aquel piso solo, así que ese temporalmente
sonó a informar al propietario que lo dejábamos y a comenzar a empaquetar los últimos cinco años de mi vida sin tener muy claro adónde ir.

    El día que teníamos que dejar definitivamente la casa, Ana vino temprano para devolver su juego de llaves. El piso completamente vacío teñía la despedida de una emotividad dramática de la que me costaba formar parte; por su mirada, supe que a ella sí le afectaba. La abracé. La abracé fuerte y en ese momento me di cuenta que no recordaba cuando había sido la última vez que la había abrazado así. La sentí llorar y su frustración por considerarme el culpable de aquel final. En un intento absurdo de romper aquel silencio que se hacía tan incómodo, le pedí que se cuidara mucho y le deseé que encontrara lo que estaba buscando. Se fue sin decir nada, con los ojos llenos de lágrimas y de cansancio, llamándome capullo en silencio.

    Me instalé en un apartamento pequeño que encontré por casualidad, como todo lo importante de mi vida. La promoción de mi libro había terminado y ahora ya sí no tenía ninguna distracción que me permitiera evadirme de mi nueva realidad. Ya no era el centro de atención para nadie.
Mi vida personal había colapsado y, mientras trataba de ubicarme y dar forma a mis nuevas circunstancias, mi editor me animaba e insistía en que no dejara transcurrir mucho tiempo para sacar el siguiente libro. Y, aunque le aseguraba que me pondría con ello, simplemente la idea de tener una hoja en blanco delante me asfixiaba.

    Comencé a tener con frecuencia lo que yo por entonces no sabía que eran ataques de ansiedad y pánico. No dormía y, durante el día, el cansancio y la niebla mental me dificultaban aún más llevar una vida normal. Tenía pocos amigos y no solía compartir mi día a día con nadie cercano, así que nadie sabía por lo que estaba pasando, lo que hacía que el pozo fuera cada vez más negro y profundo.
Un día me llamó mi editor para interesarse por mi libro y no pude hablar, no era capaz de mantener una conversación. Mi editor me hablaba y preguntaba y yo solo podía escuchar en silencio. Vino a mi casa y se hizo cargo de la situación. Comencé a ir a una terapeuta que él mismo buscó y a asistir a retiros para escritores bloqueados. Poco a poco fui reconfigurándome y recuperando la cordura.

    Parte de mi terapia consistía en dar paseos por mi barrio, sin rumbo ni móvil. Y en uno de esos paseos, encontré la cafetería. Estaba convencido de que había paseado por aquella calle con frecuencia pero no recordaba ese local.
Un tronco de Brasil enorme y muy vistoso daba la bienvenida en la propia entrada, dándole un toque exótico. El enorme ventanal permitía ver prácticamente todo el local desde la calle. Estaba decorada en blanco roto y colores crema con sillas de diseño elegante y sencillo, sin pretensiones.
El olor a café y el volumen adecuado de la música envolvían al entrar. No había mucha gente. Todo allí emanaba calma. Incluso el detalle de ser una de las pocas cafeterías de aquel barrio en las que se atendía en mesa.

    Cogí sitio y, según me senté, eché en falta de forma abrumadora mi cuaderno y bolígrafo. Y esa sensación me conmocionó. Me emocionó y me bloqueó.
Hasta ese día, había empezado a pensar que mis ansias por escribir habían desaparecido. No sé cuánto tiempo permanecí así, sentado y mirando al infinito, experimentando el placer de necesitar escribir, que creía completamente perdido y desvanecido. Dejé que todo aquello me arropara, deseando perpetuar la eternidad en ese instante.

    Los días siguientes volví a aquella cafetería con mi material de escritor. Sin tener una historia clara en mi cabeza, una idea a la que darle forma o un hilo del que ir tirando. Sencillamente, mi mano necesitaba volver a experimentar el placer de sostener un bolígrafo y permitir que se deslizara sobre el papel.

—Pues sigue haciendo esto, no te preocupes ahora por la historia. Ya saldrá —me decía mi editor. Se había generado entre nosotros un vínculo curioso y le sentía sinceramente conmovido por lo que aquel avance suponía.

    Volví a trabajar y decidí ir por las noches a la cafetería. Siempre me sentaba en la misma mesa, la más apartada del local, junto al ventanal que daba a la calle. Seguía escribiendo palabras y frases sin sentido, según me llegaban y, muy lentamente, se fue hilando la historia de una madre joven que tiene que empezar de nuevo.

    Siempre me atendía ella. Era menuda, con el pelo corto teñido de un rubio muy platino, que le hacía resaltar el rojo con el que siempre se pintaba los labios; tenía ojos grandes y mirada curiosa. No creo que tuviera más de veinticinco años. Parecía una Campanilla moderna.

    Poco antes de cerrar, solíamos quedarnos solos. Barría y recogía las mesas y sillas tratando de no molestarme. Yo procuraba recoger mis cosas e irme antes de que tuviera que decirme el famoso “Vamos a cerrar”. Nunca me lo dijo. Se generaba entre nosotros un respetuoso silencio por nuestros trabajos y tareas.

    Mientras, los párrafos iban cobrando historia, nacían personajes, se iban componiendo relatos pero todo seguía sin tener un hilo argumental claro. Y yo seguía dejándome llevar por aquella nueva forma de escribir.

    Una de esas noches me preguntó qué escribía. Lo dijo sin dejar de barrer, sin dirigirse a mí, como preguntándoselo al aire. Me pilló por sorpresa, nunca antes habíamos hablado, más allá de la comanda.

—Una historia —respondí.

    Y todas las noches me preguntaba algo sobre mi texto. Hablaba sin dejar de moverse, como revoloteando a mi alrededor, me hacía preguntas sencillas, observaciones inocentes a través de las cuales yo iba descubriendo mi propia novela, cincelando a los personajes. 
Hablábamos de la historia como si estuviera sucediendo realmente. Me aportaba con mucha facilidad rasgos que le daban a mi protagonista mucha profundidad y una identidad particular. Parecía que la conocía mejor que yo y a mí todo aquel proceso creativo me estimulaba cada día.

    Se iba creando entre nosotros un universo propio impregnado de complicidad, un universo en el que Campanilla y yo nos encontrábamos, nos hablábamos y escuchábamos, nos descubríamos, como si mi propia novela nos permitiera conocernos.
Desprendía una alegría serena y esa sensación de no estar del todo presente, de tener la mente en varias cosas o en ninguna del todo. Sin embargo, yo percibía que escuchaba mis respuestas y comentarios con genuino interés. Su curiosidad por mi obra me despertaba una ilusión olvidada.

—Qué suerte tiene.

Sus comentarios e intervenciones a veces me descolocaban y me sacaban de mi ensimismamiento literario.

—Volver a empezar. Tener todas las posibilidades disponibles. Poder diseñar una vida nueva.

Nunca tenía claro si me hablaba a mí o pensaba en voz alta.

    Solté el bolígrafo y dejé que aquellas frases se mecieran entre los dos. No me costó percibir el anhelo de su voz. Y cómo ese comentario de Campanilla transformaba la historia. Me había centrado en mostrar las estrecheces, privaciones y dificultades evidentes que una mujer joven con un hijo pequeño se va encontrando mientras va reconfigurando su vida. Y, como una brisa ligera e inesperada, aquel comentario traspapeló el enfoque que le estaba dando al texto.

    Un día me pidió leer lo que llevaba escrito. Me lo pidió sin dejar de moverse a mi alrededor, como hacía siempre, como una pequeña hada aleteando. Aquella petición me desconcertó. Desde que me había convertido en escritor, nadie había leído nunca ninguno de mis borradores, salvo mi editor. No sé si apreció mi desconcierto; ella seguía con sus tareas.

—¿Así, en sucio? Aún no he pasado nada a ordenador.

    Campanilla sonrió sin dejar de barrer. Aquella historia había dejado de pertenecerme y creo que ella también lo intuía. Le entregué el cuaderno y nos despedimos. Esa noche no dormí. El desasosiego por no defraudarla se mezclaba con una extraña sensación de estar apropiándome de su propia historia, de su esencia.

    Al día siguiente se acercó a mi mesa con el café de siempre y mi cuaderno. Me lo entregó con su peculiar sonrisa de Campanilla. Había subrayado el texto con distintos colores, tenía notas al margen, preguntas, comentarios… había diseccionado la historia palabra por palabra.
Esa noche, cuando el local ya había cerrado, se sentó en mi mesa y comentamos una por una todas sus notas. La ilusión con la que me compartía sus opiniones sobre la novela me llenaba de vida. Terminamos muy tarde. Me miró con aquella sonrisa tan suya y esa vida en los ojos.

—Es una guerrera.

La miré y sonreí.

—No lo ha tenido fácil.

—Y, a pesar de eso, ha conseguido poner a la vida de su lado.

Me emocionaba escuchar cómo hablaba de la protagonista.

    Las noches siguientes las dediqué a terminar de pulir la historia y preparar el primer borrador para mi editor.

    La novela no tardó en publicarse, esta vez con el mismo éxito entre los lectores y la crítica, y de nuevo me vi inmerso en el torbellino de eventos que se genera en torno a la previa publicación de un libro y que me impidió volver a la cafetería durante varias semanas.

    Cuando me confirmaron las fechas de su presentación, volví por allí para invitarla. Necesitaba compartir todo aquel éxito con ella. Esa novela era la gran historia que era gracias a Campanilla.

    Pero al llegar encontré un restaurante de comida asiática. Intenté preguntar a los empleados por el negocio anterior pero ninguno hablaba castellano. Aquel repentino cambio de escenario me descolocó.
Me senté en la acera. Solo quedaba la marca de la maceta del exuberante tronco de Brasil. Y entonces me di cuenta que no sabía su nombre, no tenía su teléfono ni forma alguna de contactar con ella. No sabía ni por donde empezar a buscarla. De nuevo, todo había girado en torno a mi novela. Y a mí. De nuevo, mi propio éxito me colocaba en la casilla de salida hacia el vacío.

    Durante varios meses paseé por la zona de la cafetería en un infantil intento de encontrármela. Un día me pareció verla a lo lejos y corrí hacia ella, pero la perdí entre la multitud, si es que era ella…

    Nunca la volví a ver.

    Muchos años después comprendí que había desaparecido de mi vida igual que había llegado: por sorpresa, sin ruidos ni estridencias, con el suave aleteo de sus alas. Y que, como todas las hadas, había seguido su camino después de haber hecho su magia en el mío.

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