La cama era enorme, con dosel, pero sin cortinajes. Decimonónica, como mi abuela, orgullosa heredera de una cama con mucha historia. Casi la única herencia familiar junto con el punto de hidalgo venido a menos como decía mi madre, su nuera.
Utilizaba el escabel de dos peldaños para saltar a la cama. A mis seis años la cama me parecía enorme, altísima. Me acurrucaba a su lado a escuchar sus historias. Siempre a su lado izquierdo. A su derecha, en la mesita de noche estaba la eterna botella de orujo, el tabaco y el cenicero, así como dos pilas de libros que se iban renovando. Mi abuela llevaba años en la cama. Un buen día, siguiendo a un tal Juan Carlos Onetti decidió no levantarse.
A veces me leía fragmentos de sus libros preferidos o me contaba divertidas anécdotas de sus años de juventud, algunas en voz muy baja para evitar la censura de mi madre. Me encantaba mi abuela. No necesitaba amigos imaginarios como algunos de mis compañeros. En esa cama mundo cabía toda la fantasía.
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Con mis ocho años no era un niño fácil, seguramente por influencia de mi abuela. Se juntaba que era un poco tocahuevos y mi madre tenía la mecha corta y la zapatilla veloz.
Una vez más veía volar la zapatilla que pasaba rozando mi oreja y oía el grito de mi madre que salía corriendo detrás mío. Era casi una rutina. Huía a toda prisa hacia la habitación de mi hermana y me deslizaba como una culebra debajo de la cama. No estaba escogida al azar. La cama de mi hermana era grande y estaba pegada a la pared con lo que muy al fondo me quedaba una zona asegurada de mi madre, no de sus gritos, pero sí de la escoba que insistentemente pasaba por debajo de la cama intentando que saliera.
Mi idea era salir, una vez se calmase un poco y el castigo previsto, pasada la rabia, bajase en intensidad. Al final no dejaban de ser niñerías. Me entretenía jugando con los muelles del somier esperando que pasara la tormenta.
Pero esa vez no pasó. Se oyeron truenos encima de mi cabeza. El somier se fue alejando con cada trueno hasta que quedó a la intemperie, enmedio de la tormenta, con un rayo en forma de escoba amenazante.
Mi madre, con una fuerza insospechada había levantado y desplazado la cama y me había ganado la batalla.
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Mi prima Esperanza tenía doce años como yo. Habíamos venido de visita a verlos. A ella y a mi tío Julián, su padre, hermano de Rocío, mi madre. Él fue quien heredó el caserón familiar. Una casa antigua, con un montón de habitaciones, bien cuidada, pero enorme para los dos. Mi tío era un solitario y más desde que se quedó viudo. Nos veíamos poco. Diría que habían pasado tres años desde la última vez.
Era temprano. Mi tío nos atendió en la cocina con un café, bollería y fruta. No vi a Esperanza por ningún sitio. Los dos hermanos empezaron a hablar de sus cosas y al rato me dijo:
-Daniel, ¿ Por qué no vas a buscar a tu prima, a ver si tienes suerte y la encuentras en algún lugar de la casa?. Es como una comadreja si se lo propone no hay manera de dar con ella.
Cogí dos mandarinas y me levanté a buscarla. Di una vuelta por el jardín, no vi nada. Volví a entrar en la casa y me fui a la planta superior donde estaban las habitaciones.
Revisé varias y finalmente entré en la de los invitados. Era una habitación clásica y sencilla. Las contraventanas no estaban cerradas del todo, el sol se colaba un poco por las rendijas y dejaba ver las motas de polvo en suspensión, como si bailaran. Olía muy bien, acabada de limpiar y fregar. Había una bandeja con lavanda encima de la mesita al lado de la ventana y un libro cerrado con un marcador como colocado precipitadamente.
Una cama amplia y alta se apoyaba en el rincón al fondo, con un juego de toallas encima, esperando. Un baúl alargado tapaba los pies de la cama casi completamente.
La colcha, aunque no llegaba al suelo, colgaba bastante larga por los lados, ofreciendo un buen escondite. No necesité más, cerré la puerta de la habitación que quedaba casi a oscuras a excepción del hilo de luz de la ventana, y me deslicé despacio debajo de la cama.
Ya seguiré buscando a mi prima, pensé. Esta situación me trajo muchos recuerdos de otras veces, me tumbé boca arriba tranquilamente y empecé a pelar una mandarina. El olor impregnó el ambiente y el silencio del momento.
-¿Me puedes dar un poco?
Del susto me tragué un trozo de golpe y empecé a toser. Así que aquí estaba la comadreja.
Cuando dejé de toser estiré el brazo hacia el fondo para acercarle la mandarina y enseguida choqué con su cuerpo. Muy silenciosa y muy cercana.
Entonces nos oímos los dos masticar y no pudimos evitar la risa. Pero la risa, como la conversación que empezábamos a tener era en voz muy baja. Sabíamos cuál era el lenguaje del escondite. Como ciegos nos íbamos reconociendo con los dedos. Cuando acercó los suyos a mi cara me llegó el olor de la lavanda mezclada con la acidez de la mandarina.
-Has crecido, no te recordaba tan narizotas- me dijo.
Acaricié su pelo, la frente y los ojos. Y le dije entre risas:
-Veo que tú sigues teniendo los ojos azules.
-Idiota, eso no lo puedes saber.- Y me empujó con fuerza mientras reía también.
Me propuso jugar a robarle el gajo de mandarina que tenía entre los labios utilizando los míos. Me costó bastante encontrarla. Noté sus pies en mi cara, el codo en mis costillas, un golpe de cadera en mi muslo. Finalmente conseguí o me dejó conseguir atraparla, le aguanté la cara para que no marchara y mordí la mitad del gajo que me tocaba y ahí nos demoramos un ratito los dos en nuestro primer beso.
-¿Sería así el amor entre comadrejas?
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Varias camas y años después.
Una amiga con ganas de susurrarme pecados me invitó a su piso. Entramos en una madeja de abrazos, tirones de ropas que quieren escapar, besos precipitados y ansiosos. Antes de perder el equilibrio entre risas mi amiga para, me dice que enseguida vuelve y me indica una puerta donde la debo esperar.
Entré y mientras esperaba, observé. Habitación estilo japonés. Sin armario, ni cajonera, ni mesitas, ni cómoda. Todo abierto, a la vista. Estanterías de diseño, jerseys doblados y apilados, camisetas de cuello redondo en una pila, otra de cuello de pico, otra de tirantes, pañuelos y bufandas en cestas de rejilla, ropa íntima ordenada por tonalidades y sensualidades, percheros y burros de metal con las piezas de ropa intentando esconderse una detrás de la otra. En un gesto espontáneo casi que me puse a buscar las etiquetas con los precios.
Una preocupación creciente me empezó a invadir. Nada donde esconder, ni esconderse.
Y me encontré frente a mi némesis.
La situación se volvió angustiosa. Pegado a la pared había un tatami de madera con un futón.
¡Una cama a la intemperie! ¿A dónde irían las bragas extraviadas, las revistas porno, el viejo orinal, las hogareñas bolas de polvo?. Habitación imposible para niños traviesos y amantes en peligro.
Decidí escapar sin esperar. No estaba preparado para esta habitación ni para esta cama. Mi amiga, con dos copas de vino en las manos me vio pasar rápido y en silencio. Imaginé su desconcierto y alguno de los adjetivos que me estaría dedicando. Y tendría razón.
Mi rareza será producto de mi mala educación, mis experiencias, no lo sé. Tampoco estaba ya mi abuela para preguntarle y que me ayudase, aunque sospecho que viendo la cama no habría puesto ningún pero a mi huida.
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Un capricho del destino nos hizo coincidir.
Mi madre pensó que era una buena idea juntar a la familia y algunos amigos en una cena de navidad. Llevaba años separada de mi padre, con una nueva pareja. Una buena persona, algo soso, como ella. Quizá ese era el secreto de su felicidad. Insistió en que hacía mucho que no veía a la familia y todos preguntaban por mí. Al final decidí ir, para variar. Además me dijo que mi tío Julián andaba mal de salud, y seguía sólo en su caserón. Quizá sería la última vez que lo viera. Y ya de paso me daría mi regalo por mis cuarenta años que hacía poco había cumplido.
Llegué a casa de mi madre para la cena. Una de esas odiosas cenas de familia navideñas, pero que de pronto te ofrecen luz en la oscuridad.
Después de tantos años la cara de sorpresa de los dos era casi un espejo. Las comadrejas se volvían a ver. Nos pusimos al día en un resumen individual atropellado. Trabajo, proyectos, bla, bla, bla y sobre todo parejas, desavenencias, y ahí nos encontramos, en nuestras rarezas que nos seguían acompañando. Los ojos nos brillaban como niños, como niños traviesos que recuperan un colega. Nuestras miradas decían ¿Qué coño hemos estado haciendo todo este tiempo? El resto de la familia con sorpresa intentaba integrarnos en sus fanfarrias, villancicos, conversaciones, pero andábamos en nuestro mundo, buscando el aparte. En la cocina a solas, en mitad del pasillo, en la terraza al borde de la congelación, pero sólos. Y ya nos dieron por imposibles, cuando el baño no estaba disponible y nosotros desaparecidos. Recuperamos los besos de comadrejas, entre risas, mientras nuestros primos, tíos y sus familias recuperaban los bolsos y abrigos para marchar a casa, encima de nuestro escondite.
Cuando salimos sólo quedaban mi madre, su pareja y mi tío. Sus caras de reproche lo decían todo, pero no hubo lugar a más. Las expresiones se volvieron resignación, diría que hasta de comprensión, cuando eufóricos les volvimos a desear felices fiestas, besamos a todos y marchamos rozándonos las manos con cara de felicidad.
Pasamos la noche en mi casa. Cuando llegamos apagamos todos los relojes, hasta el del microondas y el del termostato de la calefacción. Por supuesto móviles y cualquier aparato susceptible de sonar. Cerramos todas las persianas. Había que robarle el tiempo a los dioses. Mucho que explicar, que escuchar. Años perdidos de caricias, de miradas por recuperar. Aprender y aprehender nuestros cuerpos, dos casi desconocidos, torpes y ansiosos aventureros. Nadando y buceando en mi cama, nuestra cama. Y lo conseguimos, en la noche más larga y hermosa de nuestras vidas.
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La cama era enorme, con dosel, pero sin cortinajes. No sé cómo fue a parar a una de las habitaciones del caserón de mi tío. De allí la recuperó Esperanza, al morir su padre y ha sido nuestra cama durante muchos años.
El orujo y el tabaco se los llevó mi abuela para su último viaje, pero dejó los libros, unos cuantos a mí lado y otros al lado de Esperanza. Ya no consigo saltar encima de la cama, pero si me acurruco al lado de mi prima. Acaricio y apoyo mi cabeza en su hombro, precioso e inmutable.
La noche se acaba. Veo en el camino, al fondo, con las primeras luces, a unos pequeños dioses, con muchos relojes que no paran de señalar, esperando a echarme cuentas.
El libro del taller
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