
A mediodía, cuando el sol caía recto sobre la calle y no había sombra posible donde esconder el cansancio, fue cuando a Hilario Gómez se le adelantó la suya. No huyó ni se alargó como suelen hacer las sombras en las tardes largas, sino que apareció unos pasos por delante, bien plantada sobre el empedrado caliente, como si hubiera llegado antes a una cita. Hilario se detuvo, dio un paso atrás y luego otro hacia adelante, convencido de que se trataba de un juego de la luz o de un error del calor, pero la sombra permaneció ahí, esperándolo con una paciencia que no era de este mundo.
—A cabrón panteón, cuánta calavera veo —exclamó, sorprendido y un poco indignado, acelerando el paso, como si persiguiera a la sombra indisciplinada que se negaba a someterse y a guardar el comportamiento debido.
Demasiado tarde.
Aureliano, el zapatero, lo había visto todo y, con cara de haberle salido el diablo en chanclas, le soltó:
—Carnal, no es que la sombra esté mal colocada… es que tiene prisa. Y pa’ tus caminados va a estar cabrón que la alcances. Chingale, caminando y meando pa’ no hacer hoyo, que te quedas sin sombra, cabrón.
Hilario resopló, ofendido, y apuró el paso. No era cosa de dejar que la descocada anduviera sola por esos mundos de Dios. Por un momento temió haberla perdido, pero tras sudar unos metros la encontró charlando muy quitada de la pena con doña Chona, la del pozole. Se acercó a la interfecta y la sombra, apenas lo sintió, reemprendió el paso a toda velocidad.
Los siguientes días de aquel verano fue un constante correteo tras la jodida sombra, pues se le adelantaba a dondequiera que Hilario iba. Se sentaba en el único asiento libre del autobús, jugaba con los chilpayates en el parque o se quedaba chismorreando con las vecinas de la colonia. Poco a poco, Hilario fue quedando relegado, porque su sombra resultaba infinitamente más encantadora que él.
Tocó que el día de la Ascensión de la Virgen, a Pancracia la boticaria le dio un miserere nobis y pasó a morirse así, de sopetón, sin pedir permiso ni receta. Los vecinos, acongojados pero prácticos, se organizaron en chinga loca y a las pocas horas la finada tenía a media colonia metida en lo que había sido su casa, dándole a la sin hueso mientras, entre llantos sinceros y otros no tanto, se comía y, sobre todo, se bebía en abundancia.
El alma de todo aquel jolgorio había sido, efectivamente, la sombra de Hilario, que fue exaltada por aclamación a la presidencia de la comunidad de vecinos, cargo que aceptó sin rubor y con notable entusiasmo. Al caer la tarde, y como está prescrito, acudió don Cosme, el cura del pueblo, quien muy circunspecto, tras de administrar a la ya exánime Pancracia los santos óleos —por si acaso—, quiso examinar la naturaleza de aquella bullanguera sombra.
Mucho tardó el eclesiástico en dictaminar su fallo, que comunicó en caliente, ahí mismo y sin rodeos, a los presentes:
—La susodicha sombra no es diabólica, —dijo—, porque resulta muy obediente a lo que se le manda. Pero tampoco podríamos estar hablando de un milagro, ya que para tal cosa le falta fuste, empaque… vamos, que es demasiado vulgar una sombra de nada.
Y con voz engolada, como quien cierra un expediente, concluyó sin dudarlo que aquella sombra adelantada y revoltosa era, en realidad, resultado de un problema de carácter de Hilario.
Al escuchar al clérigo, Elvira, la madrina del interfecto, dirigiéndose al hombre afligido, le espetó entre risas:
—Pues claro que se te adelanta muchacho. Tú siempre llegas tarde a tu propia vida.
A lo que el resto respondió con una salva de risas y aplausos, mientras la sombra, halagada, levantaba un vaso que nadie recordaba haberle servido.
Desde aquel velorio nadie volvió a discutir la autoridad de la sombra. No porque se hubiera proclamado nada oficialmente, sino porque había demostrado una rara habilidad para estar donde hacía falta antes de ser necesaria. Mientras los deudos se repartían las cazuelas y discutían en voz baja qué tanto había dejado Pancracia en el cajón de la cómoda, la sombra ya había organizado los turnos para lavar los vasos, repartido abrazos estratégicos y evitado dos peleas que prometían arruinar la digestión general. Al día siguiente, cuando alguien mencionó que quizá convenía agradecerle el detalle, otro respondió que no hacía falta, que para eso estaba.
Fue así, sin acta ni campanazo, como la sombra empezó a encargarse de asuntos menores: avisar de un entierro, recordar una misa, sentarse adelante para guardar lugar. Hilario, por su parte, seguía llegando después, sudado y con la sensación incómoda de haberse perdido siempre el principio de las cosas. Nadie se lo reprochaba; al contrario, lo tranquilizaban. “No te apures —le decían—, tu sombra ya vino”.
Cuando el secretario del ayuntamiento se enteró de que había una sombra adelantada resolviendo temas prácticos sin nombramiento alguno, consideró que aquello no era desorden, sino falta de procedimiento. Y como toda falta de procedimiento exige una reunión, se decidió convocar a los vecinos en el salón parroquial, no tanto para aclarar la naturaleza del fenómeno como para dejar constancia de que, pasara lo que pasara, se había hablado de ello.
A Hilario no le preguntaron si estaba de acuerdo.
A la sombra tampoco.
Pero fue ella la que llegó primero y ocupó la cabecera.
La reunión extraordinaria de vecinos se celebró en el salón parroquial porque era el único sitio donde cabían todos y porque, según don Cosme, ahí las cosas raras solían comportarse mejor. Se pusieron sillas prestadas, bancos de misa y dos mesas juntas que nunca quedaron parejas. En la cabecera, sin que nadie lo propusiera formalmente, se colocó la sombra de Hilario, bien plantada sobre el mosaico, mientras él quedó de pie, recargado en una columna, estorbando un poco.
—Orden, orden —pidió el secretario del ayuntamiento, que no era secretario, pero traía una libreta—. El punto único del día es el asunto de la sombra.
—¿Cuál sombra? —preguntó alguien.
—La adelantada —contestaron varios a la vez.
Doña Chona quiso saber si la sombra contaba como familia numerosa; el del gas preguntó si había que cobrarle consumo; una señora del fondo propuso que se le diera beca “porque no es culpa suya haber salido así”. Nadie respondió a nadie. Don Cosme intentó leer un salmo, pero lo interrumpieron tres veces para preguntarle si la sombra podía o no cargar cirios en la próxima procesión.
—Solo este año —dijo el cura—, y siempre a la izquierda.
La sombra asintió con una inclinación precisa que fue interpretada como signo de buena voluntad. Alguien aplaudió. Se brindó sin saber por qué.
Hilario levantó la mano.
—Yo nomás quería decir…
—Espérate tantito carnal —le dijo el secretario—, ahorita no estamos contigo.
Se discutió si la sombra debía empadronarse. El de catastro dijo que no, pero que por si acaso se le tomara medidas. Trajeron un metro. Mientras lo extendían, la sombra ya estaba en la otra esquina, charlando con Elvira sobre lo hinchadas que tenía las rodillas.
—Es muy considerada —comentó alguien—, siempre llega antes.
—Eso sí —añadió otro—, no como Hilario.
Hilario volvió a aclararse la garganta.
—Es que yo…
—Luego, hijo —le dijo su madrina—, deja hablar a tu sombra, que para eso la tenemos.
Se votó a mano alzada si la sombra podía representar a Hilario en trámites menores. Ganó por unanimidad, aunque nadie supo exactamente qué se había votado. La sombra levantó su mano oscura con elegancia. El secretario lo anotó.
—Queda asentado.
Cuando se dio por terminada la reunión, ya de noche, alguien le dio a Hilario una palmada en el hombro.
—No te lo tomes a mal —le dijeron—. Es por el bien de todos.
Hilario buscó su sombra para irse juntos, pero ella ya estaba en la puerta, despidiéndose, con esa puntualidad suya que empezaba a dolerle en el pecho.
Hilario salió detrás, apurando el paso, pero al cruzar el umbral ya no la vio. La calle estaba bien iluminada y el empedrado aún guardaba el calor del día; sin embargo, no había sombra alguna esperándolo. Pensó que se había adelantado, como siempre, y que lo aguardaría en la esquina, quizá conversando con alguien o resolviendo un asunto menor que no admitía demora.
Caminó unas cuadras llamándola en voz baja, más por costumbre que por esperanza. Nadie respondió. En la plaza encontró a un grupo de vecinos despidiéndose de ella con naturalidad, como si acabara de cumplir con una obligación largamente postergada. Al verlo, le sonrieron con amabilidad.
—Ya pasó tu sombra —le dijeron—. Dijo que mañana regresaba temprano.
Hilario siguió hasta su casa. Encendió la luz. Sobre el piso, a sus pies, apareció una sombra correcta, mansa, bien colocada, obediente al foco desnudo del techo. No se movía. No tenía prisa.
A la mañana siguiente, el secretario del ayuntamiento dejó un papel bajo la puerta: a partir de ese día, para efectos prácticos, la sombra de Hilario quedaba autorizada para representarlo en asuntos comunitarios, a fin de evitar retrasos y malentendidos. El documento no llevaba sello, pero nadie lo consideró necesario.
Desde entonces Hilario llega siempre a tiempo.
Solo que ya no lo esperan.
El libro del taller
OPINIONES Y COMENTARIOS