Son las ocho. Otra vez arriba, otra vez el mismo café, y otra vez las horas muertas esperando a que el reloj de la vuelta y regrese la misma hora.

-Papá, me voy, acuérdate de que hoy recoges a Ana de clase.

Creo que mi padre está perdiendo la memoria, lo noto tan tristón. Desde que murió mi madre se pasa horas cara a la ventana y eso no debe ser bueno. Hemos hecho bien en venirnos a vivir a su casa.

-Vale hija, tranquila, me acordaré, ¿no voy siempre?

Mi hija me repite lo mismo como si esperase una expresión de sorpresa por mi parte. Desde que ella se divorció y se vino a vivir conmigo con la niña me da la matraca con la misma monserga. Debe creer que estar jubilado es sinónimo de olvidarse de las cosas. Lo que no sabe es que, cuando por fin se marcha es cuando estoy tranquilo. A ver, que adoro a mi hija y a mi nieta, aunque han entrado en mi casa como un elefante en una cacharrería. Que sí, que puede que me pase mucho tiempo mirando por la ventana viendo las horas fuera del reloj, son mis horas, ¡es mi tiempo!

-¡Puñetas!, ya se me han quemado las tostadas.

Me encanta mirar al señor viejo de la casa. Hoy se le han quemado las tostadas. Sale humo de su ventana y se le oye despotricar desde fuera. Por las mañanas, mientras voy hacia el colegio, me gusta pegar mi nariz al cristal de la ventanilla y ver la casa del cruce. Es grandota, ni más bonita ni más fea que el resto, a mi me gusta mucho. Está al lado del semáforo ese que papá dice que es tan lento. Tiene un patio, y en el segundo piso hay un ventanal gigante por el que se puede ver la cocina. El hombre está todos los días sentado, se pone su taza, mueve la cucharita, y se queda ahí sin hacer nada. A veces me ve cotillearlo y entonces yo me escurro por el asiento trasero del coche para esconderme. Me da mucha vergüenza que me pille. Me pregunto qué hará el resto del día. Igual no hace nada. Igual está ahí para que yo pueda verlo. Igual, cuando pasamos papá y yo de largo cada mañana, vuelve a meterse en su cama hasta que volvamos a pasar al día siguiente. No sé, papá me dice que siempre pienso que solo existe lo que yo veo y lo que yo presencio. No entiendo muy bien qué quiere decirme con eso, aunque nunca se lo digo, le doy la razón, como a la seño Pilar, ella habla y habla y yo le digo a todo que sí, aunque en realidad no sepa qué quiere decirme.

Ya está sonando el teléfono, ¿Quién será ahora?

-Dígame

-Papá, soy yo. Que se me ha olvidado decirte que, cuando recojas a Ana tienes que llevarla a la tienda de Leo. Que hoy tienen ensayo y Teresa, la mamá de Leo, ha dejado que ensayen en su trastienda. ¿Te acordarás, papá?

-Que sí, hija. Que ya me lo dijiste anoche.

-Creía que no te lo había dicho. Yo hoy llegaré más tarde, que viene la encargada de la central de Zaragoza y querrá supervisar todo bien.

-Vale hija.

-Os he dejado unos filetes empanados en la nevera, solo hay que freírlos. ¿Te apañarás bien, papá?

-Sí, no te preocupes, María José.

Ay, no sé yo si le mando demasiadas cosas. Es que no sé cómo actuar con él. Ya me lo decía mi madre… “María José, el día que tu padre no tenga una mujer al lado que le diga lo que tiene que hacer se convertirá en un inútil”. Aunque puede que mi madre fuese solo una mandona, ay no sé… ¡Mierda! ¡ya me he pasado la salida de la autovía!

Mi hija está convencida de que soy un inepto. Un trasto que lo único que tiene que hacer es esperar a morirse. Piensa que el favor me lo han hecho ellas al venirse aquí conmigo. Bueno, no me molestan, me gusta hablar con mi nieta, aunque la verdad es que no sé porqué cree que el favor me lo han hecho ellas cuando la casa es mía. En fin, será que no la entiendo porque yo ya soy mayor como dice ella.

-Bueno hija, conduce con cuidado. Que tengas buen día.

-Vale papá. Un beso.

A ver si puedo tomarme tranquilo el café. Me gusta ver pasar los coches desde la ventana. La verdad es que fue un acierto hacerle caso a mi Pepa y comprar esta casa, y mira que a mí no me convencía al principio…¿eh, Pepa? Pero ahora bendigo que esté apartada del resto del pueblo. Si no fuese por el semáforo del cruce aquí no pararía ni Cristo, aunque creo que eso es lo que más me gusta. Ay Pepa, que buen ojo tuviste… 

-¿Ya estás cotilleando al hombre de la casa?

-No cotilleo papá. Me gusta ver que todos los días hace lo mismo. ¿Tú crees que se aburrirá?

-Pues no lo sé, Raquel. Puede que le guste tener tiempo para aburrirse. Ya me gustaría a mí tenerlo… Va, no fisgonees, que no está bien.

Papá no me entiende, y tampoco entiende al viejo. Hasta mañana, señor. 

Paola Molina Montoro

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