
Mariam respiraba aceleradamente. Bajó el cristal de la ventanilla. El viento gélido azotó su rostro, pero necesitaba aire.
Veía desfilar la ciudad desde el taxi como si fueran fotogramas a cámara lenta. Semáforos, edificios y peatones pasaban con una lentitud exasperante.
—Más rápido, por favor —suplicó al conductor.
Al bajar del taxi, miró el edificio. Le pareció frío y distante. Entró por la puerta Urgencias y cruzó la sala de espera hacia recepción con paso decidido, aferrándose al bolso.
Los quejidos de los pacientes, el rechinar de las camillas y toda la actividad, aparentemente caótica, pasaban inadvertidos para sus sentidos.
—Soy la esposa de Daniel Sanz. Me han avisado de que ha sufrido un accidente —dijo con la voz temblorosa a la recepcionista.
Después de unos segundos que le parecieron interminables, la chica colgó el teléfono y levantó la cabeza hacia ella.
—Sí, pase al despacho tres. La están esperando.
Entró sin llamar a la puerta. Tras la mesa la esperaba, impasible, el doctor, enfundado en una bata blanca.
—Soy el doctor Santos —se presentó con voz grave.
—¿Cómo está mi marido? —preguntó, acelerada.
—Siéntese, por favor.
Ella se dejó caer en la silla sin apartar los ojos de él.
—Está grave. Hemos tenido que extirpar el bazo y presenta múltiples fracturas, pero por ahora está estable.
—¿Por ahora? —Mariam puso la mano sobre la rodilla, presionando para evitar el temblor involuntario de su pierna.
—Está estable —respondió el doctor—, pero permanece en coma. Ha sufrido un traumatismo craneoencefálico severo y presenta un coágulo de sangre en el lóbulo frontal. Hay que operarlo de urgencia y necesitamos su autorización.
La mujer, absorta, oía al doctor hablar de posibilidades, riesgos y explicaciones en términos médicos que apenas acertaba a comprender. Cuando le presentó los documentos de consentimiento, firmó mecánicamente.
—De acuerdo —susurró—. Por favor, ¿puedo verlo?
Mariam apoyó las manos y la frente contra el cristal de la sala de cuidados intensivos.Con el cuerpo tembloroso, miraba a aquel hombre irreconocible, con el rostro deforme por los golpes, intubado, conectado a monitores y con las piernas inmovilizadas. Era Daniel, el amor de su vida, su marido. El mismo que había salido de casa lleno de vitalidad apenas unas horas antes.
Tres meses después de la operación, Mariam hacía el mismo recorrido de todos los días. El hospital, lejos de parecerle extraño y hostil como al principio, se había transformado en un lugar casi familiar. Conocía a todo el personal de aquella planta, saludaba y conversaba con enfermeras y pacientes que iban y venían. Todo se había convertido en una rutina diaria.
Sin embargo, aquella mañana sería diferente.
Marta, la supervisora de enfermería, fue a su encuentro al verla llegar. La sujetó por los hombros y la abrazó. Mariam palideció, sin poder articular palabra.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, intentando recomponerse.
—Ha despertado, Mariam. Ha recobrado la consciencia hace un par de horas. Los médicos están con él.
Corrió hacia la habitación, hasta llegar junto a su marido.
—Amor mío —susurró con los ojos vidriosos—. ¡Estás bien!
Tomó la mano de Daniel entre las suyas.
Daniel, sumido en una insondable oscuridad, la miró como si fuese la primera vez que la veía. Luego alzó los ojos al techo y retiró la mano, separándola de las de ella.
Ese gesto de lejanía la desconcertó.
—Le hemos explicado lo que le ha ocurrido —le dijo el médico a la mujer—. Aún está en shock.
—Pero…
—Hay que tener paciencia —la interrumpió el doctor, apartándose suavemente de su marido. Tiene amnesia parcial, pero poco a poco irá recuperando la movilidad y la memoria.
Dos meses después, el tiempo le daría la razón al doctor Santos. Tras una dura y dolorosa rehabilitación, Daniel ya andaba solo, ayudado por dos muletas.
Aquella mañana acudió a la revisión habitual.
—Has avanzado mucho. Puedes leer, escribir y no presentas ninguna discapacidad motriz importante.
Daniel lo escuchaba preocupado.
—Pero hay muchas cosas que no recuerdo —matizó él.
—Es normal —intentó tranquilizarlo el doctor.
—Para mí no lo es.
Santos entrecruzó los dedos de las manos y lo escuchó con atención.
—Por ejemplo, a veces me desoriento o me cuesta concentrarme en una conversación. Además, Mariam me cuenta cosas de nuestra vida, acontecimientos importantes… Muchos de ellos se me han borrado por completo. Y hay algo más.
—Continúa. ¿De qué se trata?
—Se trata de recuerdos que se agolpan en mi mente sobre alguien que formó parte de mi vida. Solo sé que se llama María, que es morena y muy bella —titubeó un momento—. Recuerdo también que llevaba un vestido azul celeste con bordados blancos y lugares relacionados con ella: una fuente, árboles, el correr del agua y una frase que resuena en mi cabeza sobre una farola que derrama miel. Es curioso, no veo bien su cara, pero sí recuerdo la suavidad de su piel y un beso.
Una sonrisa involuntaria asomó a sus labios.
—Puede que fuese una relación de cuando eras muy joven o solo un sueño —apuntó Santos.
—Solo sé que fue real.
—El proceso de recuperación conlleva tiempo y no garantiza que puedas recuperar toda la memoria. Por eso, lo mejor es que estés en tu entorno familiar, pero te acostumbrarás a llevar una nueva vida, construyendo nuevos recuerdos.
Daniel asintió sin demasiada convicción.
El taxi se detuvo frente a la casa.
—Bueno, por fin estamos en nuestro hogar.
Mariam suspiró y lo besó en la mejilla.
Él miraba los cuadros, los muebles y las fotografías colgadas de las paredes, como si caminara por un sueño que había tenido cientos de veces. Aquel espacio le evocaba sensaciones, aromas y recuerdos familiares y extraños a la vez.
Aquella noche dormirían juntos después de meses en el hospital. Daniel, tumbado, observaba el techo. Notaba cómo un sudor frío recorría su nuca sobre la almohada. Mariam lo besó en los labios con cuidado, muy despacio, como si temiera romper algo muy delicado.
—Lo siento, estoy muy cansado —se justificó él.
—No pasa nada —respondió ella, comprensiva, girándose hacia el otro lado. Una lágrima secreta rodó por su mejilla.
Daniel sintió una profunda gratitud y respeto por ella, tal vez cariño, pero nada más. En ese momento lo invadió un profundo remordimiento. Estiró el brazo para acariciar la melena oscura que caía sobre la espalda de la mujer, pero, antes de tocarla, lo retiró, sumido en un mar de dudas.
Los días se sucedían tranquilos, casi artificiales. Salía a pasear o hacía pequeñas compras, inmerso en una rutina tediosa que lo volvía aún más retraído e irascible.
Semanas después organizaron una fiesta. Él conversaba con los familiares y amigos de toda la vida. Con quienes no recordaba bien, escrutaba sus rostros buscando algún detalle que pudiera reconocer, quizá de alguien en especial.
Hacía días que Mariam observaba a Daniel en su despacho, sin levantar la cabeza de la pantalla del ordenador. Su intuición le decía que estaba concentrado en algo que lo absorbía en exceso.
—Me alegra que te hayas familiarizado tan pronto con el ordenador —le dijo ella—. ¿Qué haces?
—¿Recuerdas a la chica de mis recuerdos? María.
—Sí, me dijiste que se lo comentaste al doctor Santos poco antes de salir del hospital —respondió ella con cierta suspicacia—. ¿Quién es esa chica, Daniel?
—No lo sé. Por eso he comenzado a buscar en las redes sociales, por si encontraba algo: una cara conocida o alguna pista —se giró para mirarla—. No te importa, ¿verdad?
Ella le devolvió una mirada fracturada, casi triste, pero la respuesta fue sincera. Para bien o para mal, ella también quería saber quién era esa mujer.
—Claro que no. Todo lo que ayude a recuperarte será bueno. Además, así te distraes.
—Gracias —dijo él, sin estar seguro de que su mujer hubiese sido del todo sincera.
Desde que había comenzado a buscar a la misteriosa María, a Mariam le agradaban los cambios que percibía en Daniel: pequeños detalles que no le pasaban desapercibidos; una leve sonrisa, unos buenos días o la devolución de un beso de buenas noches. De pronto lo veía salir, poco a poco, de su caparazón.
¿Por qué no confesarlo? Sentía que el motivo no eran sus inagotables esfuerzos ni todo ese amor que vertía sobre él cada día. Se lo debía a María, pero no le importaba, porque de alguna forma lo sentía más cerca de sí. Ella hubiese dado media vida por recuperar a aquel hombre con el que se casó.
Pasaron largo rato buscando fotografías antiguas, perfiles perdidos en el tiempo y probando apellidos al azar. La búsqueda fue un desatino absurdo. El día siguiente no fue mejor.
—¡Nada! —exclamó Daniel, desanimado—. Ya no sé por dónde buscar.
Le asaltó la idea de abandonar, de introducir en ese gran pozo del olvido todo lo referente a María. Quizá todo fuese un engaño de su mente enferma.
Conducía demasiado rápido para ser una carretera con tantas curvas. Miró hacia su derecha. La muchacha, casi una niña, reía feliz, alzando los brazos al son de la música. Volvió a mirar la carretera, pero no tuvo tiempo de tomar la curva. El coche se precipitó por una ladera hasta chocar de frente contra un roble, quedando boca abajo. El brazo de la chica colgaba inerte, sujeto por el cinturón de seguridad. El vestido azul claro se tiñó de rojo y, por el cristal del parabrisas, se fue apagando la tenue luz del atardecer, hasta quedar todo completamente negro.
Despertó sobresaltado, con los ojos llenos de terror, gritando:
—¡María…, María!
Con el cuerpo empapado de sudor, se sentó en la cama.
—Tranquilo, ha sido una pesadilla —intentó tranquilizarlo su mujer.
Al mediodía, al regresar a casa, Mariam lo escuchó hablar por teléfono con el altavoz conectado.
—Inspector, ¿ha averiguado algo de si viajaba alguien conmigo el día del accidente? —preguntó con voz lánguida—. Sé que me lo preguntó un par de veces en el hospital y yo le contesté que no lo recordaba. Usted me dijo que lo investigaría.
—Sí, nos pareció raro que la puerta del acompañante estuviera abierta, pero, aunque no es habitual, debió de abrirse con el impacto. No hallamos a nadie cerca ni nada que nos indicara que hubiese otra persona en el vehículo.
—Bien, gracias, inspector.
Al colgar, se sorprendió al ver a su mujer.
—Puede que sea el momento de dejarlo —casi le suplicó Mariam— y comenzar de nuevo.
—No, seguiré buscando —contestó con firmeza—. ¿No te das cuenta de que forma parte de mi pasado?
—Yo también formo parte de tu pasado y de tu presente, pero dime, Daniel… —No pudo contener que unas lágrimas brotaran de sus ojos—. ¿Formó parte de tu futuro?
Mariam se giró sin darle opción a responder.
Pocos días después, Daniel la llamó y le pidió que lo ayudara. Quería compartirlo todo con ella y descubrir quién era María para poder comenzar de nuevo.
Daniel le contó todos los detalles que recordaba. Ella prestó especial atención cuando él llegó a la vaga descripción de María, al vestido azul con bordados blancos o a lo que parecía el fragmento de un verso roto sobre una farola que derramaba miel. Con una seguridad que no había tenido hasta entonces, se involucró decidida a ayudarlo en la búsqueda.
—Dices que todo es como una paleta donde se mezclan los colores —analizó ella—. Pues empieza por separarlos. Por ejemplo, por la fuente.
—Sí, tiene sentido.
Con esa idea se sumergió de nuevo en la búsqueda. A media mañana llamó a su esposa.
—¡Lo tengo! ¡Lo he encontrado! Tenías razón. No era una fuente, sino un nacimiento de agua en un bosque, a ciento veinte kilómetros de aquí. Hay que ir.
Miraban hipnotizados cómo un pequeño chorro de agua emanaba de entre las rocas, vertiéndose sonoramente sobre un estanque.
—¿Te acuerdas ahora de cómo era ella? —preguntó Mariam con semblante serio.
—No. Solo recuerdo que nos mojamos y reíamos. —Su rostro reflejaba aún más dudas que antes.
Mariam lo notó y quiso sacarlo de aquel mutismo. Introdujo las manos en el agua y le dijo:
—¿Cómo os mojabais? ¿Así?
Levantó las manos llenas de agua y lo salpicó de arriba abajo. Daniel reaccionó corriendo tras ella y la alcanzó a los pocos metros. Rieron mientras rodaban por la hierba.
El agua ciñó la fina tela del vestido al cuerpo de ella, insinuando sus curvas. Él la miró. Un pensamiento extraño invadió todo su cuerpo. Sus labios rozaron tímidamente los de ella con un deseo reprimido. Ella entreabrió los suyos, cediéndole un permiso que siempre le había concedido. El aliento compartido los transportó a su primer beso. Los labios se apretaron poco a poco y el deseo se tornó irrefrenable.
Encontrar la calle empedrada con la farola no fue difícil. La visitaron pocas noches después.
—Mira, parece como si la farola desprendiera miel —le dijo a su mujer, señalando el foco de luz ámbar que la coronaba, recordando el soniquete que se repetía en su cabeza.
Mariam enlazó las manos alrededor de la farola y comenzó a dar vueltas a su alrededor, desprendiendo una fragancia de juventud que envolvió a Daniel. Este la cogió en brazos y giró sobre sí. Súbitamente se detuvo.
—Allí, en aquel balcón —dijo, invadido por un nuevo recuerdo—, una mujer reía mientras nos veía jugar a María y a mí.
Miró a Mariam sin soltarla.
—Lo siento… Yo… —no supo qué decir, turbado por mencionar a María cuando aquel momento debía pertenecer solo a ellos.
—No importa. Ahora soy yo quien está en tus brazos.
Daniel la miró a los ojos. Su mirada era limpia, transparente. En ella se había disuelto todo atisbo de duda.
—Te amo —le dijo dulcemente.
Y, de repente, se dio cuenta de que, por segunda vez, habían tomado juntos un tren de regreso al pasado.
La puerta del desván estaba entreabierta. Entonces cayó en la cuenta de que hacía muchos meses que no subía allí. Subió y lo inspeccionó desde la entrada. Algo llamó su atención: una pequeña caja metálica sobre la estantería. Sería de Mariam, pensó.
En su interior había flores secas, unas pulseras de cuentas, un par de postales amarillentas y una fotografía desgastada por el paso del tiempo. Al mirar la foto, sus ojos se abrieron, el aliento quedó suspendido en el aire y la sangre se agolpó súbitamente en su pecho.
Era ella. María. La muchacha de sus recuerdos. Estaba bajo aquella farola que derramaba una tenue luz amarilla, con su vestido azul celeste de bordados blancos. Le dio la vuelta a la fotografía con las manos temblorosas y leyó la dedicatoria:
«Bailemos alrededor de la farola que derrama, desde su torre, chorros de miel sobre el asfalto.
Para mi amor, tuya para siempre.
María Amparo.»
—María… María Amparo… Mariam… —susurró.
Se incorporó lentamente del suelo con la fotografía en la mano y se giró. A su espalda, Mariam lo observaba con los brazos pegados al cuerpo y los músculos de la cara relajados.
Conversaron con la mirada. Sin decir una palabra, todas las preguntas y todas las respuestas quedaron resueltas. Envueltos en el aura de un amor que volvía a renacer, Daniel dio un paso hacia ella. Un paso hacia María. Hacia Mariam.
El libro del taller
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