
A mitad de la tarde decidió que debía ir a la peluquería, llevaba el pelo demasiado largo. Su pareja y sus amigos le decían que parecía un indio con esas melenas. Lo cierto era que sus ojos rasgados, de forma almendrada, y su tez morena de tono bronceado le daban un cierto aire exótico en aquella ciudad europea.
Así que, cuando pensó que debía cortarse el pelo, no solo era porque lo llevaba largo, sino porque también quería cambiar de estilo. Necesitaba salir de la normalidad en la que se había instalado, abandonar su zona de confort.
Por su trabajo siempre iba bien vestido: traje de Yves Saint Laurent, Rolex, zapatos Martinelli siempre relucientes y el pelo cuidadosamente engominado. Pero no podía ir vestido así si pretendía reinventarse. Se cambió de ropa, algo más informal: unos vaqueros rotos, una camiseta negra, desgastada y descolorida, de los Sex Pistols, y unas zapatillas negras Converse All Star, como las que llevaban los Ramones.
Para dar ese paso no quiso acudir a la misma peluquería de siempre. Pensó que también debía cambiar de barbero. Por eso no se dirigió al centro de la ciudad, sino que se marchó a la periferia. Buscaba un cambio radical, algo que hiciera evidente para todo el mundo que él era diferente.
Prefirió caminar para encontrar una barbería donde no tuviera que esperar. No quería hacer cola ni quería quedarse sentado hojeando sin interés una revista. Tampoco le apetecía hablar con desconocidos mientras aguardaba su turno. Sobre todo porque quería evitar que el tiempo muerto le hiciera cambiar de idea. Necesitaba sentarse cuanto antes frente a un peluquero y pedirle aquel extraño corte antes de arrepentirse.
El sol se iba ocultando lentamente tras el horizonte de edificios y las calles comenzaban a quedarse a oscuras. Se escuchaba el ruido de algunas persianas metálicas bajando. Pronto llegaría la hora del cierre.
Y entonces la vio.
Era justo la peluquería que buscaba.
Un local para caballeros, sin clientes, con el clásico cilindro girando con sus franjas blancas y azules que daba vueltas hipnóticamente. No había nadie dentro y, desde fuera, tampoco alcanzaba a ver al peluquero.
Decidió entrar. Nada más cruzar la puerta percibió un intenso olor a eucaliptus citriodora que se apoderó de él. Supuso que serviría para ahuyentar insectos, o quizá malos espíritus. Vete tú a saber. El local tenía el aspecto de una jungla.
Un enorme espejo dominaba la estancia y la hacía parecer más grande de lo que realmente era. Había una única silla de espera y un sillón de peluquero, que parecía un trono, ocupaba el centro de la sala.
De las paredes colgaban máscaras tropicales de vivos colores, todas con una sonrisa incierta y enseñando los dientes. En una esquina se alzaba una jirafa de su misma altura. Cerca de ellos había un jarrón repleto de flores naturales, con colores intensos de las que parecía comer. Sobre un estante descansaban pequeñas figuras de madera: bisontes perseguidos por diminutos indios tribales armados con arcos, flechas y hachas. Y al fondo hombres blancos acampados que los vigilaban.
Mientras esperaba a que apareciera el peluquero, se quedó observando la precisión con la que el escultor había tallado los pequeños detalles de aquellas figuras de madera. Al llegar a la última, la cogió para examinarla mejor. Representaba a un cazador de mirada fría, con el torso desnudo y un hacha entre las manos. No la soltó.
Entonces sintió el impulso de salir de aquel local. Pero, al darse la vuelta, tropezó con alguien que acababa de entrar. Era el peluquero. Vestía una bata de un color blanco nuclear, casi irreal. Era calvo, lucía una barba espesa y perfectamente cuidada, llevaba los brazos con tatuajes de colores que parecían viñetas de un cómic. Sus dedos, peludos y regordetes, recordaban a pequeñas morcillas.
Se quedó paralizado. ¿Salir o quedarse? Difícil decisión teniéndolo delante. Intentó tranquilizarse. Miró la cabeza completamente calva del peluquero y pensó que no debería haber entrado. Pero ya era tarde.
-¿Qué quería? -preguntó el hombre con amabilidad.
Parecía haber adivinado sus intenciones de abandonar el local, porque su voz sonó especialmente cordial.
-Creo que me quiero cortar el pelo… -respondió con una voz apenas audible y algo temblorosa.
-¿Usted solo o quiere que le ayude? -bromeó con una sonrisa el peluquero.
Y enseguida añadió:
-Está en el sitio adecuado. Esto es una peluquería. Tome asiento.
Con la palma de la mano abierta le indicó el camino hacia el sillón, que seguía pareciendo más un trono que un asiento de peluquero.
-¡Gracias!… -respondió él, recuperando algo de seguridad mientras enderezaba la postura.
-¿Tiene pensado cómo quiere que le corte el pelo?, -preguntó el barbero
-Quiero un cambio -dijo esta vez con más firmeza-. Algo diferente a los que llevo ahora. Un estilo que encaje mejor con mi forma de vestir.
-¿Algo más punk? – el peluquero parecía buscar su aprobación antes de comenzar el trabajo.
-Vale. -la respuesta le sorprendió a él mismo, le salió demasiado deprisa; ya no había vuelta atrás.
Sin estar convencido del todo, vio cómo el peluquero le colocaba la capa de nailon, ajustaba la altura del sillón para trabajar con comodidad y cogía una máquina inalámbrica para cortarle el pelo.
Pero antes de encenderla, sacó del bolsillo de la bata un pequeño espray y le roció el cabello. El dulce aroma que desprendía fue tan intenso que sintió que se elevaba del trono en el que estaba sentado.
La máquina de cortar el pelo se puso en marcha con su suave ronroneo y comenzaron a caer los primeros mechones. El cabezal recorría su cabeza con un masaje agradable y él empezó a bostezar.
Los ojos se le nublaban. Ya no podía distinguir con claridad lo que ocurría a su alrededor ni cómo le estaban cortando el pelo. El reflejo del espejo desdibujaba la figura del profesional, que se movía rápidamente. Por momentos parecía un simple peluquero; por momentos, un chamán rodeado de aquellas máscaras que parecían observarlo y sonreír furtivamente. Seguro que era su imaginación.
Cuando quiso darse cuenta, todo había terminado. El tiempo había transcurrido velozmente. Poco a poco fue recuperándose de aquella especie de embriaguez y consiguió que sus ojos enfocasen su figura de nuevo en el espejo. No se reconoció.
Durante unos segundos dudó incluso de que aquel reflejo fuera el suyo.
-Ese no puedo ser yo… ¿Cómo…? ¿Qué transformación he sufrido en tan poco tiempo?
Se llevó una mano a la cara. Notó el contacto de sus dedos sobre la piel. Después se tocó los laterales afeitados de la cabeza. Era su cuero cabelludo. Finalmente, con cierta inseguridad, rozó con sus dedos la cresta rubia que el peluquero le había decolorado.
-¿Qué me has hecho?
No sabía cómo reaccionar. Dudaba entre salir corriendo sin pagar o quedarse inmóvil en el sillón. Entre reír o echarse a llorar como un niño enfadado.
-¿No le gusta? -preguntó el peluquero con una ligera decepción.
Él no respondió.
Se dejó caer contra el respaldo del asiento y comprendió que la culpa no era del peluquero. Había sido él quien había pedido un cambio sin explicar qué quería exactamente. No había puesto límites ni dado indicaciones. Simplemente se había abandonado a las manos del profesional.
Ahora le cepillaba los pelos sueltos de la nuca y le retiraba la capa de nailon. Después volvió a perfumarlo con uno de aquellos espráis de dulce olor.
-Ahora sí que parece un punk con ese corte de pelo mohicano.
No le dio tiempo a contestar. El peluquero le dijo el precio. Él sacó la tarjeta, pagó y se dirigió a la puerta.
-¡Hasta luego! -murmuró el peluquero de forma casi imperceptible.
Él no dijo nada.
Al salir a la calle no quiso mirar atrás. Ya era noche cerrada. Comenzó a caminar sin rumbo. Se sentía extraño con aquel corte de pelo.
Las calles estaban desiertas. El silencio solo se rompía con el movimiento de los árboles, cuyas ramas se agitaban bajo el viento. A lo lejos distinguió varias hogueras, con curiosidad y sigilo se dirigió hacia ellas. Y entonces algo empezó a cambiar. Sintió frío sobre su piel desnuda. Se miró las manos.
¿Por qué llevaba un hacha? ¿Por qué sentía la hierba bajo sus pies descalzos? ¿Por qué aquella sed de venganza? Las hogueras ardían en la distancia. Echó a correr hacia ellas.
-¿Dónde está mi poblado? ¿Dónde están los hombres blancos? ¿Por qué acampan en nuestra tierra? ¿Por qué nuestros tambores no anuncian la guerra?
Los pensamientos surgían de forma confusa, mezclándose unos con otros. Sabía que aquella guerra solo podía terminar de una manera. Debía acercarse sigilosamente al campamento del hombre blanco. Entrar en la tienda de su jefe. Arrancarle la cabellera mientras dormía. Llevar el trofeo a su poblado. El sudor le recorría el cuerpo desnudo.
Ahora empuñaba el hacha con más fuerza. En la otra mano sostenía una cabellera gris.
Decidió que debía ir a la peluquería.
El libro del taller
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