Perderse para encontrarse. Frase de Instagram acompañada de la típica foto de espaldas frente al mar, una montaña o cualquier otro paisaje. Como si eso fuera una receta universal para resolver algo. Y, sin embargo, yo llevaba semanas intentándolo.
La primavera estaba siendo bastante gris. Reconozco que siempre he preferido las semanas de marzo previas al cambio de estación; me parecen mucho mejores que el mes de abril. El sol, el aire tibio con las primeras notas de azahar y algún chubasco puntual. Pero este año el invierno se estaba alargando, ofreciendo un mayo húmedo y triste.
A pesar de ello, yo seguía yendo a la casa para acercarme un poco más a la naturaleza. Además, con tanta lluvia, el entorno recordaba a aquellas zonas más montañosas y umbrías que recorría en los campamentos de mi adolescencia. Los pinos, los enebros y hasta las piedras adquirían un aspecto casi místico gracias a la luz fría que se filtraba entre las nubes.
Generalmente me desplazaba hasta allí sola. Las excusas de J. y sus compromisos laborales cada vez me daban más igual. Yo solo quería escapar y cada fin de semana me dejaba engullir por el monte.
La suerte de haber comprado aquella casa destartalada era que se encontraba en la linde de un parque natural. Podía salir de casa en cualquier momento y recorrer un sendero que bordeaba las crestas de la sierra. Casi siempre empezaba en el mismo punto, hasta llegar a una fuente desde la que se ramificaban varios caminos. Daba igual cuál escogiera: todos volvían a confluir antes o después.
Pero un día no fue así.
Ese sábado pensé que me había confundido en algún tramo, que debí distraerme con mis pensamientos urbanitas. No recordaba ese pino medio caído al borde del camino ni tampoco el color de las flores silvestres que iba encontrando. Al principio me alarmé, así que desanduve lo andado y conseguí llegar de nuevo a la fuente. Empezó a llover y decidí volver a casa.
Afortunadamente, la mañana del domingo amaneció totalmente despejada y decidí regresar a la montaña, aunque por un sendero más corto. El estupor del día anterior dio paso al disfrute del sol sobre la piel y de los olores de la tierra mojada. Esta vez no me perdí.
La semana siguiente la pasé en piloto automático. Solo pensaba en que llegara de nuevo el fin de semana para poder volver a mi destartalada casa en la montaña. Por fin, el viernes cogí el coche y me fui sola. La previsión meteorológica parecía bastante optimista, así que mi humor mejoró cuando el sábado se presentó luminoso y fresco. Ese día decidí volver a hacer una de las rutas largas, así que preparé todo lo necesario para caminar.
Llegué a la fuente. Escogí el tercer camino, que rodeaba una colina y luego ascendía por la cresta hasta alcanzar un castillo medieval medio conservado. Al llegar, paré a almorzar y me senté a la sombra de un muro, pues el sol —¡al fin!— primaveral me escocía en la piel descubierta. Algunas familias visitaron el castillo, ya que tenía un buen acceso en coche, pero pronto me quedé sola.
La modorra y el silencio pudieron conmigo. No sé cuánto tiempo me quedé allí, pero dormí lo suficiente para que el día volviera a tornarse gris. Recogí mis cosas con el cuerpo entumecido por la siesta y seguí la ruta que me había marcado al salir.
La vuelta se me hizo eterna, a pesar de que había escogido un camino más directo para regresar. En qué mala hora hice aquella siesta, a todas luces demasiado larga. Se notaba en el aire un olor dulzón y penetrante que no supe identificar. Era empalagoso, como si hubiera caído dentro de un bote de miel. El aturdimiento que me producía se deshizo de golpe: de nuevo, aquel pino inclinado.
Me quedé clavada en el sitio.
No comprendía cómo me había vuelto a desviar sin darme cuenta. Si volvía atrás, podría llegar hasta el inicio de la ruta sin problemas, pero era un buen trecho. Si seguía por el sendero del pino caído, me arriesgaba a perderme de verdad.
Tras unos minutos de indecisión, volví sobre mis pasos. De nuevo llegué al castillo y aproveché para recuperar fuerzas. Frutos secos, un poco de agua y a seguir. No quería entretenerme más de lo necesario, pues el cielo estaba cada vez más oscuro. Lo bueno de la montaña es que la vuelta, si es en descenso, suele ser más rápida.
Sin embargo, la amenaza flotaba en el aire. El silencio era denso; la presión del ambiente se podía cortar con una navaja. Solo se escuchaban los pinos, entre los que arrullaba el viento. El resto del monte contenía la respiración. Un escalofrío me recorrió la espalda. Entonces cayó el primer rayo. Comenzó a llover y poco después escuché el trueno. Saqué el chubasquero y seguí caminando. El olor a ozono y tierra mojada me azuzó y aceleré el paso.
Tras un par de truenos más, la lluvia se intensificó. Necesitaba resguardarme: mis zapatillas no tardarían en convertirse en un charco y el suelo iba camino de transformarse en un lodazal. Evité el impulso de acercarme a los árboles y, al fin, encontré un apilamiento de rocas. Mal que bien, ofrecía algo de cobertura.
¿Qué me había pasado? Seguramente me había despistado entre el cansancio y la siesta. Pero había vuelto a aparecer aquel pino medio caído; estaba segura de que era el mismo. Un poco más inclinado, quizá. Es posible que se tratara de un sendero en el que nunca me había fijado.
Mientras daba vueltas a todo aquello, vi de repente una figura a cierta distancia. Con la lluvia arreciando, me costó distinguir quién o qué se acercaba. Parecía un cervatillo, y pensé que estaría buscando refugio, igual que yo unos minutos antes.
Nos observamos mutuamente.
Cayó otro rayo.
El cervatillo salió despavorido y desapareció entre los arbustos.
La espera fue corta, pero mi inquietud fue en aumento. Tenía las zapatillas caladas y el frío metido en el cuerpo. Cuando por fin la lluvia amainó un poco, salí de aquel refugio improvisado y prácticamente corrí hasta mi casa. Llegué temblando, me desnudé y me metí en la ducha, agradeciendo haber cambiado la botella de butano.
Ese fin de semana no volví a salir a la montaña.
Tras ese fin de semana, estuve bastante tiempo sin volver. No creo que fuera miedo, pero algo más que los simples compromisos me retuvo en la ciudad durante más tiempo de lo habitual.
Con la llegada de junio comenzó a mejorar el tiempo. Volví a la casa, incluso con J. Las lluvias primaverales habían conseguido que la vegetación estuviera en su punto álgido. Los pinos verdes, las flores sonrientes y multitud de hierbajos proliferaban por toda la zona. Aquella primavera tardía, antesala del verano, estaba siendo preciosa. Podía oler las vacaciones, con ese aroma a verde a punto de explotar.
Con J. los paseos eran cortos. Apenas nos alejábamos de los alrededores de la casa. Sus rodillas le doblaban la edad y lo transformaban en un viejo cascarrabias de treinta y pocos años. Al final me harté de aquellos paseos geriátricos y decidí volver sola a mis rutas.
Recordando la última salida, quise ser prudente y me llevé bastante más agua y comida que la vez anterior. Había algunas nubes, pero no tenía pinta de llover, así que dejé el chubasquero y salí.
El primer tramo me llevó hasta la conocida fuente. Ningún percance. Mientras dudaba qué camino tomar, una nube tapó el sol. Seguía haciendo calor, pero noté un escalofrío. Decidí seguir por el sendero que no había terminado la primera vez que me perdí.
Una brisa suave refrescaba el ambiente, y aquella sensación me gustaba. De vez en cuando el sol asomaba entre los jirones de nubes y picaba sobre la piel. Afortunadamente, la ruta tenía algunos tramos de sombra, así que agradecí haber elegido ese camino.
Llegué al punto más alto del recorrido, desde donde se veía el mar. Parecía un plato brillante. Me cobijé bajo unos pinos. A lo lejos se distinguía un carguero, un punto en medio del agua aparentemente diminuto, pero suficiente para romper la armonía del conjunto. Así me sentía yo.
Después de un rato sentada, decidí continuar, pues empezaba a amodorrarme. Era pronto, pero hacía demasiado calor. Una vez en marcha, me sentí mejor. Empezó a soplar viento. Era húmedo y afilado, nada que ver con la brisa anterior. En un momento dado, una gran masa de nubes volvió a tapar el sol. Recordé el chubasquero colgado en la silla del comedor. Confiaba en no necesitarlo.
Un tropiezo con una piedra me hizo salir de mi propio ensimismamiento.
Al levantar la vista, ahí estaba aquel pino torcido. No podía ser. Ni siquiera era la misma ruta. Parecía una broma pesada. La impotencia me pudo y me eché a llorar.
No recuerdo cuánto tiempo estuve así, parada y hecha un mar de lágrimas. De repente oí un crujido y detecté movimiento en la ladera de la montaña, junto al sendero. Era el cervatillo de la otra vez. Estaba tan cerca que pude distinguir las manchas de su lomo.
Me quedé quieta. No quería que se asustara y, la verdad, hubo algo en su proximidad que me calmó. El animal empezó a alejarse de mí en dirección al pino caído. Bordeaba el camino sin llegar a pisarlo. Demasiado artificial para él. Se detuvo y me miró, como si me estuviera esperando.
Me levanté del suelo y lo seguí con tranquilidad, manteniendo una distancia prudente.
El camino que recorríamos era completamente nuevo para mí. El paisaje guardaba semejanza con el que conocía, pero había muchos elementos que me resultaban extraños. Una roca gigantesca al borde del sendero, más troncos caídos, huecos entre la vegetación, pinos deshojados que habían vivido tiempos mejores.
A aquel entorno sombrío se sumaba un aroma dulzón y empalagoso, demasiado intenso para resultar agradable. Afortunadamente no había niebla, pero el sol iba perdiendo la batalla contra las nubes.
En algunos recodos del camino el cervatillo me esperaba, como si quisiera darme a entender que no me dejaba sola. Al menos así preferí interpretarlo yo. Bastaba con doblar una curva y verlo de nuevo para que me invadiera una sensación momentánea de alivio.
Sin embargo, la tensión que flotaba en el ambiente no terminaba de abandonarme.
Cuando ya llevábamos bastante rato caminando, el sendero desapareció ante una arboleda. Era lo bastante espesa como para impedir ver qué había más allá. Fue entonces cuando mi compañero y yo nos miramos por última vez. Suspiré.
Entendí que cada uno debía seguir su propio camino.
Me armé de valor y me adentré entre los árboles, sin saber qué sería de mi amigo.
El libro del taller
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