
La noche del 3 de noviembre decidí que mi vida no era más importante que la del resto de mi familia, puede parecer una reflexión poco elaborada pero teniendo en cuenta lo que estaba a punto de hacer, era una decisión tremendamente meditada.
Me quedé unos segundos mirándome en el espejo de mi dormitorio. No estaba segura de si era cosa mía o de las grietas del cristal, pero la cara que me devolvía la mirada no parecía del todo mía.
Fuera llovía sin descanso. Siempre llovía. No recordaba la ciudad en silencio.
Me cubrí la boca y la nariz con un pañuelo, dejando apenas espacio para respirar. No era suficiente, pero tampoco importaba. Lo más probable era que no sobreviviera a aquella noche.
Abrí la ventana y me subí a la repisa.
La niebla comenzaba a extenderse por la calle, lenta, arrastrándose por el suelo. La alarma había sonado hacía ya casi una hora. No quedaba nadie fuera. Debería haber sido suficiente para detenerme pero no lo fue, así que salté y corrí.
Mientras las gotas de sudor resbalaban por mi cuello y mi frente, pensaba que quizás todo esto era una pantomima, que la niebla no podía matar a nadie. Por mi mente cruzó un pensamiento, nunca había visto morir a nadie por respirarla. Pero nadie salía para comprobarlo.Quizá todos estaban equivocados.O quizá no.
Visualicé la farmacia más cercana a mi casa y corrí aún más deprisa, pues la niebla me llegaba ya por las rodillas. Me dispuse a buscar la ganzúa en mi bolso para abrir la puerta cuando sentí que algo se movía a mi espalda.
No fui lo bastante rápida, algo o alguien me golpeó en la cabeza y sentí que el mundo se inclinaba.Y entonces, unas manos me sujetaron antes de caer.
—Abre la maldita puerta—susurró una voz masculina junto a mi oído. Obedecí. La cerradura cedió y entramos. Él empujó varios muebles contra la puerta, bloqueándola.
Yo me quité el pañuelo y respiré con dificultad. Cuando se giró hacia mí, me estaba mirando fijamente.
—¿Qué estás haciendo? ¿Querías morir?- me dijo aún con la mitad de su cara tapada.
—¿Y tú? – respondí bastante enfadada por el golpe que había recibido – Estamos en la misma situación.
—No, yo sabía lo que tenía detrás. Tú no.
—¿Qué era?
Él comenzó a reírse mientras se quitaba el pañuelo de la cara. Me permití un instante para poder contemplarle. Tenía cicatrices en la ceja, en el labio, en el cuello. Nada en él era limpio. Nada encajaba del todo, y aun así, no podía dejar de mirarlo.
—¿Te preocupa la niebla? – me dijo él, mientras miraba a nuestro alrededor.
—Teniendo en cuenta que si la respiro me muero. Pues sí, me preocupa.
—Hay cosas peores en la noche que la niebla.
Se apartó de mi lado y comenzó a rebuscar entre las estanterías, intenté dejar de mirarlo pero no pude. Es entonces cuando la vi. Sangre. Le empapaba la pierna. Sin pensarlo ni un segundo me acerqué para ayudarle. No había llegado aún a tocarle cuando él ya se estaba alejando de mí. No hizo falta que dijera nada, fue claro, no quería que me acercara. Di media vuelta y me dediqué a buscar las medicinas para mi familia. No encontré todo lo que necesitaba pero sería suficiente para aguantar unas semanas más.
—Habría que desinfectarte la herida, déjame ayudarte – le dije finalmente.
—Puedo hacerlo solo.
—Prefiero que no te desangres antes de que lo que sea que hay ahí fuera nos encuentre esta noche. Necesito volver a mí casa cuanto antes.
No respondió. Esta vez no me apartó. Su respiración cambió, más lenta. Como si, por un momento, lo de fuera hubiera dejado de existir. Observé de reojo como él cerraba los ojos durante unos segundos. Yo tampoco miré hacia la puerta. Mientras le desinfectaba la herida, el silencio se volvió extraño, casi ajeno a todo lo que nos rodeaba. Demasiado tranquilo para aquella noche.
—¿De verdad crees que vas a salir de aquí esta noche? —dijo él.
Me quedé quieta.
—La niebla no se va hasta el amanecer. Tendrás que esperar.
El aire se me atascó en el pecho. Mi familia sabría que había salido. No me dejarían volver a entrar en casa. Sin darme cuenta había comenzado a temblar.
—Esperabas volver – me susurró, como si decirlo en voz baja lo hiciera menos doloroso – ya no tienes donde ir.
—Salí a por medicamentos – dije – mis padres están muy enfermos.
—Entonces era cuestión de tiempo, ya estaban en la lista – su expresión no cambió, tan solo colocó una mano en mi hombro.
No entendí qué quería decir pero no podía permitir que mi familia descubriera que había salido por la noche, todo habría sido en vano.
Los ruidos de la calle me sacaron de mis pensamientos. Gritos, eran gritos. Me dirigí al escaparate y pegué la cara al cristal para intentar ver algo entre la niebla y la oscuridad. Qué ironía, pensé, parecía una película en blanco y negro, como la que veían mis padres cada noche antes de ir a dormir.
—Agáchate —dijo él, tirando de mi muñeca—. Si nos ven, entrarán.
—¿Quiénes?
—Los que salen a cazar – me susurró, aún sujetándome la muñeca – Me llamo Rem.
Me quedé quieta a su lado, mirando fijamente su perfil, un perfil bonito, roto por las cicatrices, pero bonito.
—Lira —le dije— Me llamo Lira.
Rem asintió levemente, lo observé durante unos segundos, esperando que dijera algo más, pero no lo hizo, así que decidí romper el silencio.
—Sabes lo que pasa ahí fuera —murmuré— lo has sabido desde que me obligaste a forzar la cerradura para entrar aquí.
No respondió de inmediato, se tomó unos minutos mientras bajaba la mirada, sentía que podía ver cómo se debatía algo en su interior.
—Sé lo suficiente —dijo al final mientras me miraba fijamente — Lo justo para seguir vivo.
—Eso no es una respuesta – le espeté bastante molesta por su falta de honestidad.
—Es la única que hay.
De nuevo el silencio se interpuso entre nosotros como un muro gigante de piedra. Rem apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos un instante.
—Me habría gustado conocerte en otro lugar, Lira —dijo, casi en un susurro—. Uno donde todo esto no existiera y no tuviéramos que vivir con tanto miedo.
Sentí alivio de que Rem mantuviera los ojos cerrados. Me quedé mirándolo un instante más de lo que debería, sin entender del todo qué estaba intentando decirme con todo aquello. No supe qué responder. Cuando por fin iba a hacerlo, algo cambió fuera. La calle de repente dejó de parecer una marea de calma blanca. Había movimiento. Maldita sea, había gente fuera, entre la niebla, se escuchaban gritos de nuevo.
—¡Hay gente fuera! ¡Hay que ayudarles! – Rem me cogió de la mano sin decir una sola palabra, con su otra mano me tapó la boca y negó lentamente con la cabeza.
—Solo te pido que mires más allá de la niebla, por favor, observa pero no te muevas.
Mientras me perdí en la oscuridad de la mirada de Rem, tratando de encontrar respuestas, elegí obedecer, pues hacía tan solo unas horas, él eligió ponerme a salvo a mí. Giré la cara y volví a mirar a través del cristal. Notaba su brazo rozando el mío. No se apartó. Yo tampoco.
Entre la niebla comencé a distinguir varias figuras. Hombres. Eran cuatro hombres armados que arrastraban a una mujer y una niña. Ambas lloraban, gritaban, suplicaban piedad. Duró poco. Primero dejé de escuchar a la niña, luego fue la mujer. A ellos no los escuché, no alzaron la voz durante la masacre, no les hizo falta. Tres de ellos se llevaron los cuerpos. El cuarto se detuvo ante la puerta de una casa, alzó el brazo y trazó una línea roja sobre la madera. Precisa. Vertical. Sentí un frío seco recorrerme por dentro y pensé en todas las puertas marcadas que había visto en la ciudad. Nunca me pregunté por qué estaban abandonadas y entonces fui consciente de que hubo un tiempo en el no estuvieron tan vacías.
Rem acercó su mano a mi rostro y secó las lágrimas que caían de mis ojos, no supe cuando había comenzado a llorar.
—Cuando dejan la marca, ya han decidido —dijo él— solo vienen a recogerlos Lira. No es la niebla.
Su voz era baja pero firme, como si ya lo hubiera visto demasiadas veces.
—Entonces, ¿Qué es?
—Los que no van a sobrevivir.
Sentí que no podía respirar, dejé de mirar a través del cristal y cerré los ojos, deseando que las horas pasaran rápido y que todas las pesadillas que ahora se me antojaban muy ciertas, fueran tan solo producto del miedo que recorría mi cuerpo.
Rem me despertó, no sé cuánto tiempo estuve así, quieta. Me ofreció su mano para ayudarme a levantarme. La cogí. No sabía si era capaz tan siquiera de andar.
—Ya puedes ir – susurró Rem.
Quise responderle, quise darle las gracias por quedarse sentado a mi lado toda la noche, dándome la mano. Quise decirle que a mí también me hubiera gustado conocerlo en otra historia, en la que yo no tuviera tanto miedo y él no tuviera tantas cicatrices. Pero no pude. Simplemente corrí.
Quedaban restos de niebla pegados al suelo, mis pies los atravesaban como si no estuvieran allí. Me quité el pañuelo y el aire frío me llenó los pulmones.
De repente sentí la calle distinta. Lejana. Como si realmente yo no estuviera allí y todavía siguiera sentada en el suelo de la farmacia. Entonces la vi. Mi casa. La reconocí rápidamente. No fue por las flores del balcón que mi madre regaba cada mañana, ni por la ventana de mi dormitorio que me dejé la noche anterior abierta, sino por la marca roja que atravesaba la puerta principal. Una marca vertical.
Me acerqué despacio, sigilosa, mi mano quedó suspendida en el aire. Lo supe antes de tocar, nadie iba a abrir. Ya no.
Di un paso hacia atrás y luego otro, hasta que no fui capaz de avanzar más. Me giré. Le di la espalda a lo que un día fue mi hogar y entonces lo vi. Allí estaba él, al final de la calle. No dijo nada. Solo estaba ahí. Esperándome.
Y esta vez, no miré atrás.
El libro del taller
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