

La soga,
anudada, perfecta, estática al fondo del pasillo. Colgada en la otra
habitación. La observo, reducida por la distancia. Aparto la mirada.
La olvido.
Se me da
bien ignorar a la soga.
Soy un niño
con barba, una especie de chimpancé de gran tamaño. Sobrevivo, no
pienso mucho en ello. Deambulo sin objetivo dentro de una habitación,
opuesta a la otra, ambas conectadas por un pasillo de longitud
incierta. Tengo juguetes, figuras de acción y muñecas que están
ligeras de ropa sin ningún motivo.
No necesito
más. Me alimento del aire, de la magia. Soy feliz.
Un día,
escucho el portazo.
Es la
primera vez que escucho un ruido de tales características, pero sé
que es un portazo; sobre todo entiendo su significado.
Miro hacia
la habitación al final del pasillo. Está cerrada. Es la primera vez
que veo una puerta, pero entiendo lo que es: su utilidad, lo que
significa. Ya no se ve la soga. Me la oculta la puerta. Eso me pone
nervioso.
Aparto este
hecho, tengo práctica. Me centro en mí. El mundo dentro de la
habitación, ese lugar que habito, que siempre he habitado y que
siempre habitaré.
Pasa el
tiempo. Me acostumbro a la puerta al final del pasillo. Pero un nuevo
suceso, esta vez silencioso, llama mi atención: juro que la
habitación donde habito está menguando. Es mínimo el cambio, pero
enseguida lo noto. Ha empequeñecido un milímetro, lo juro. Otro.
¿Puede ser?
La
habitación empequeñece. Primero ésta pared, luego ésta, ésta y
ésta. Se repite el proceso. Un milímetro por día, o algo más. Es
una impresión en el tiempo.
Dejo de
pensar en este hecho, pero eso no evita que la habitación siga
menguando. ¿Qué puedo hacer? Sigo ignorando el suceso, seguro que
al final se cansa de ocurrir.
No he
contado los días, pero sí la distancia entre las paredes y yo. Cada
vez tengo menos espacio donde moverme. Los juguetes en el suelo cada
vez más amontonados. Estoy incluso habitando a ratos el pasillo. Le
he cogido el gusto a traspasar la entrada, ese marco sin puerta. Es
extraño, toda la vida conociendo este marco, y es la primera vez que
lo rebaso, que lo toco para descubrir su textura, de una madera que
nada tiene que ver con la aspereza de las paredes insolentes, que me
empujan sin tocarme, que aplastan el espacio.
Termino
viviendo más en el pasillo que en la habitación. Si se la puede
llamar así. Ahora es un reducto, un lugar donde quedar agachado, si
acaso apoyado con el cuerpo recogido, hecho una bola.
El pasillo
sólo permite moverme en una dirección, y recorrer su inversa, dar
apenas un intento de paso hacia cualquiera de las paredes que definen
el pasillo.
Adelante.
Hacia atrás. A veces imito a un cangrejo. Aburrimiento. Mi mejor
amigo. Hacia adelante; para atrás. Y así. Me define. Soy yo. No
necesito más. Es una acción monótona, pero me acostumbro. Lo
convierto en algo necesario. No tardo en olvidar que es un hecho que
roza lo absurdo.
En la
habitación sólo cabe mi mano. Los juguetes y yo estamos en el
pasillo desde hace tiempo. Ya lo llamamos hogar. Las figuras de
plástico y cerámica de mala calidad están de pie a ambos lados del
pasillo. Espaldas contra la pared. A veces me posiciono como si fuese
uno más de ellos. Es divertido, merece la pena probarlo.
Los días
pasan. Mi nueva vida es igual que la anterior. Sólo ha cambiado el
espacio, no es excusa para alterar mi situación. Mi barriga sigue
ancha, y eso basta para representar el mundo.
En uno de
estos días, mientras imito ser un juguete más, deduzco un hecho, un
posible: las paredes del pasillo, tarde o temprano, también se
moverán. Reducirán el espacio y con ello mi tiempo. Deshecho tal
pensamiento, pero creo que ya es tarde porque en realidad ya es un
cúmulo de pensamientos enredados. Con los días van macerando, y ya
no tengo otra idea en la cabeza que no esté relacionada con la
reducción entre paredes.
¿Pero qué
hacer? Quizá… la única vía…
La puerta.
La puerta al
final del pasillo. La otra habitación.
Es entonces
que recuerdo qué hay allí dentro.
Respiro
hondo, pero no noto que trague suficiente aire. Pienso. Últimamente
no sé hacer otra cosa.
Es sólo
avanzar. La puerta. Esa dirección, ¿qué si no?
Las paredes
omnipresentes.
Camino como
si fuese la primera vez que lo hago. Dudo de cómo funcionan mis
propios pies. Tomar conciencia parece sencillo.
Avanzo. Mi
respiración actúa como si hiciese calor. El pasillo se extiende en
imitación al horizonte; pero la puerta está ahí, al alcance de
pasos pacientes. Trago saliva. Las paredes parecen absorber el aire.
Noto que
tengo otro tamaño, uno más acorde a mi figura. No he crecido, pero
mis huesos se han encajado de otro modo más lógico. Ya no estoy
encorvado por culpa de techos bajos más propios de ignorantes
naturales, de simios olvidados. ¿Mi barba tiene pintas canosas?
Miro a los
lados a lo largo del pasillo. Las figuras y las muñecas me miran.
Cara a cara. Han levantado sus brazos, finas extremidades que señalan
hacia mí. Ignoro. Avanzo. Dudo. Deseo, pero no sé qué.
Otro paso.
Las paredes del pasillo se estrechan sin moverse. Aprietan al aire,
la temperatura. Mis pensamientos, que asustados carcomen la mente.
Más pasos. Soy yo quien avanza. Los juguetes indican, mudos. La
lejanía se acerca. Me noto empapado de un sudor invisible. La
puerta. Estoy más cerca de lo que pensaba. Me detengo. Las paredes
se dan cuenta, me lo hacen notar. Ando para dejar de sentir su
presencia.
Es extraño,
soy consciente de mi propia forma de pensar, de estas alegorías y
estas pseudo-metáforas baratas. Me repudio. Quiero cambiar mi
lenguaje; debo cambiar mi forma de hablar si quiero seguir avanzando.
Me
condiciono para seguir avanzando. La puerta ya es casi una realidad.
Su aspecto me recuerda al marco de la puerta sin puerta de la
habitación donde vivía. Qué lejana queda esa vida. Quiero mirar
hacia atrás, pero no me apetece.
Estoy frente
a la puerta. Hay un pomo desgastado que tuvo que ser dorado. Mi mano
actúa por inercia. Me obligo a detenerme. Allí dentro está esa
cuerda tan bien anudada, colgando, a la espera de un sentido en la
existencia. También lo deseo.
Mi mano
sobre el pomo. Gira con una facilidad que sorprende. La puerta al
ceder no emite ningún sonido. La voy abriendo. Y dentro de la
habitación…
No hay nada.
La
habitación es gemela a la que habité. Está vacía. Paredes
familiares. Suelo conocido.
Y allí no
hay nada. Salvo yo.
Sólo yo.
Siempre ha
sido así.
Giro y miro
al fondo del pasillo. La otra habitación, tan lejana. La añoranza
será sustituida. Otra vez.
En algún
momento, a mis espaldas, ha aparecido una puerta. Mi habitación, qué
ajena. La soga debe ser su nueva inquilina.
Toco
alrededor de mi cuello. Noto las marcas de los dedos como cicatrices
temporales. Respiro.
El espacio
se expande.
Sólo queda.
Sólo queda
respirar. Y olvidar. Respirar y olvidar. Nada más.
El libro del taller
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