Caligrafía

Caligrafía

Yaiza

11/07/2026

Recuerdo que mi abuelo quería que tuviese una buena caligrafía según unos cánones que nunca supe de dónde sacó: que no levantase la punta del bolígrafo hasta terminar una palabra; que escribiese con una letra redondeada y menuda, ya que la mía era demasiado grande y desordenada, aunque se podía corregir.

Recuerdo que me dio un ejemplo con la palabra ‘tortilla’. Arrastró su pluma sin separarla del papel, dejando los puntos y otros signos para el final. Por eso las tes me parecieron desnudas hasta el último momento, así es como se hace, ahora tú. Y aunque insistió, no hubo manera de cambiar mi forma de escribir. He de decir que no le puse demasiado empeño.

Recuerdo su caligrafía pulcra y ladeada de libro antiguo. Cumplía a rajatabla la norma del trazo seguido y qué bien le quedaba sobre los cuadernos llenos de listas de tareas pendientes o en los crucigramas que, al resolver juntos, convertíamos en un collage de letras distintas.

Recuerdo que mi abuela solo escribía la lista de la compra, los resultados de los juegos de naipes o las etiquetas de cinta de carrocero que pegaba sobre la carne congelada. TERNERA 11/02/98. Cuando abrías el cajón del congelador buscando un helado, lo encontrabas lleno de bolsas con nombres y fechas ordenadas con el fin de consumirlas en el momento adecuado.

Recuerdo que la letra de mi madre era redondeada y menuda. Parece que con ella mi abuelo insistió más, o fue mejor alumna. No lo sé. Había perfeccionado la técnica con su firma, que era larga, artificiosa y con mayúsculas llenas de curvas, por lo que tomaba aliento antes de dibujarla. Cuando tenía que renovarse el DNI practicaba mucho por el temor a perder los nervios en el instante decisivo.

Recuerdo que no escribía igual en su diario. Quizá por pertenecer a su mundo privado, ella olvidaba el trazo impecable, agrandándolo hasta rebasar los márgenes de la hoja. A veces lo dejaba abierto encima de la mesita de noche y yo sentía pudor al verlo, igual que si hubiese encontrado a mi madre despeinada y en camisón.

Recuerdo que nunca descifré la letra de mi padre por ser demasiado críptica. En lugar de palabras yo veía signos de un lenguaje desconocido. Apretaba mucho al escribir marcando las hojas de debajo, como si dejara mensajes secretos para jugar después a los espías. Aun así, era bonita a su manera, pero me daba pena lo mal que cogía el bolígrafo, con la mano encorvada y sus dedos rechonchos cubriendo la punta, ya que no le enseñaron a hacerlo de forma correcta.

Recuerdo una carta suya dirigida a mi madre antes de casarse que, para mi sorpresa, pude leer con facilidad. Es posible que su caligrafía se oscureciera con los años.

Recuerdo que mi hermano nos dejaba notas encima de la mesa del comedor, hola, papás, estoy con los amigos, volveré a las doce, y que al firmarlas tachaba su nombre, y a mí me dolía verlo, como si fuera un gesto de rabia hacia sí mismo, algo incomprensible detrás de su habitual sonrisa. Luego mi madre las recogía y guardaba junto con las otras en el primer cajón de su tocador.

Recuerdo que él, que rara vez se enfadaba, me echó la bronca al descubrir que mis emes tenían un arco de más, y yo lo rectifiqué por el susto de verle así.

Recuerdo que mi cuñada había cambiado su manera de escribir para que la entendieran sus profesores. Le preocupaba que su trazo ovalado y monótono les pareciese una sucesión de círculos indescifrables y no quería que aquello se interpusiese entre ella y unas buenas notas. Al terminar sus estudios, comenzó a añorar su estilo original, pero ya no pudo revertir aquel cambio autoimpuesto.

Recuerdo que la letra de mi marido era clara y legible, a diferencia de la mía, y que yo me enfadaba con él por mezclar mayúsculas con minúsculas, y puntuar la i con un círculo hueco. Si le pedía que lo cambiara, lo aumentaba a modo de venganza.

Recuerdo que los dos firmábamos solo con nuestro nombre como si no hubiéramos heredado los apellidos de nadie.

Recuerdo los ejercicios de caligrafía de mi sobrino y su ilusión por mostrarme lo aprendido. Mira que bien lo hago, dime una palabra y verás. Entonces le observaba marcar con trazos inseguros pero precisos esos símbolos copiados que él creía únicos aún sin su impronta personal. Me gustaba ojear sus cuadernos llenos de pentagramas de letras e imaginar cómo evolucionaría con el paso de los años cuando desapareciesen las pautas y olvidase las normas estudiadas.

Recuerdo que el método de enseñanza había cambiado, que tenía fichas de colores con las letras del abecedario clasificadas según el espacio que ocupaban entre las líneas guía. Una nueva técnica para contar lo mismo y así camuflar la incansable repetición de la vida.

Y recuerdo que cuando alguien en casa dejaba una libreta escrita encima de la mesa o una nota de aviso antes de irse, era como si aún estuviera allí.

Por eso, ahora que tengo un montón de cajas apiladas en una habitación, cajas muertas, llenas de tiempo, no me atrevo a mirar los álbumes de fotos, pero sí las palabras. He sacado notas, cuadernos, cartas, crucigramas, firmas, que leo de vez en cuando para acordarme de los míos.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS