AUDIO DE INVENTARIO ( Carlos Enseñat)
Inventario
Perlas
El día que nací mi padre le regaló un collar de perlas a mi madre. Menudo chasco me llevé cuando descubrí de donde procedían las canicas nacaradas que colgaban de su cuello. No las había extraído de las ostras que poblaban el fondo marino, rodeadas de corales y custodiadas por simpáticos caballitos de mar. Qué buenas eran las historias de Papá. Estaban protagonizadas por sirenas marinas, gigantes bonachones que danzaban alrededor de una hoguera en mitad del bosque, dragones voladores que expulsaban fuegos artificiales por la boca y un sinfín de personajes igual de entrañables.
Cuchara
Mi madre solía contarme que comía muy mal de pequeño, que me alimenté de papilla de fruta hasta cumplir los tres años. Recuerdo su mano acercando la cuchara rebosante a mi boca, imitando el vuelo de aquellos aviones de ICONA, amarillos y rojos, que surcaban los cielos tras recoger agua del mar para apagar los incendios del verano. Vrooooooom, decía mi madre mientras pilotaba la cuchara, y yo, desde mi trona, desplegaba los brazos convertidos en alas, y me inclinaba primero a un lado y después al otro.
Inyección
Cuando entraba en el centro de salud, palidecía y empezaba a temblar. Ya en la consulta, cuando aparecía la enfermera tras el biombo empuñando aquella enorme jeringuilla, entraba en pánico y perdía el conocimiento. Lo único bueno de las malditas campañas de vacunación era cuando, al salir, mi madre me compraba aquel cucurucho blando con helado cremoso de chocolate y vainilla, trenzado, en la heladería ambulante que estacionaba en la parte alta de la Avenida de los Olmos, junto a la Plaza de España. Esa plaza marcaba uno de los límites territoriales que tenía prohibido cruzar.
Algodón
Mi padre me llevaba los domingos al estadio del R.C.D. Mallorca. También al parque de atracciones itinerante que recalaba en la isla, una vez al año, entre Carnaval y Pascua. Aquellas cataratas, por las que no bajaba agua, sino monedas de 25 pesetas que casi nunca se desbordaban, me tenían hechizado. Pero lo que más me gustaba era el algodón de azúcar. Cuando aprendí el significado de la palabra druida, en las novelas de fantasía que devoraba, no dudé en aplicársela a aquella gitana arrugada y achaparrada, que giraba y giraba un palo alrededor del interior de una marmita mágica y lo sacaba convertido en una gigantesca bola de algodón.
Papel
“Piedra, papel, tijera” era el método utilizado por los dos capitanes encargados de elegir al resto de jugadores para el partido del recreo largo, con la tripa todavía llena y antes de las soporíferas clases de la tarde. Solía jugar de medio centro, repartiendo juego a mis compañeros. Recuerdo el día en que Félix, el entrenador de alevines, decidió que sería el capitán del equipo y me ciñó el brazalete al antebrazo. “Te lo mereces. Siempre piensas en tus compañeros y quieres lo mejor para el equipo. Tienes madera de líder”.
Correa
Papá sólo aparecía para las cosas buenas: jugar, llevarme al cine, malcriarme con golosinas y regalos. Era Mamá la que estaba en casa, la que reñía, la que educaba. Cuando había hecho una trastada de las gordas y llegaba Papá a casa, Mamá se la contaba con todo lujo de detalles. Entonces a Papá no le quedaba más remedio que aparecer en mi habitación, cerrar la puerta, sacarse ceremoniosamente la correa del pantalón, trabilla a trabilla y decirme, sin mirarme a los ojos, que me bajara los pantalones. Murió antes de cumplir los cincuenta. Yo acababa de estrenar la adolescencia.
Mechero
Heredé su Zippo con el emblema del Portaviones Coral Sea, de la VI Flota estadounidense. Solía contarme, con todo lujo de detalles, que lo había encontrado en el suelo entarimado del Bar Texas, en el fragor de una batalla campal entre yanquis, yonquis, mujeres de moral distraída y vecinos del barrio de La Lonja. Los marines que desembarcaban de los portaviones que fondeaban en la bahía de Palma en la década de los 80, buscando saciar su hambre, su sed y sus bajos instintos formaban parte del decorado del barrio.
Colegas
Éramos tres los amigos de borracheras, peleas y confidencias. Inseparables desde el parvulario. Nuestro lema siempre fue todos para uno y uno para todos. Llegó un momento en que tuvimos la intuición de que nos estábamos perdiendo algo, que necesitábamos formar parte de algo más grande que nuestra fraternal alianza. Fue cuando nos unimos a la tribu de los rockers con toda su parafernalia añadida: tupés, patillas anchas, botas tejanas, chaquetas de cuero, cinturones con hebillas enormes de metal… Fueron los tiempos de probar, de experimentar, de rebelarnos contra unas normas que no entendíamos, que no sentíamos nuestras
Epílogo
Me incorporo muy despacio y con mucho esfuerzo en el colchón, cochambroso y podrido de manchas de humedad, que descansa directamente sobre el suelo descascarillado. Me levanto y le hago una mueca al pedacito de espejo que todavía cuelga de la pared. Al hacerlo me viene a la cabeza aquella figura retórica de la época del cole, cursi y desgastada por el abuso: dientes blancos como perlas. A mí, casi no me quedan. He vuelto a alimentarme de sopas y purés, como cuando era un crío.
Localizo el cofre del tesoro, una caja vieja y oxidada de hojalata de galletas surtidas. Al abrirla, pienso en mis colegas, en los de verdad, en los que me han demostrado lealtad a lo largo de todos estos años: la cuchara de plata, sulfurada por el tiempo, la jeringuilla reutilizable, pocas veces esterilizada, un trozo de algodón apelmazado por el uso, la papela de caballo, la correa de mi padre y el Zippo, con la inscripción casi borrada por completo. Apenas pueden leerse las tres primeras letras. Cor. Corazón en mi lengua materna.
Me acerco a la única ventana del piso, la que da al patio de luces. Alzo la vista al cielo gris que anuncia tormenta e invoco al héroe de mi infancia. ¿Dónde estás, Papá? Agarro la caja del tesoro y me siento en el sofá con los muelles destripados. Me ciño la correa al antebrazo, vierto la dosis de heroína, un chorro de agua y el pedacito de algodón en la cuchara, la caliento hasta que se disuelve, aplico la jeringuilla para sorber la sustancia resultante, aprieto la correa, perforo la vena endurecida, me la inyecto, aflojo la correa, cierro los ojos. A ver si esta vez…
El libro del taller
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