I. Elisa
Peter me miró por última vez antes de desaparecer tras la puerta del ascensor con las manos atadas. Lo empujaban tres mastuerzos con palos y pistolas; uno de ellos era Ferno; ¡quién lo iba a decir! Corrí al balcón para ver cómo pastoreaban al hombre que amo, mientras se reían y lo insultaban con frases de hombres antiguos que creíamos desaparecidos de la faz de la Tierra, y que ahora han resucitado, vengativos, triunfantes; en este bucle de la Historia que no habíamos imaginado.
Mis lamentos no se oían, acallados por el viento que movía las copas de los árboles, y veía, y no veía, la camisa blanca desabrochada de Peter allá a lo lejos, oscurecida sin duda por las manchas de su sangre. Tuve la suerte y la desgracia de ver el bulto blanco y manchado de su cuerpo desaparecer tras un montón de tierra negra entre las risas salvajes que aquel viento me traía. Lo habían arrojado a la fosa donde ya comenzaban a pudrirse René, Justo, Marcia, y tantos otros; era la misma tierra en la que nacimos, de donde quisiera huir y no volver, avergonzada y horrorizada por las atrocidades de mis propios vecinos que, para sobrevivir, no han dudado en denunciarlos y asesinarlos. ¡Malditos!
Aquellos que los mataban no eran hienas, ni ratas, solamente podían ser humanos inmunes a los sentimientos, a la belleza, a la confianza o al amor, en los momentos más depravados de su propia existencia. Yo no tengo valor para terminar también, y de una vez, con mi vida, pero quiero escribir todo esto en esta sucia hoja de papel para que alguien lo lea si yo no pudiera contarlo.
II. Ferno
Daniel el Sueños me paró hace un mes por la calle, lo conozco desde niño. Es el dueño de la inmobiliaria La Casa de tus Sueños y de la gasolinera del cruce, pero también el delegado de barrio de Patriotas Siempre. Aproveché para preguntarle si tenía algún trabajo para mí; llevaba tres meses en el paro. Lo miraría, pero también me preguntó si no estaba preocupado por la situación que estábamos viviendo, por cómo había cambiado para mal el barrio y el país. Mirándome a los ojos y poniendo sus manos sobre mis hombros me dijo que todos tenemos que hacer algo, por nosotros y por nuestras familias.
Trabajo no me ha faltado desde entonces, ni órdenes. El Sueños había reclutado a unas cincuenta personas del barrio entre los que paraban en el bar Morales, pero también en la parroquia de la Virgen del Hedor, en el club de pádel, y hasta en la plataforma para la defensa del barrio. No nos conocíamos mucho, ni tampoco las inclinaciones de cada uno; que yo supiera, salvo uno o dos exaltados, nuestros ideales eran sobre todo camuflarse para salvarse. Durante este tiempo nos hemos dedicado a traer a este descampado a los señalados en la lista que el Sueños nos entregaba cada día. No nos hemos preguntado qué mal habían hecho, pero algo harían, ¿no? Lo peor ha sido ir a buscar a Peter, lo conozco desde siempre también, fue mi mejor amigo en el instituto. Conozco también a Elisa, su mujer, incluso tonteamos un poco antes de que se enrollara con Peter. Sé que no han hecho nada malo. Se lo dije a Daniel, que también fue al instituto con él, pero me contestó que estaba en la lista y no había más que hablar. No me quedó más remedio que ir a por él, eran las órdenes. A la vuelta me he ido a sentar al lado de río, bajo los árboles, a ver si el viento me hacía olvidar lo que acababa de hacer. Mientras trataba de encenderme un cigarrillo protegiendo la llama con mis manos, pensé que mi familia estaba viva; que era lo importante.
Nadie lo ha defendido, pero quién lo iba a hacer en aquellas circunstancias. Es igual, a otra cosa, mariposa. No me castigaré más. Pero confieso que no he podido sostener su mirada suplicante. He cerrado los ojos cuando Daniel le ha dado con la culata del fusil en la cara y en el pecho. Menos mal que no me han obligado a enterrarlo; yo creo que aún estaba vivo cuando lo han arrojado a la fosa y lo han sepultado con la tierra del cerro donde tantas veces jugábamos de niños. Esa tierra negra que a partir de ahora guardará los cuerpos de tanta gente con la que convivíamos. Tengo suerte de estar en el lado de los buenos, pero esto no debe de estar bien; no sé, quizás primero todo tiene que estar mal, para que luego todo esté bien.
III. Daniel el Sueños
Es duro, lo reconozco, pero no tendríamos que haber permitido que proliferaran estos elementos extraños que envenenan la convivencia y menosprecian nuestras esencias. Me han llamado de la secretaría para que me presente mañana, supongo que para felicitarme por el trabajo realizado. Cada uno venimos al mundo para ocupar el sitio que Dios nos ha asignado; y ahí debemos quedarnos; eso evitará problemas y ganaremos todos. Nadie se acostumbra a matar, claro, pero a veces es necesario el sacrificio de unos cuantos para lograr un futuro mejor para la mayoría; es cuestión de tiempo lograrlo, y en eso estamos. Estoy seguro de que en años venideros todo el mundo lo entenderá. Miro ahora ondear nuestra hermosa bandera al viento tras estos días de costosos esfuerzos; honestamente creo que merece la pena lo que estamos haciendo.
IV. Peter
Entre las partículas de tierra que caen sobre mis ojos puedo ver como el viento mueve las copas de los árboles que están encima de mí, en un vaivén como de despedida. Sobre ellos, esas hermosas nubes blancas de panza gris que compiten por sobrepasar el cerro Grande y perderse. Visto y no visto, un pájaro pasa en diagonal por el escaso campo visual que me queda. Noto ya el peso de la tierra sobre el pecho, la asfixia creciente; y compruebo la textura insípida pero asesina de su masa negra, que busca huecos donde expandirse por mi nariz y mi boca, que se abren buscando a la desesperada un aire que ya casi no existe. Mis oídos taponados por piedrecillas y grumos húmedos; mis manos, impedidas de movimiento, y mis piernas, hundidas y aplastadas por este océano sólido que colapsa mi entendimiento, mi corazón y mis recuerdos. Grito, pero solo ya en un pequeño espacio de mi mente en el que no caben ni importan ya los motivos de mis asesinos.
V. Elisa
Hoy he salido de casa por fin. Dicen que están huyendo. Ojalá, pero no las tengo todas conmigo. Hemos podido acercarnos por primera vez hasta la fosa. Nos hemos juntado los familiares, amigos y vecinos de los asesinados en una ceremonia improvisada. A la espera de poder desenterrarlos para darles una sepultura digna, hemos llenado de flores y lágrimas la tierra removida que los alberga; más negra que nunca. Miro este lugar donde los arrojaron, y miro los árboles que no han dejado de moverse en ningún momento con este viento incesante que huele a primavera, sabiendo que ya no lo encontraré de pie sobre la tierra.
El libro del taller
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