

Lo hemos recibido porque me lo ha recomendado el director de la escuela especial de Miguel. Es un profesional prestigioso y único, me dijo. Ha llegado a pie desde la estación de autobuses. Miguel y yo lo esperábamos en la acera frente a la puerta del jardín cogidos de la mano.
A lo lejos, mientras se acercaba, me ha parecido que era un hombre menudo. Vestía de oscuro. Andaba con pasos cortos casi sin tocar el suelo. La cabeza ladeada se movía a derecha y a izquierda como si necesitara controlar todo el campo visual. Ya cerca, he visto que era de mediana edad. Sus gafas redondas sobre una nariz picuda destacaban en su rostro delgado.
Nos hemos saludado y le he presentado a Miguel, que para mi sorpresa no solo no ha mostrado temor si no que incluso ha soltado su mano de la mia para, timidamente, dársela a él. El profesor la ha tomado entre las suyas acariciándola un instante mientras lo miraba con atención.
Una vez en el jardín le hemos enseñado enseguida la pajarera del invernadero. Allí es donde Miguel pasa horas y horas con sus pájaros: canarios y jilgueros. Creo que también tiene un par de ruiseñores. Yo no los distingo. Solo me dedico a encargar la compra de alpistes y cañamones, aunque a veces me distraigo un rato contemplando sus vuelos y otras me quedo ensimismada unos momentos oyendo sus cantos.
Él y Miguel enseguida han congeniado. Después de admirar la enorme jaula modernista que ha considerado muy bella, el profesor se ha agachado hasta la altura del niño, lo ha mirado a los ojos durante unos segundos que a mí se me han hecho largos y luego ha emitido una especie de gorjeo. A Miguel se le ha iluminado la cara. Bendito, he pensado. Tengo que admitir que no le había visto jamás de los jamases esa expresión. A mi hijo.
Después el maestro ha empezado a emitir sonidos cortos, cantos de una sola nota. Miguel lo escuchaba asombrado. Su rostro ha adquirido primero una actitud pensativa y luego, como ensayando una respuesta le ha salido un gorgorito fallido. Ha agachado un poco la cabeza como avergonzado, pero el profesor le ha levantado la barbilla cariñosamente, animándole con su gesto. Han ensayado otra vez y la sonrisa ha acudido a mi hijo después de conseguir un tímido trino. Tras un nuevo silencio, intuyo que muy despacio uno contesta al otro con notas sueltas de intensidad y duración distintas. Luego emiten varias notas seguidas. A continuación un fraseo de… ¿palabras? Palabras que empiezan a ser más largas y por las interrupciones, los gestos y las sonrisas entiendo que formulan frases. Me doy cuenta de que hablan. Así que me he sorprendido a mi misma haciendo esfuerzos estériles y absurdos por comprender una conversación en un idioma de sonidos canoros, de cantos melódicos que se alargan con naturalidad.
A Miguel alguna que otra vez se le escapan gorgoritos disonantes, que corrige enseguida. De cuando en cuando también se detienen y envuelven sus notas entre silencios más largos que a mí me suenan acordes con su propia música.
De repente he recordado nuestros sufrimientos y me han vencido las lágrimas. He escondido mi emoción dándome la vuelta. Los he dejado solos, cerrando lentamente la puerta del invernadero.
Siempre tengo presente que Miguel nació sano. Mi embarazo fue normal y el parto también. Oímos sus balbuceos y sus amagos de palabras durante los primeros dos años. Eran como los de cualquier niño. Sin embargo hubo una primera ocasión en que dejó de emitir sonidos durante varios días. Y no supimos por qué. Recuerdo la escena de aquella primera mudez. Jugaba con una niña en el parque y la niña se empeñó en que quería su cochecito. Tiró de él y se cayeron los dos al suelo. La madre de la niña sentada junto a mí en un banco se levantó bruscamente, cogió a la niña gritándole y se la llevó. Miguel se quedó quieto. No volvió a hacer sus amagos de palabras ni en el resto de ese día ni al día siguiente. Quizá su respuesta a la violencia ya la hubiera manifestado antes, pero yo no tomé en cuenta ningún indicio hasta aquella ocasión. Es cierto que entre su padre y yo se producían a veces escenas en que las palabras se tornaban en algo distinto pero, o yo lo recuerdo mal o procurábamos no emitirlas delante del niño, aunque no puedo asegurar que siempre fuera así.
La escena que sin embargo tengo como cierta y como causa de la definitiva mudez de Miguel no fue la del parque, no fue esa. La escena que entiendo como la causante fue entre su padre y yo y pasó unos años más tarde, y en su presencia. No tiene sonido hoy en mi recuerdo, pero lo debió tener si pienso en las consecuencias. Ahora la revivo como si yo misma fuera una espectadora de nuestra actuación, tal como lo debía ser Miguel, (y quien sabe como se albergó en su cabecita infantil ). No oigo ni el sonido de las palabras ni el tono de las mismas. Tampoco revivo sentimientos o razones que llevasen aparejadas. Solo recuerdo que los dos estábamos de pie y gesticulábamos moviéndonos de aquí para allá en la sala durante un rato que me parece eterno. Luego Rómulo, y eso sí que lo oigo claramente, gritó. Después dio un insoportable golpe con el puño cerrado a la pared y desapareció. Para mi sorpresa y a pesar de mis intentos deseperados el niño no habló más.
Médicos y especialistas de todo tipo lo visitaron pero no hallaron ni la causa para una dolencia tan extrema ni tampoco el remedio. Tenía perfectamente útiles tanto el sistema auditivo como el fonador. Crecía bien aunque tendía a ser pequeño y delgadín. Era retraído y eso se notaba mucho en la comunicación con los demás que era escasa y de tipo gestual. Este hecho hizo que no pudiera ir a una escuela normal pero logré que lo aceptaran en una especialísima con tratamientos personalizados que lograron con él algún avance.
La escuela de Miguel estaba en el límite del bosque y al llegar cada mañana oíamos el murmullo del despertar de los pájaros. Yo percibía la atención de mi hijo y hasta podría afirmar que mientras nos envolvía el canto se producía en él un pequeño cambio físico. Me atrevería a decir que incluso parecía un poco más voluminoso, más alto. Tal vez se debía a que para mi sorpresa estiraba la cabeza hacia arriba alargando el cuello. La escucha atenta durante esos minutos en que esperábamos para que abrieran las puertas volvía su rostro más relajado. Un día en el patio un gorrión se posó en su mano y le oyeron balbucear alguna cosa. Lo vieron feliz, casi exultante me dijeron. Parecía que se abría un camino para explorar.
Desde entonces dedique mis medios a proporcionarle la oportunidad de ampliar esa experiencia. Hice instalar una pajarera antigua en el invernadero y compramos los pájaros que nos aconsejó un conocido ornitólogo especialista en aves canoras .Miguel veía todo tipo de vídeos sobre esas criaturas dotadas por la naturaleza para la armonía. Los únicos seres que pueden vivir en el cielo habitando tambien la tierra. Así aprendió a distinguir sus cantos. Muchas veces íbamos al bosque y emitía sonidos que de vez en cuando eran contestados. Sabía reproducir los diferentes trinos y al parecer su oído diferenciaba entre los cantos.
Repuesta un poco de la emoción y los recuerdos, he ido hacia el invernadero y ya desde el jardín he podido oir una algarabía de cantos. Y luego a través de la fachada acristalada he contemplado una escena inédita. Los siete pájaros de la pajarera parecían haber entrado en un gran estado de excitación y volaban sin parar. Ya dentro he podido distinguir el canon de la melodía de sus trinos de voces distintas y sospecharía (si eso no fuera una locura) que siguen la conversación musical de ellos dos, mi hijo y el profesor.. Me he quedado asombrada de que el lenguaje pudiera producirse de aquella manera. De que se pudieran explicar cosas en un idioma de trinos.
Hoy he comprobado que Miguel no es única persona en el mundo con ese don. Y eso me ha tranquilizado.
Al finalizar, el profesor se ha despedido afectuosamente del niño con lo que me ha parecido un gesto paternal. Miguel se ha quedado en el invernadero y nosotros dos hemos salido hacia el jardín para hablar. Me ha explicado que efectivamente él y el niño han podido mantener una pequeña conversación. Que lo ha visto bien y ha notado claramente en él las ganas de comunicarse y la felicidad de poderlo hacer. También me ha dicho que será necesario continuar las clases y practicar hasta que el niño lo consiga.
Al llegar a escasos metros de la verja se ha parado y me ha dicho :
_No puedo asegurarle si Miguel recuperará el lenguaje común, como es el deseo de usted, pero sí le puedo decir que hablará perfectamente el lenguaje de los pájaros.
Al decir esto se ha quedado observándome y ha añadido :
_La veo un poco desorientada. No tema. Podrá comunicarse con su hijo aunque para ello deberá usted aprender el lenguaje canoro. Y lo intuyo, usted tiene aptitudes.
Mientras decía esto me ha dado la mano y ha recorrido con sus pasos cortos los pocos metros que faltaban para llegar a la puerta del jardín. Yo me he quedado quieta y pensativa mientras la abría. Al sonido metálico de la puerta tras cerrarse le ha seguido el graznido de un pájaro oscuro que ha alzado el vuelo y ha desaparecido rápidamente de mi vista.
Cuando he vuelto al invernadero, Miguel visiblemente feliz, me estaba esperando .
El libro del taller
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