

A la plaza llegó un camión lleno de jaulas. La policía había cerrado los accesos a Times Square desde antes del amanecer y los turistas deambulaban por Broadway y la Séptima Avenida como sapos alrededor de una charca seca, sin saber adónde ir, mientras docenas de operarios descargaban del contenedor las cajas de madera y desembalaban las jaulas: eran estructuras de metal de poco más de un metro de altura, con una sólida base circular de unos setenta centímetros de diámetro, veinte rectos barrotes que se curvaban en busca del vértice superior y, arriba del todo, una gran argolla redonda rematando el armazón.
Después de las jaulas vimos llegar a los destinados a ocuparlas. Docenas de soldados con armas de película se unieron a los policías para vigilar la plaza a medida que las furgonetas blindadas llegadas desde cárceles de todo el país descargaban sobre el adoquinado a los ocho presos elegidos para la exhibición pública de sus rostros, sus cuerpos y sus crímenes: un humorista acusado de difamar a la esposa del presidente, el jefe de una banda de narcotraficantes mexicanos, el secuestrado mandatario de una nación caribeña, una universitaria palestina acusada de terrorismo, un programador imputado por divulgar papeles secretos del Pentágono, una participante en las protestas ciudadanas contra la migra, un sindicalista promotor de huelgas contra las empresas de Silicon Valley y una periodista que se atrevió a hacer una pregunta incómoda al presidente. Sin falsas cortesías y con mínimos forcejeos cada condenado fue introducido en su jaula y el cerrojo cerrado y lacrado.
Enseguida entró un enorme camión grúa, se detuvo junto a las jaulas alineadas en círculo y desplegó sus patas hidráulicas para afianzarse en el asfalto. Observamos en ceremonioso silencio a un hombre con mono de trabajo subir a la torreta y girar el brazo de la pluma telescópica y vimos como el cable de acero con el gancho en el extremo bajaba en busca de las argollas. Sin pausa, a lo largo de la mañana se fueron colgando las jaulas: una en One Times Square, delante de las vallas publicitarias, cerca de donde cae la bola de cristales de Waterford; otra en el edificio Paramount, delante del reloj; una tercera, ante la pantalla cilíndrica del Nasdaq Market Site; dos más en la fachada del hotel Marriott Marquis, una a la altura de su restaurante giratorio y otra más cerca de la base y de su ciclópea pantalla; la sexta, junto a la valla robótica de Coca-Cola y sus ondas físicas; una más ante el panel de colores vibrantes de la Disney Store; y la octava, en fin, sobre el pequeño edificio que alberga la Estación de Reclutamiento de las Fuerzas Armadas con sus banderas de barras y estrellas iluminadas en neón.
A mediodía el montaje había acabado, las furgonetas acorazadas, los camiones y la mayoría de los soldados se marcharon y la policía retiró las vallas para permitir a la gente contemplar de cerca el espectáculo: la separación de los barrotes de las jaulas estaba calculada para garantizar al mismo tiempo la imposibilidad de huida y la visibilidad de los prisioneros. De inmediato, la plaza se llenó de curiosos, periodistas, creadores de contenido, cámaras, micrófonos, celulares disparando en todas direcciones. Algunos privilegiados consiguieron incluso asiento en los peldaños de las rojizas escaleras sobre la taquilla de boletos para las salas de Broadway en Father Duffy Square. Todo contribuía a crear un ambiente de fiesta: las risas, las luces, los flashes, la música tronando en los altavoces.
Las pantallas LED gigantes mostraban primeros planos de las jaulas y sus ocupantes con una nitidez impúdica y una resolución tan perfecta que permitía distinguir cada arruga, cada gota de sudor, el miedo en las miradas, incluso bajo la luz directa del sol, a ras de suelo o a decenas de metros de distancia. Al principio uno de los enjaulados se aferró a los barrotes y gritó y maldijo y agitó la jaula, pero enseguida descubrió que el balanceo mareaba y que exponer su desesperación solo servía para jalear a la muchedumbre, así que arriba pronto todo fue quietud y vergüenza.
Nosotros aguardábamos con paciencia en los aledaños de la plaza, mezclados con transeúntes y turistas, a la espera de la llegada de la comitiva presidencial para la ceremonia de inauguración oficial del evento. Nuestras prendas holgadas camuflaban los chalecos y cinturones repletos de triperóxido de triacetona sin desentonar de la vestimenta de quienes pululaban a nuestro lado y solo un ojo muy atento podría percibir que entre la multitud se movían algunas personas ajenas al jolgorio del resto de la gente.
Yo me había unido al movimiento de resistencia cuando se anunció el retorno al pelotón de fusilamiento para ejecutar a los encerrados en el corredor de la muerte. Siempre estuve cercana a los grupos de defensa de los derechos civiles, pero hasta ese momento no decidí involucrarme de forma directa. Al principio nuestra actividad se limitó a manifestarnos ante las oficinas federales, publicar manifiestos, pegar carteles en las paredes o repartir panfletos por las aceras. Pero cuando el presidente decidió recuperar las jaulas de castigo medievales para suspender los cuerpos de sus enemigos en lo que, en un canutazo a los medios al pie de la escalerilla del avión camino del campo de golf, llamó el epicentro visual del planeta, como una advertencia brutal al resto del mundo, decidimos preparar una acción más contundente.
Yo, siempre tan pusilánime, propuse desplegar una pancarta gigante al otro lado de la plaza, no delante de las jaulas colgadas, no frente a los objetivos de las cámaras, no donde mirarían todos los ojos, sino donde sólo miraran los enjaulados y el presidente al leer su discurso en el atril y todos los mandamases. Incluso tenía lista la frase para imprimir en la lona, algo que leí de joven en una novela italiana: los lacayos, tanto los que ejercen esa función como los que la llevan en el alma, siempre están a favor de la pena de muerte. Mi intención era confortar a los encerrados, decirles «no estáis solos», y de paso llamar criados a quienes se ven como señores. En mi ingenuidad tenía el inconfesable anhelo de que el poder de la escritura ofendiese a alguien hasta el punto de provocarle un colapso nervioso o, lo que es más difícil, hacerle cambiar de opinión.
Sin embargo, la idea que se impuso en nuestras deliberaciones fue otra. En un arrebato de rabia y tal vez sin expectativas de que prosperase, una compañera normalmente muy calmada propuso una inmolación colectiva en el momento de la inauguración del enjaulamiento, reclutando como portadores de los explosivos a enfermos terminales, aspirantes a la eutanasia o a los incurables que compartían con ella sesiones de quimioterapia y sentían la misma animadversión que nosotros hacia la deriva del país y hacia quienes la empujaban. A pesar de las dificultades logísticas, su propuesta suscitó tal vendaval de adhesiones que incluso hubo de hacerse una selección entre los pretendientes al martirio, porque no conseguimos explosivos para tanta gente. Y allí estábamos varias decenas de desahuciados dispuestos a eviscerarnos para salvar al mundo de la vuelta a los tiempos de la sinrazón y la barbarie.
A media tarde, la policía volvió a desalojar la plaza de visitantes y enseguida comenzaron a llegar los vehículos oficiales con el presidente, el vicepresidente, secretarios de estado, cardenales, pastores evangélicos, rabinos, diplomáticos, generales, almirantes, congresistas, multimillonarios, tecno oligarcas, empresarios, banqueros, luchadores, deportistas, corresponsales, celebrities… Con precisión protocolaria se fueron acomodando en el estrado principal y en los palcos contiguos, a derecha e izquierda del asiento del líder. En todas las azoteas asomaban los fusiles de los tiradores de élite y no había metro cuadrado sin su agente del servicio secreto. Pero eso no iba a detenernos.
Apenas inició su discurso el presentador del acto, como actores de un flashmob, desde todas las esquinas de la plaza saltamos docenas de inmolantes en dirección a la tribuna de autoridades. A los policías y guardaespaldas les faltaron manos, ojos y reflejos para detener con sus pistolas, rifles y metralletas tal aluvión de corredores. Algunos compañeros pudieron explotar sus cargas al sentir que iban a ser atrapados, otros volaron por los aires al recibir en su chaleco el impacto de las balas durante su carrera a la plataforma, pero varios lograron llegar hasta la tribuna de personalidades y hacer explosionar sus cinturones sobre ella y sus estupefactos ocupantes.
Aquello fue una hecatombe. Lo sé por lo que me contó un detective de homicidios al detenerme y he escuchado a mis compañeras de celda, más que por lo que yo pude ver. La onda expansiva de la primera explosión, justo a mi lado, me arrojó al suelo, mis oídos se llenaron de un estruendo sordo que todavía dura y un relámpago ardiente nubló mis ojos. Me llegaban los alaridos como un murmullo de personajes secundarios al fondo del escenario y sólo podía entrever un alboroto de piernas a mi alrededor, un humo denso y picante y las jaulas y sus prisioneros meciéndose allá arriba en el cielo ceniciento salpicado de vísceras, tendones, cabezas, pingajos de carne, trozos de casullas, alzacuellos, restos de uniformes, astillas de resina, bisoñés, zapatos con hebilla, diodos rojos, verdes y azules, medallas, gorras de beisbol, pedazos brillantes de hierro y vidrio, jirones de banderas.
Por más que apreté el botón del detonador, una y otra vez, no me hice pedazos como el resto de mis camaradas. Aunque había exagerado la condición terminal de mi enfermedad para entrar en el equipo de asalto, el compañero que preparó mi explosivo intuyó quizá que estoy embarazada y en un arranque imperdonable de misericordia quiso darme la oportunidad de vivir lo suficiente para llegar al parto. Que conste que fue por esa razón y no por mi cobardía por lo estoy hoy aquí y no con ellos, señoría, a la espera de veredicto.
El libro del taller
OPINIONES Y COMENTARIOS