
De estas cosas que tomas una decisión y a los cinco minutos, ya te estás arrepintiendo. No porque la idea fuera mala sino porque ese sexto sentido que tenemos escondido no se sabe bien dónde, pero dentro de las meninges, te está encendiendo un pedazo de alarma que ni en la NASA. Y cuando te quieres dar cuenta de la envergadura, y sobre todo de las consecuencias, de la decisión, es como si tus pies y tus neuronas estuvieran pegadas con superglue al momento presente. Cero posibilidades de retroceder, de desdecirte, de volver a la comodidad de tu sofá y de tu rutina diaria. Ya sabes fehacientemente que has metido la pata, pero bien, y por no quedar mal, por no cancelar, por no defraudar, por mil motivos fútiles, apechugas con lo apalabrado y sigues p’alante con el plan. Así que después de muchos momentos de reflexión, de darle vueltas a lo que se te viene encima, procedes mentalmente a rehacer la secuencia.
El caso es que me apetecía muchísimo hacer aquel curso y no sé en qué momento me imaginaba ya allí, aprendiendo de un sabio y sintiéndome orgullosa de aquel paso adelante en mi formación. Un fin de semana redondo, donde todo saldría rodado, sin asperezas, sin trabas. Incluso había consultado la previsión del tiempo y aunque frío, aquel puente de Reyes iba a estar bendecido por un maravilloso sol. Sin embargo, cada vez que pensaba en ello, me llegaban oleadas de algo parecido a la angustia, a la desazón y a lo que no veía claramente un motivo. Ná, seguro que son obsesiones mías. No hay razones objetivas para preocuparse, me repetía a mí misma.
Ese curso tenía lugar en una ciudad francesa que no conocía, así que con esa premisa, pensé que aprovecharía también para hacer un poco de turismo. El curso lo impartía el astrólogo con el que me había estado formando online desde hacía meses. Sería la ocasión para conocerle personalmente e intercambiar punto de vistas y dudas. Elegí un hotel céntrico, uno de esos pertenecientes a una cadena conocida por sus precios razonables e instalaciones básicas pero cómodas para el viajero. A estas alturas de los preparativos, ya estaba animada y esas ideas negras del inicio ya se estaban disipando. Nada podía hacer que el viaje se estropeara.
Y así emprendí el viaje: ganas de descubrir lugares y conceptos. Mucha autopista, muchas horas, muchos atascos al llegar a las circunvalaciones de grandes ciudades y tras un par de paradas técnicas, finalmente mi objetivo: Rodez. Ni idea de cómo sería la ciudad, ya iría viendo sobre la marcha. Mi fiel GPS me llevó justo a la puerta del hotel. En la recepción, amabilidad y una sola advertencia: iba a ser la única huésped del establecimiento durante el fin de semana porque estaban cerrados por obras hasta finales de mes. Al principio, no me sorprendí demasiado; en realidad, me daba igual estar sola por una noche. Casi que mejor ya que me ahorraba las molestias de los portazos, los gritos, los gargarismos temprano en el baño… No le di la mayor importancia. Eso sí, me dieron instrucciones para poder entrar por la noche a través del código por la puerta trasera que daba sobre el garaje. Subí a la habitación, dejé mis cosas y me dispuse a pasar una tarde como turista por la ciudad. Tenía un par de ideas en mente, mientras empezaba el curso, alrededor de los seis de la tarde. Comí algo rápido en un sitio de calle y me fui al museo. Había oído algo sobre el artista al que está dedicado y al que llamaban el pintor del negro. Sí, el tipo le sacó punta al no color y lo declinó en todas las opciones posibles. El edificio es una mole descomunal, casi monstruosa, unos cubos metálicos oxidados y feos como nunca antes había visto. Daba cosa adentrarse en sus entrañas por miedo a ser engullido. Por fortuna, yo no era la única visitante ese día y tras acceder a la entrada por las escalinatas, vi que ya había gente esperando para la visita. Y no hubo por mi parte ninguna decepción ya que me encontré exactamente lo que me habían dicho: inmensas salas pintadas de negro, obras de arte pintadas de negro, texturas y acabados negros… Me acordé de aquella obra de teatro de Yasmina Reza llamada “Art” en la que varios amigos se cuestionaban si un lienzo pintado de blanco era realmente arte. Aquí, era todo negro. Gracias, Pierre Soulages, por tu visión oscura, muy oscura del arte. Cuando ya estuve saturada de negro, me fui. Ya era casi la hora de inicio del curso que por cierto fue muy interesante, pero yo ya tenía ganas de instalarme tranquilamente en mi habitación, comer algo y sobre todo descansar. Había sido un día muy intenso y largo.
Saqué del bolsillo interior del bolso el papelito donde me había anotado el código de acceso de la puerta trasera del hotel. Tenía el cuerpo congelado y ya era noche cerrada. Tecleo los números pero no sucede nada. Quizás el cansancio me ha jugado una mala pasada. Vuelvo a intentarlo poniendo toda la atención de que soy capaz en situaciones delicadas. Nada. Insisto una tercera vez con el mismo resultado. Esto ya me está empezando a cabrear. No puede ser que en estas circunstancias (las obras del hotel) el conserje hubiera anotado mal el código de acceso. Y vuelvo a repasar mentalmente el momento de mi llegada por la mañana. Recuerdo perfectamente que me dijeron que iba a estar sola ya que el establecimiento estaría de obras, que para acceder tenía que pasar por la puerta trasera, justo encima del parquin y que al irme dejara la llave en el mostrador de la recepción. Ah, y el código. Al irme dejé la llave. Así que me encontraba en la calle, sin llave de habitación, con un frío de enero metido en los huesos, en una ciudad desconocida y la puta puerta que no abría. Daba igual que aporreara cualquiera de sus accesos. No había literalmente nadie. Nadie. Rápido, tenía que pensar en algo enseguida o mañana por la mañana encontrarían los de recogida de basuras un cuerpo congelado para tirar al orgánico. Junto al cajetín de las teclas me fijé en una pegatina en la que había un número de teléfono para urgencias. Bueno, me dije, intentarlo no cuesta nada. Primer tono, segundo tono, tercer tono. Alguien contesta. Las palabras me salían atropelladas, casi con metralleta. Al otro lado de la línea, un señor intentó calmarme. Le expliqué la historia y me dijo que no podía ayudarme porque ese número era para otras cosas pero que iba a darme otro número y que esperaba que me pudieran solucionar la papeleta. Porque era una papeleta gorda. Yo estaba ya al borde del colapso. Anoté como pude ese otro teléfono y llamé. Esta vez sí que parecía que estaba hablando con alguien susceptible de echarme un cable. Yo hiperventilando y con las pulsaciones a doscientos. Preguntado por el código, me aclaran que antes del número tengo que pulsar almohadilla, que con los números solos no funcionaba. Mecagonlaputadeoro. Acabáramos. Me acordé de toda la rama familiar del conserje. Por fin, pude entrar, más feliz que Alibabá entrando en la cueva aunque al borde de la hipotermia, soplando en mis dedos y vomitando un rosario de palabrotas. Ese descansillo estaba solo alumbrado por la luz de las farolas de la calle. Y así seguiría porque habían cortado la electricidad. Por más que pulsara el interruptor, no se hacía la luz. Seguimos para bingo. Obviamente no cojo el ascensor sino las escaleras. Menos mal que no son eléctricas. Me río para mis adentros pero mi nivel de cabreo ya está en su máximo. Viva el cortisol. Cuando llego al final de la escalera, me enfrento al dilema de saber hacia dónde girar ya que el pasillo se bifurca. La oscuridad es total y ahí es donde tengo un momento hilarante, acordándome del museo que había visitado esa tarde. Jajajajajajajajajaaaaaa. Negro, todo está negro… Una reacción espontánea, mezcla de pavor y de histeria. No tengo ni idea de hacia dónde se encuentra la recepción para coger la llave de la habitación. La verdad es que una vez dentro del hotel, al abrigo del frío del invierno, me resulta menos surrealista la situación. Algo es algo. Tengo un momento de iluminación y cuando llego a la recepción, adonde llega algo de luz de la calle, me doy cuenta de que no tienen esos cuadros con pequeños receptáculos para las llaves. Amosnomejodas… ¿Y dónde coño están? Mi cortisol haciendo de nuevo de las suyas y mi tensión arterial peor que antes. Me pregunto si estoy dentro de una pesadilla o esto es real. No doy crédito. No es posible que me estén pasando estas cosas. Pues allí que vuelvo a llamar al mismo número de antes a ver qué me dicen. Me contesta el mismo tipo. Me entra la risa tonta cuando le explico la situación. El tío me reconoce y se muestra perplejo. Las llaves están en un cajón debajo del mostrador. El cajón está cerrado con llave. Me río por no llorar. Al final localizo la llave, colgada en un clavo de la pared. Mira tú qué original. Abro el cajón. No veo una mierda. Achino los ojos a ver si distingo la mía y por fin la agarro. Cuelgo la llamada sin dar las gracias ni despedirme.
Dirección las escaleras. Oscuro, negro, todo negro. Me pongo en pose noctámbula y me esfuerzo en recordar la posición de la puerta. Y de pronto un ponck que me deja más ciega si cabe. Me acabo de comer una de esas cajas de mangueras para apagar fuegos que se encuentra en una pared del pasillo. Vayapordios, lo que me faltaba. Se me han caído las gafas. Total para lo que me sirven en estos momentos… Con suerte mañana me habrá salido un hermoso chichón. Me agacho buscando las gafas, que encuentro un poco más lejos. Espero que no hayan sufrido mucho. Me están dando ganas de llorar. Yo lo único que quiero es llegar ya a la habitación. Y dormir y descansar.
Después de una noche de descanso regulinchi y de sueño de aquella manera, cierro la maleta que ya me entretuve en preparar la víspera, bajo las fucking escaleras, dejo la fucking llave en el mostrador de recepción, y salgo del fucking hotel. Me toco instintivamente el chichón, un poco dolorida y cerrando los ojos un instante, doy gracias por haber salido casi indemne de esta pesadilla negra, muy negra.
Cuando me acerco al coche para meter la maleta y salir pitando de allí, me doy cuenta de que tengo un rectángulo de papel pillado en el limpia parabrisas que no pinta nada bien. Efectivamente. Una multa por aparcamiento indebido en esta fucking ciudad.
El libro del taller
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