Descubre la fila a la media hora de iniciar su paseo. Al girar en la tercera avenida, después de cruzar dos pasos de cebra, uno de ellos a medio pintar, le sorprende la hilera de personas que como niños hormiguean de un lado para otro en busca de caramelos. Imagina que regalarán caramelos, patatas fritas, calcetines o dientes de leche, vaya usted a saber, pero algo regalan seguro. Lo tiene claro, tan claro como la señora dos pasos por delante de él que corre hasta el final de la cola. ¡Corre, muchacha, corre! Final o principio, eso depende quién lo mire. Media hora antes el hombre se calzó unas zapatillas y saltó tres veces sobre sí mismo. Al hombre le gusta saltar de vez en cuando. En el ascensor el espejo le devolvió el rostro de un señor canoso más viejo y cansado de lo habitual para un martes cualquiera. Luego compró el pan como cada día impar de la semana y continuó el paseo calle abajo o arriba, depende como se mire. Habló con el ferretero del tiempo y la subida del precio de los tornillos roscachapas, no sé dónde vamos a llegar, cada tornillo me vale como una caja de tuercas. Se despide y acaba por descubrir la fila a los pocos pasos.

Persigue a la señora que corre y lo hace sin saber la razón todavía, tal vez regalen caramelos o tornillos, es igual, el caso es que se siente atraído por esa hilera de personas que murmuran como si de una procesión se tratara. Al llegar al final le saluda la señora tal y como le han saludado a ella segundos antes y, al saludo de esta, se le unen tres o cuatro chicos por delante de la señora.

Para con la fila, dicen.

El hombre se encoje de hombros y repite la frase como si de un buenos días se tratara, es gracioso, diferente. Para con la fila. Detenido revisa entre las cabezas, la de la señora y la de los chicos, y no descubre caramelos ni piruletas, nada, solo cabezas y más cabezas parlantes. Todos ordenados como las fichas de un dominó listas para empujar. No conviene acercarse mucho, dice uno de los chicos al limpiar las gafas, mejor mantener la distancia, dice otro con las palmas unidas. La señora estira el cuerpo y de paso el chaquetón de piel sintética. El hombre asiente y da un paso atrás para respetar la distancia. Luego pregunta lo único que todos podrían preguntarse en una situación igual.

¿Alguien sabe qué regalan?

Cada uno dice una cosa. El chico de las gafas asegura que dan porciones de pizza, el amigo con las palmas unidas que pulseras de colores o anillos, pulseras o anillos de colores, la mujer dice haber escuchado en la radio hablar de una tienda de pieles sintéticas en rebajas, pero más allá, delante de los chicos, de la señora del chaquetón y de una madre con carrito de bebé incorporado, un anciano con corbata y monóculo dice que es igual. Qué más da. Estamos aquí para algo más. ¿Qué más? Esa será otra historia ya que después guarda silencio por marcar las tres en punto. Una ola de palmas recorre la hilera de cabezas hasta llegar al hombre y palmear como todos palmean. Tres veces. Plas, plis, plas. Y avanzan unos pasos y guardan la distancia. Tras nuestro hombre aparecen más cabezas, un niño con helado, dos mujeres parlantes y algunos más. El niño del helado pregunta si regalan helados, ¿es cierto que dan helados? El hombre se encoje de hombros y se pregunta qué hará allí. El niño sin padres y él mismo. ¿Qué leñe hago aquí perdiendo el tiempo? Antes de salir de la fila la señora del chaquetón le dice que espere.

Si sale de la fila no podrá regresar.

¿Perdona?

Lo dijo el hombre ese, dice señalando al anciano de la corbata y monóculo, si sale de la fila no podrá regresar.

Lógico. Nadie podría reprocharle la norma. Ni la señora del chaquetón, ni el niño del helado ni la madre que lo parió ni mucho menos el propio hombre que ahora duda si seguir o no. Esperar sin saber qué esperar. ¿A qué? Mira el reloj y decide aguantar un rato más. Total, no tiene nada mejor que hacer. El niño del helado lame con ganas. La hilera avanza a paso lento, pero avanza. A la media hora un carrito de bebé sin bebé y empujado por una anciana avanza en sentido contrario. Murmura para sí misma frases que nadie cree escuchar. Entrega pañuelos de papel, uno a cada uno, medio al niño del helado.

Señora, pregunta el hombre, ¿esto lleva a algún sitio?

Para con la fila, saluda la anciana, cuando avancéis lo entenderéis.

Pero ¿regalan algo?

Sed uno con la fila.

Y la anciana y el carrito de bebé sin bebé pasa de largo y palmean cinco veces y, para sorpresa del propio hombre que palmea las cinco veces, cree sentirse mejor. Un pellizco en el corazón, algo más joven. Respira hondo y se dice que esperará a la noche. ¿Qué otra cosa puedo hacer? En casa no me espera nadie. Pasan los minutos y las horas y para los nueve palmeos nadie salió de la fila. Ni el chico de las gafas que protesta por el hambre, al menos podrían darnos de comer, un trozo de carne, algo. Nadie se marcha. Avanzan varios pasos por la noche. A la décima palmada algo cambia, el hombre se da cuenta de una cosa. No sabría decir el qué exactamente, vaya usted a saber, pero algo no encaja del todo. Vuelve a mirar al chico de las gafas que protestaba por el hambre y que palmea una vez. Ahora guarda silencio. Podrían darnos de comer… pero lo repite más flojo, sin ganas. Claro, responde el hombre. Avanzan unos pasos, dos, tres, treinta y tres, es igual, plas, plis, plas. Y ahora el chico de gafas sonríe.

Sonríe de forma extraña, sin la intensidad de la señora del chaquetón o del niño del helado, pero sonríe, a fin de cuentas. Una sonrisa colocada.

¿Estás bien?

El chico de gafas tarda en responder varios segundos:

Para con la fila.

El hombre comprueba la sonrisa del chico de gafas y de la mujer que lo hace como si alguien estirara la comisura de sus labios con los dedos. Sopesa por un momento huir, escapar de la fila, pero algo dentro de él no lo permite. No sabe decir qué. Nadie en un radio de kilómetros a la redonda podría decir la razón por la que el hombre permanece allí forzando una sonrisa. Las cabezas se mueven todas al compás como si una mano invisible las meciera con suavidad. El hombre busca el final de la fila. No lo encuentra. Introduce la mano en el bolsillo y se pregunta para qué la introdujo.

El reloj… la hora…

Un pañuelo.

Una tuerca.

Anillos de colores.

Caramelo de limón.

Descubre al niño del helado sin helado. Lame el palo sin pestañear ni decir palabra. Y le pregunta, el hombre al niño del helado sin helado digo, cuanto tiempo llevan allí. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

¿Más adelante dan helado?

Para con la fila, acaba por decir el hombre. Y lo dice sin convicción ni por una razón concreta, lo dice por el mero hecho de escucharlo, por la belleza de las palabras. Para con la fila. El ritmo de la frase que se mece en los oídos del niño del helado sin helado y del hombre y de la mujer del chaquetón de piel sintética. Para con la fila. Cuatro palabras que repiten sin repetir el paso. La anciana del carrito del bebé sin bebé seguirá recorriendo la fila. Y a todos ellos se les unirán más y más miembros. ¿Qué regalan al final? Es igual. Para con la fila.

Dan las doce palmadas y todos alrededor del hombre palmean tres veces. Plas, plis, plas.

El hombre también palmea, pero esta vez no siente las manos. Se mira los brazos o, mejor dicho, dónde estuvieran antes de desaparecer. La fila continúa y el hombre cree avanzar con ella, aunque ya no sabría decir si sus piernas se mueven o simplemente son uno para con la fila.

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