SOBRE LA LLAVE DEL SUEÑO

SOBRE LA LLAVE DEL SUEÑO

    A las seis de la tarde termina la jornada laboral de Alegna S.A., una empresa de servicios financieros. El edificio de seis plantas, con grandes cristaleras, está situado en el centro de una gran ciudad. El personal espera impaciente que dé la hora exacta para empezar a recoger, despedirse del jefe, fichar y salir apresuradamente a la calle. Lo sé porque observo como miran de reojo el gran reloj de la pared. Las secretarias de la quinta planta salen todas juntas formando una alegre algarabía, como cuando se abre la puerta de un palomar. En realidad, no salen todas, una de ellas habitualmente se queda trabajando. Es una mujer joven morena y delgada que continúa sentada frente a su máquina de escribir hasta que un hombre, que está en el despacho de al lado, se levanta de su mesa, entra en la sala, se le acerca por detrás y le acaricia el cuello. Ahora se inclina y acerca sus labios a la oreja de la muchacha como si le susurrara algo que la hace sonreír. Ella se vuelve hacia él y le besa en los labios. El hombre tira de su mano y hace que se levante de la silla. Los veo traspasar juntos una puerta de la que cuelga un letrero que dice director general.

¡Oh, no! ¿Qué me estás contando? ¿esta es una de esas manidas historias en las que el jefe seductor engatusa a una joven y sumisa secretaria? Espero que no. ¡ya he leído ese tipo de novelas rosas en mi pubertad! Pero veamos, le voy a dar otra oportunidad.

Están de pie. Ella recostada sobre un archivador metálico de color gris. Él está frente a ella. Se apretujan el uno contra el otro. Él le sube el vestido y le introduce las manos dentro de las medias. Ella desabrocha la hebilla de su cinturón y le baja la bragueta. Durante un rato, no demasiado largo, se agitan. Cuando se calman, hablan sin separarse. Parecen tristes, incluso diría que a ella le asoman dos lágrimas, que él seca con los dedos de ambas manos.

—¡Ay, dios! ¡Lo que yo te digo! Ella es una joven soltera, enamorada de su jefe al que admira y al que siempre está dispuesta a complacer. Él es un hombre casado y seguramente con hijos. Un hombre apuesto, audaz, con don de gentes, un seductor. Ella se siente culpable, pero no puede evitar la fuerte atracción que él ejerce sobre ella. Y, en cierto modo, siente también que es una afortunada porque un hombre tan brillante y exitoso se haya fijado en ella. Él se hace la víctima para tirársela y ella se hace la ilusión de llegar a conseguir salvarle de sus ataduras, algún día.

Estás a punto de cerrar el libro. Es posible que, a pesar de parecerte una historia previsible e incluso llena de tópicos, estés curiosamente interesada en el porvenir de la secretaria.

—A saber, acabará embarazada, él nunca dejará a su mujer, y a ella la sustituirá por otra a la primera de cambio, un depredador al que le gustan todas, pero que siempre vuelve a casa con sus hijitos y su mujercita. Alguien tendría que abrirle los ojos a esa ingenua; se ahorraría muchas malas noches. Aunque, … ¿Quién sabe?… Lo mismo acaba dándose cuenta por sí misma. Si lo dejara a tiempo, podría buscarse otro trabajo, podría tener otra vida…

El autor ha dudado entre perder el interés por ti o sorprenderte para sigas leyendo. Y ha decidido hacerte dudar.

—¡Oh, espera, y si es ella la manipuladora! Una perversa que se acuesta con su jefe para medrar.

La secretaria, que continúa acariciando al jefe y dejándose acariciar por él, te ha oído y un tanto excitada te increpa.

—¿Quién te da a ti derecho a interrumpir, a meterte en mi vida y a juzgarme tan alegremente? ¿Quién te crees que eres? No me conoces y ni siquiera me has dado una oportunidad. ¿Te crees mejor que yo?

Os estáis mirando atentamente a los ojos y antes de que tú, digas nada más, el autor decide hacer que te fijes en el jefe.

Está alargando el brazo hacia la caja de clínex que hay encima del archivador, extrae unos cuantos y limpia con ellos la mano de la secretaria. Luego se sube la bragueta, se ajusta la hebilla del cinturón y se vuelve a mirarte. Y tú, lectora, también le miras. Te parece un hombre muy atractivo. Tiene cierto magnetismo. Sus ojos son grandes y profundos y sus labios carnosos y sensuales. Deseas tocarle, que se te acerque y te seduzca. A él parece que le pasa lo mismo porque no deja de mirarte y su mirada te envuelve. Los dos estáis sintiendo que no hay nadie más en el mundo. Tu corazón late más deprisa y la sangre se te sube a la cara. Él se acerca a la papelera y, sin apartar la mirada de tus ojos, abre la mano para dejar caer dentro un gurruño de papel blanco.

― ¡Eh! ¿Pero, aquí que está pasando? — grita la secretaria.

Y ya desde la puerta, con su abrigo y su bolso en las manos, se vuelve hacia el autor que sigue escribiendo la historia sin darse cuenta de que se ha terminado.

— ¡Eres un cabrón­! Con la que está cayendo y tú aquí, entretenido, haciendo redacciones. ¡Deja de escribir, gilipollas!! No creo que consigas publicar este relato.

Y sale dando un portazo.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS