
La cruzada
Puedes jugar a Dios. La causa lo justifica, para eso provienes de una instancia superior, así te criaron. Date prisa con la merienda que toca inglés, gimnasia y música y baloncesto y abrigo si frío y botitas si lluvia. Y tú mandas a qué se juega, y eres rápido y ganas las carreras y pones motes. La clase se llena de cerdos, momias y pajarracos y todos ríen y sigues corriendo más que nadie y te meas en la cama y nadie debe saberlo, y mientes y nadie debe saberlo. Tal vez faltó alguna caricia, pero te lo han dado todo y el privilegio obliga. Y gustas a las chicas. El colegio es exigente, a tu altura, por supuesto, cuna de notables, filósofos notables, asesinos notables. Estudias abogacía, te enseñan cuando cumplir las leyes y aprendes a cuando incumplirlas. Vas imponiendo el liderato y tus seguidores te encumbran en la conspiración.
Es que el privilegio obliga, al menos a ti, te fuerza a ver el dolor, te exige compasión ante la pobreza, no te crees el cuento de que son vagos aunque sabes que unos cuantos lo son. Pero las verdaderas causas de tanto atropello y sinrazón te sublevan y haces la lista de los culpables y terminas aborreciéndolos. Ya se han transformado en objetivos.
Te han convencido, sin palabras, que solo gente como tú puede modificar la existencia de los defraudados, de los despojados de todo. Ellos no te conocen, pero alguien te ha dicho que los representas y te lo has creído. Sensibilidad, soberbia y culpa. Sabes que tu propio bienestar flota sobre lo injusto, sobre la usurpación, sobre la crueldad. Solo gente como tú, la elegida, comprende. Y de entre los educados en el gran privilegio solo unos pocos aceptan la responsabilidad. Como en el colegio, eso también gusta a las chicas y genera admiración y a ti te hace falta y puedes seguir poniendo motes. Eres de los pocos con derecho de jugar a Dios. A ser Dios, a decidir quién vive y quién muere.
Coges un arma, te cuesta, te sabes cobarde. “Si descubren al secuestrado, mátalo”, te dicen. Pero el maldito detenido habla como tú, no es un elegido, es egoísta, pero es inteligente, es juicioso, es prudente. ¿Por qué tiene que ser así? La víctima se te parece. No es de los tuyos, es el enemigo, te repites. El iluminado eres tú, él es el opresor, pero puede clavarte la mirada. Todo lo ha hecho bien, es héroe en su casa, en su barrio. Tranquilo, te dice el secuestrado, no nos descubrirán. Tocas el arma, sabes que si los descubren no hay alternativa.
Ustedes son secuestradores entrenados, son consecuentes, tienen ideales, no nos descubrirán.
Secuestradores entrenados…será capullo. Tranquilo, te dices. Tú eres el poderoso, tienes el arma, tienes la razón. Él es el negrero, el aprovechado, no tienes porqué sentir simpatía. Pero habla. ¿Por qué tiene que hablar? ¿Por qué no se derrumba? ¿Por qué no pide agua? ¿Por qué no pide nada?
Este tipo debe ser de esos embaucadores carismáticos a los que todo el mundo quiere hasta que los empieza a odiar. Qué más da, tú tienes la conciencia, eres honesto, él está atado.
¿Tienes jardín? Yo sí, te dice. Deberías tener jardín… y deja de dar vueltas. Los que vivimos de verdad, con convicción, con vehemencia, necesitamos un jardín. Lo aprendí en Inglaterra de un jefazo que despedía en una mañana a diez empleados y dejaba a las familias en la calle sin pestañear, pero; ay, si a la vuelta a casa los gladiolos y los geranios.
Me gusta meterme entre las plantas y trabajar. Cuando el jardinero me ve venir con las tijeras de podar me dice: “Ingeniero deje eso que le va a doler la espalda”. Piensa que no diferencio un helecho o una azalea de una mala hierba y teme por el jardín que cuida.
Vivo en un mundo donde, rodeado de gente, la soledad es la norma, y el jardín es la mejor de las soledades. Cálmate de una vez, no vendrán, no han tenido tiempo de localizarme, tampoco les intereso tanto. Tal vez no vengan nunca. ¿Qué te hace pensar que yo sea imprescindible? ¿Qué crees que represento yo? Ni tú les asustas ni yo les importo.
Mierda, y si nos equivocamos, ¿si este tipo no tiene peso suficiente y lo abandonan?, ¿y si no lo quieren cambiar por los presos?
No habría que escuchar ruidos, no habría que escuchar sirenas, no habría que escuchar golpes, ni voces, ni pasos pesados subiendo las escaleras. Pero las sirenas suenan, gritan enloquecidas y no pasan de largo. Se detienen. Un golpe atroz te hace pensar que han reventado la puerta de entrada, sin necesidad, solo para aterrorizar. Pisadas amenazantes trepan los escalones de dos en dos. Las zancadas ya retumban en los últimos peldaños.
No los pongas nerviosos, te dice él. Son unos bestias y como hagas un movimiento en falso nos matan a los dos. Si puedes escapar, hazlo, si no entrégate, pero no los enfrentes que nos liquidan.
La causa, la causa romántica y siniestra te justifica, la causa conduce tu mano hasta la empuñadura, y tu dedo al gatillo, pero la causa no lo aprieta, si alguien ha de hacerlo, eres tú. Los golpes en la puerta son tan atronadores que apenas se oye el disparo. El arma caliente vuelve a tu cintura y sales por donde estaba previsto salir.
Solo te perseguirá el muerto. Siempre.
El libro del taller
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